Creación Literaria (III): Cuestiones del destino y la suerte
Monedah al aire por JM.Persánch (España)
Contacto: persanch@sarasuati.com
-Tehto en Andalú-
¿Ai argo máh simple ke lansà una moneda al aire? I, sin embargo, ¿puede arguien ehplikarme la lóhika del asà? Se me okurrió preguntárselo a mi amigo, un Dohtò en siensiah empírika yamao Hans en Oxford, me ehplikó una i otra be, kon fórmulah inkonsebible pa-mí, ke el asà no ehsihtía, ke la suerte i el dehtino eran inbentoh del ombre, i ke tó se podía redusì a fórmulah matemátika. Ahsorto, kon kara de niño pekeño, komo aker ke redehkubre el plasè de lah primerah bese, yo atendía en silensio. Hans, mu seguro de sí mihmo, me inbitó a su laboratorio, uno de esoh kuyo desorden indikan la presensia de un henio, i luego abrió un kahón. Abía empesáo a yobihnà, i la ehsena se paresía por momentoh a la der Dohtò Frankehtein anteh de kreà bida. Ehtendió suh mano, ofresiéndome ke tomara aker pedaso de metà kon botoneh de tó loh kolore.
-Tira una moneda al aire i pursa er botón berde! -Me asuhté i pursé er botón erróneo.
- No! Pero ké a exo? - Mi suhto se konbirtió en pániko. Komensó a yobè kon máh fuersa. ¿lo abría kausáo yo ar pursá akel otro botón? Hans, bisiblemente nerbioso, me arrebató el aparateho i diho mirándome kon ohoh trihte: ¿lo Be? aún no ehtáih lihto pa konosè la lóhika del asà, por eso lo mantenemoh en sekreto en sírkuloh sientífikoh mu redusío. Deborbió su inbento ar kahón. Salimoh der laboratorio, i él komensó a ahtuà komo si ná ubiera pasáo.
Ar día siguiente, aún empeñáo en dehkubrì la lóhika del asà, lansé una moneda mil bese, i karkulé porsentahe. Una semana dehpué me puse a kohtruì mi propia mákina del asà, ihpirada en la de mi amigo Hans, le agregué un sin fin de botoneh. Inbenté mih propiah fórmula i mi kasa se konbirtió en un laboratorio improbisáo donde reinaba er desorden. Pasáo un meh inbité a Hans a ke biniera a senà. Sería er momento perfehto pa-dehlumbrahle kon mi kreasión. I entrà en er sírkulo de loh elehidoh ke huegan a sè Diose. Asehtó. Senámoh komida kasera ke kompré en un bà de la ehkina. Xahlamo i reimo ahta bien entrà la noxe. Era er momento. Me ehkusé pa-ì al aseo i borbí kon mi mákina del asà relusiente entre lah mano. Hans me miró i sonrió. -Aora sí ehtáh lihto pa-la gran berdá.- Yo no entendía ná. Ni sikiera le abía probáo la utilidá de mi mákina…
- Ehkuxame bien. El asà i er dehtino siertamente son inbentoh irrasionale. Nuehroh inbentoh prebienen e inkluso asen la funsión ke durante añoh isieron loh orákuloh, exiseroh, xamaneh i bruha. Unoh ablan de Dio i otroh de ná. Buhkamoh insesantemente ehplikasioneh a tó, e inkluso akabamoh kreyéndonohlah. Pero lo sierto eh, ke eh una suerte er podè asehlo. Si no tubieramoh la kapasidá de imahiná nunka desarryaríamoh fórmulah interminable. I eso, amigo mío, se lo debemoh a la literatura. Lee, imahina e inbenta. I luego, si kiereh ke ehte mundo te aga kaso, redúselo a una mera fórmula ke nunka entiendan.
(Ortografía andaluza según el modelo NHFOA -Norma Henerà Funsionà Ortográfika Andalusa- Tehto Paralelo Andalú-Kahteyano, por JM.Persánch)
-Traducción al Castellano-
¿Hay algo más simple que lanzar una moneda al aire? Y, sin embargo, ¿Puede alguien explicarme la lógica del azar? Se me ocurrió preguntárselo a mi amigo, un Doctor en ciencias empíricas llamado Hans de Oxford, me explicó una y otra vez, con fórmulas inconcebibles para mí, que el azar no existía, que la suerte y el destino eran inventos irracionales del hombre, y que todo se podía reducir a formulas matemáticas. Absorto, con cara de niño pequeño, como aquel que redescubre el placer de las primeras veces, yo atendía en silencio. Hans, muy seguro de sí mismo, me invitó a su laboratorio, uno de esos cuyo desorden indican la presencia de un genio, y luego abrió un cajón. Había empezado a lloviznar, y la escena se parecía por momentos a la del Doctor Frankenstein antes de crear vida. Extendió sus manos, ofreciéndome que tomara aquel pedazo de metal con botones de todos los colores.
-¡Tira una moneda al aire y pulsa el verde! -Me asusté y pulsé el botón erróneo.
-¡No! ¿Pero qué has hecho? -Mi susto se convirtió en pánico. Comenzó a llover con más fuerza. ¿Lo habría causado yo al pulsar aquel otro botón? Hans, visiblemente nervioso, me arrebató el aparatejo y dijo mirándome con ojos tristes: – ¿Ves? Aún no estáis listos para conocer la lógica del azar, por eso lo mantenemos en secreto en círculos científicos muy reducidos. Devolvió su invento al cajón. Salimos del laboratorio, y él comenzó a actuar como si nada hubiera pasado.
Al día siguiente, aún empeñado en descubrir la lógica del azar, lancé una moneda mil veces, y calculé porcentajes. Una semana después me puse a construir mi propia máquina de azar, inspirada en la de mi amigo Hans, le agregué un sin fin de botones. Inventé mis propias fórmulas y mi casa se convirtió en un laboratorio improvisado donde reinaba el desorden. Pasado un mes, invité a Hans a que viniera a cenar. Sería el momento perfecto para deslumbrarle con mi creación, y entrar en el círculo de los elegidos que juegan a ser Dioses. Aceptó. Cenamos comida casera que compré en un bar de la esquina. Charlamos y reimos hasta bien entrada la noche. Era el momento. Me excusé para ir al aseo y volví con mi máquina del azar reluciente entre las manos. Hans me miró y sonrió. -Ahora sí estás listo para la gran verdad.- Yo no entendía nada, ni siquiera le había probado la utilidad de mi máquina…
-Escúchame bien. El azar y el destino ciertamente son inventos irracionales. Nuestro inventos científicos previenen e incluso hacen la función que durante siglos hicieron los Oraculos, hechiceros, chamanes y brujas. Unos hablan de Dioses y otros nada. Buscamos incesantemente explicaciones a todo, e incluso acabamos creyéndonoslas. Pero lo cierto es, que es una suerte el poder hacerlo. Si no tuvieramos la capacidad de imaginar nunca desarrollaríamos fórmulas interminables. Y eso, amigo mío, se lo debemos a la literatura. Lee, imagina e inventa. Y luego, si quieres que este mundo te haga caso, redúcelo a una mera fórmula que nunca entiendan.
La cara y la cruz por Amparo Heredero Cervantes (España)
Contacto: amparoheredero@gmail.com
Hay cosas en la vida a las que nunca podré acostumbrarme: el café con leche frío y los amantes aburridos; que se me deshaga la galleta al mojarla en la leche y perder a un amigo; que se me haga un agujero en el dedo gordo del calcetín y que me mientan; la cerveza tibia y las calumnias; las bocinas de los coches, los tubos de escape de las motos; la traición; el tuning; dormir con los pies destapados; los chillidos; los chirridos del alma; ver sufrir a un niño, a una niña; que alguien golpee a una mujer en el alma; “…volver del mercado con ganas de llorar”…; la soledad en compañía.
En cambio no podría vivir sin el ulular del viento a través de las hojas de los árboles; un beso; el canto de las tórtolas; la amistad; el canto de un grillo; el sonido del mar estrellándose contra las rocas; la confianza de un amigo; el olor de un buen café recién hecho o de un pan recién salido del horno; el abrazo de alguien muy especial; una taza de chocolate negro caliente; un reencuentro; una conversación frente a una buena comida; pasear con un amante y tomarle de la mano mientras, de repente te besa en plena calle bajo la mirada esquiva de los transeúntes; los amigos; las amigas; la intersección de dos caminos; el cambio de vía del tren de la vida; el olor de las sábanas recién puestas; una sonrisa sincera; este momento; la luna llena; las nubes; una mirada; una caracola de mar salida de las páginas en blanco de un libro; la confianza de un amigo, de una amiga; el olor de la tierra mojada; el sonido de la lluvia; la tormenta; el trueno; el rayo; las buenas intenciones; el fuego de la chimenea; sentir la hierba bajo mis pies descalzos; andar por la arena de la playa; abrazar a un niño, a una niña; el silencio de la noche; el ajetreo de un mercado a primera hora de la mañana; el sol…..un principio; un final.
Njongal jigeen por Mariela Lazo Nieto (México)
Contacto: papalotlmetztli@hotmail.com
La
luna se escondió en el firmamento, el sufrimiento hizo recordar aquella noche: su abuela la tomó de la mano, caminaron unos minutos en silencio hasta que llegaron a los matorrales.
Dos mujeres la esperaban. 1 kilo de jabón negro y 5,000 francos cerraron el trato: el ritual milenario estaba por comenzar. Por fin conocería el secreto que guardaba la comunidad: “después del Njongal jigeen seré mujer digna”, pensaba.
Enseguida su curiosidad se volvió terror: estaba tirada sobre el piso terregoso, una mujer la inmovilizó, otra abrió sus pequeñas piernas, el vidrio cortó el trozo más íntimo de su carne. Una mano le tapaba la boca impidiéndole gritar, ni ese derecho dejaron. La abuela danzaba y rezaba alrededor festejando el honor recibido. Sangre y dolor de niña.
“Ahora eres una mujer pura”, dijo su abuela. La sangre fluía mientras la matrona zurcía los restos de los labios vaginales. Ella se desmayó, tanto era el dolor, insoportable.
Tanto como el que sentía ahora, con él penetrando su cuerpo. Lloraba mientras creció el sufrimiento. Sintió que se desvanecía… él, saciado, tomó la sábana ensangrentada y salió a mostrarla orgulloso. La abuela sonrió y caminó altiva por el centro del pueblo.
La decisión de Copista por Danny Echerri Garcés (Cuba)
Contacto: dannyeg@uclv.edu.cu ; psicologodanny@gmail.com
Corredor avanza por las paredes del laberinto. Controla su cuerpo y trata de no caer. El laberinto s
e llena de camas y Corredor luce como un papel gastado. Detenido observa las camas y lo hacen pensar en Dios, o en una fuerza suprema que le regala una mejor vida:
- Por lo menos tendré una muerte cómoda.- se dice.
Jugador sonríe. El pequeño laberinto en sus manos parece un tablero de Pinball. Ofrece varias opciones de juego. Él escogió desde siempre mover “las piezas para evitar la escapada“; pero ahora, como Corredor apenas lograba moverse, escogió la opción “llenar de camas.” Corredor cae sobre el colchón más cercano, casi sin aliento. Jugador encontró una tarde el pequeño laberinto y también creyó en Dios o en una fuerza suprema. Su fuerte nunca había sido buscar y dentro de su laberinto, ahora que tenía el juego, su vida sería menos estéril. Podía jugar a ser omnipotente, por lo menos ante Corredor. En sus manos está -piensa- el darle una muerte tranquila.
Jugador nunca quiso investigar su origen; quién lo destinó al encierro y a jugar con Corredor. Se acomodó al juego y a la idea de que existe una fuerza suprema, a la que otros llaman Dios… Ninguno de los dos morirá. Ellos no lo saben. Si muere Corredor sería el fin de Jugador; y éste tampoco se verá tentado a quitar las camas si un día se aburre. Esa opción, desde ya, muestra escasas posibilidades… Jugador de todas formas agradecerá siempre esa decisión, pues no se quedará sin compañía… Entonces, desde mi laberinto, escribiré, como hasta ahora, el futuro de cada personaje, viviendo bajo la amenaza de una voz que me llama Copista. La voz predestina y ordena. “Ya estoy cansado de Icaro y Ariadna”, dice… En mi universo de paredes grises y frías acato las instrucciones; y siento como me dice: “Copista” y grita que “su nombre es el que lee,” y que seguiremos los cuatro con vida, mientras no se aburra usted de leerme, desde su primigenio laberinto.
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