Creación Literaria X: LA SOLEDAD Y SUS CONSECUENCIAS

 

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El Desdichado

por Eduardo Protto

La perla negra

No me abandona. Siempre está a mi lado.

La sombra de haber sido un desdichado.

J L Borges

Desde que Magallanes en su vuelta al mundo avistara los archipiélagos de la polinesia, los marinos españoles e ingleses no cesaron de visitarlas. El marino francés Dupetit Thouars las ocupó en el año 1842 y desde entonces pasaron a ser un protectorado de Francia.

En Papeete, la sencilla capital de Tahití, en el Archipiélago de la Sociedad, la calle del Docteur Cassiau, sombreada de aguacates no había cambiado con el transcurrir del tiempo, la suave brisa marina, sus olores y sus colores la caracterizaban desde siempre. Allí, no lejos de la antigua residencia de la reina Marau, se alzaba la vivienda de Jules Charriere, hombre prominente de Papeete y alto funcionario de los territorios de ultramar, a quien conocí durante mis años  de trabajo en el Hospital territorial. Lo traté primero como paciente y luego, con el paso del tiempo y del trato nos hicimos amigos.

Era un hombre alto y delgado, de unos cincuenta años, de cabellera entrecana y rostro bronceado, sus ojos azules de mirar bondadoso se correspondían con los labios finos de triste curvatura. Su tatarabuelo había sido un petimetre realista que escapando de la guillotina revolucionaria se refugió en Santo Domingo donde formó familia y hacienda. Auguste, su hijo mayor, se embarcó con la flota de ocupación que marchaba a las islas del Océano Pacífico y se afincó en Tahití.  Ese era el primer ancestro isleño de mi amigo.

Corría por sus venas buena sangre aventurera. Era aficionado al buceo y al ciclismo. Durante la Segunda Guerra Mundial se unió a las tropas de la Francia libre y sirvió en la 2ª. División blindada a las órdenes del General Leclerc en África. Participó en la Liberación de París y de Estrasburgo adentrándose en el sur de Alemania hasta el cuartel de Hitler en Berchtesgaden. Fue condecorado por los servicios a la patria con la Orden de la Legión de Honor. Finalizada la guerra conoció a Madeleine Hauterive con quien se casó a fines de 1945. Vivieron un tiempo en París y a mediados de 1946 acompañó a Leclerc a Indochina para restablecer la soberanía francesa. Compartía el criterio de su jefe quien descreía en una solución militar del conflicto que oponía a la Francia colonial con los nacionalistas y que más tarde degeneraría en la Guerra de Indochina.

Los rigores de la guerra y de la política, según alguna vez me dijo, amenguaron su ánimo y abandonó la capital para regresar a Tahití en 1947. Su mujer estaba embarazada de 6 meses y apenas llegada a la isla perdió al feto en un parto prematuro. Ello afectó seriamente la lábil salud mental de su esposa que fue hundiéndose de a poco en una irrecuperable depresión. Una mañana de junio de 1949 salió a caminar junto al mar y fue encontrada al día siguiente, muerta ahogada en las cercanías del puerto.

Conocí a Charriere al año siguiente de haber enviudado y frecuentaba semanalmente su casa para tomar unas copas y escuchar un poco de música, de su tierra y de la mía.

__En las islas las cosas y los hombres cambian poco y con suma lentitud. —Dijo con voz enronquecida.__ Es como si el mar  formara una enorme masa amortiguadora de las transformaciones superfluas. Mire si no esta residencia, cuatro generaciones han pasado por ella y todo permanece tal cual. Es como si el mundo girara más despacio en estas latitudes. Acaso por eso, la soledad, las desdichas y las alegrías se eternizan.

__Me parece que la duración de la soledad, de las desdichas y de las alegrías dependen más de nosotros que del paisaje. Afirmé sonriendo.

__En lo que a mi concierne, la imbecilidad de la guerra, la miopía de los políticos y las desventuras conyugales  me han llevado hacia el escepticismo en torno de las cosas humanas. De joven fui ferviente católico y hoy me he dejado arrastrar por un sereno agnosticismo. Es como si de a poco me fuera despojando de las viejas ilusiones…

__Brindemos por eso. Las ilusiones de poco sirven.

Le agradaba beber whisky mientras en la antigua victrola que envejecía en un rincón de la sala, sonaban mazurcas y algunos discos de tangos que yo le aportaba.

__Mi balance es sencillo. __Me dijo una noche.__ He escrito mucho y no he dado un solo libro a la imprenta, naufragué en la desesperanza de la política nacional y me distancié de la iglesia. A veces creo haber malgastado mis días. Se me ocurre que de una forma u otra, acabaré solo e incomprendido. La soledad a la que estoy condenado.

Había en su mirada la penosa seguridad del iluminado.

__No está a nuestro alcance adivinar el futuro.__Le dije.

Una semana más tarde le hablé por teléfono para despedirme. Debía viajar a París y allí permanecer un par de meses por cuestiones laborales referidas a la supervisión epidemiológica que me habían encomendado en el Ministerio de Salud. Regresé a principios de diciembre y al reencontrar a Charriere noté un cambio en su ánimo. La sonrisa aparecía a menudo en sus labios y sospeché que algo le sucedía. No tardó mucho en notificarme la buena nueva.

__Conocí a Ranitea a los pocos días que usted partió y créame que me ha hecho mucho bien volver a relacionarme con una mujer a todo nivel…espiritual quiero decir.

__Caramba Charriere, eso sí que es una noticia. Que una mujer haya abierto una brecha en su escepticismo no es poca cosa.

__Ranitea es una joven y bella nativa y su nombre significa cielo claro. Toda una epifanía. Fue algo así como un coup de foudre para ambos. Nos vemos a diario y mañana si le parece cenaremos aquí y se la presentaré.

Así fueron las cosas. Conocí a Ranitea y no me pareció nada especial. No poseía otra belleza que la efímera juventud y nada de su carácter impresionaba como florido, pero es sabido que en asuntos amorosos los ojos ven lo que quieren ver y a mi amigo le cabía perfectamente esa definición.

Me dijo al despedirme que partiría el fin de semana hacia el atolón de Rairoa, en el archipiélago de las Tuamotu, donde vivía la familia de Ranitea. Su padre era un productor de Copra y lo había invitado a pasar la navidad y el año nuevo en su plantación.

__Estoy feliz amigo. Tenía usted razón cuando me dijo que no estaba a nuestro alcance adivinar el futuro. Aprovecharé para descansar y bucear en la gran laguna. Trataré de encontrar alguna perla negra para obsequiarle a Ranitea.__Dijo con una gran sonrisa.

No cabían dudas del enamoramiento de Charriere. Como al pasar agregó que había decidido editar su Historia de la Polinesia Francesa, lo cual me llenó de alegría.

Nos despedimos con un abrazo y debo decir sin ánimo de prolongar el relato que esa fue la última vez que nos vimos.

Por razones que permanecen oscuras, algo falló en su equipo de inmersión o en su corazón, lo cierto es que encontraron a Charriere entre los arrecifes de coral de la inmensa laguna de Rairoa, sin vida y con una bella perla negra en apretada en su mano izquierda.

Yace en una sencilla tumba, sombreada por añosos cocoteros, muy bien cuidada por la familia de Ranitea.

Seis meses después concluí mi tarea y partí de Papeete. Nunca más regresé a las islas, acaso impedido por la nostalgia del amigo ausente y su soledad definitiva.

* * * * *

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NO ESTOY SOLA

por Antonia María Carrascal

Yo escuchaba mis pasos en las calles empedradas, como si me estuviera persiguiendo a mí misma. El frío arreciaba. La ola polar había recluido a la gente en sus casas y en las calles no había un alma. No me considero especialmente temerosa pero la soledad de los vetustos edificios del barrio medieval me hacía sentir un malestar que se iba acrecentando a medida que la niebla difuminaba la luz de las escasas farolas.

Me detuve en una esquina y miré el reloj: las ocho y cuatro minutos.

—¿Qué hago?—pensé en voz alta—. Seguro que la corsetería ya estará cerrada.

Y luego en silencio: “El camino a casa es más solitario por aquí, pero más corto… ¡Ay, qué ganas de una ducha calentita…!”

Apenas adentrada en la soledad de otra calle, con sus múltiples y pronunciadas revueltas, mi corazón se tranquilizó: a mis espaldas, aunque lejos todavía, una persona llevaba mi misma dirección. No podía verla, pues se hallaba amparada en el zigzag de la calle, pero su estornudo había llegado hasta mí con nitidez.

“Vaya —pensé—, otra víctima más de este endemoniado frío”. Su cercana presencia me hacía sentir segura, así que aminoré el paso para acortar distancias.

Me detuve en el portal cerrado de una de las viviendas.  Cuando los repetidos estornudos estuvieron lo bastante cerca, reanudé mis pasos.

Me extrañó no ver aparecer a nadie. Me había detenido el tiempo suficiente, pero pensé que tal vez el catarro le obligara a caminar con lentitud. Posiblemente fuese un anciano. Los ancianos son especialmente sensibles a cualquier dolencia y ello repercute siempre en su capacidad de movimiento.

De cualquier forma, ya me encontraba a dos pasos de mi casa y cuando tenemos cerca lo conocido, (la protección, la seguridad del hogar), todos los miedos desaparecen y nos hacen sentir ridículos al comprobarlo. Saqué las llaves del bolso y abrí. Curiosa por saber quién había sido mi compañía durante aquel recorrido, me giré hacía la calle.

El nuevo estornudo se produjo tan cercano que noté cómo la saliva salpicaba mi cara, pero… la calle se hallaba ¡completamente desierta!

Dándome manotazos para quitar aquellas gotas viscosas de mi cara, y presa del asco y el miedo más horroroso, me giré nuevamente y entré en mi casa con un tremendo portazo.

Tiré el bolso y las llaves sobre la mesa y me senté en el sofá presa de un temblor tan grande como mis arcadas.

Los minutos pasaron lentos mientras mi mente intentaba serenarse y buscar una explicación para aquel suceso.

Fui al cuarto de baño y me lavé la cara y las manos. Me miré al espejo. La palidez del rostro y las ojeras que acababan de aparecer me conferían un aspecto como si diez años me hubieran caído encima de golpe. Con pasos inseguros, me dirigía a la cocina para hacerme una taza de tila, cuando un estornudo tan cercano como el último, me hizo emprender una veloz carrera con el corazón como una traca. Cerré la puerta a mis espaldas y, como esa puerta no tenía llave ni cerrojo, arrimé la mesa a ella y me detuve expectante.

Paseé la vista a mi alrededor esperando encontrar un objeto contundente con qué defenderme; pero nada, excepto unos cubos de pintura de la reciente intervención de los pintores, había que me pudiera servir. Sin dejar de mirar hacia la puerta silenciosa, me agaché para sacar del armario las socorridas sartenes, pero un nuevo estornudo sobre mi oreja izquierda me hizo comprender.

El ser que estornudaba era incorpóreo. ¿Cómo podía defenderme de él si no lo veía? ¿Cómo atacarle si no lo agarraba?

En mi cabeza se sucedían multitud de pensamientos en busca de una solución. ¿Cómo sabía, aunque huyera de mi propia casa, que no me perseguiría a donde quiera que fuese? ¿Cómo librarme de él? Sin saber siquiera si tendría el mismo efecto que en las películas, me lancé hacia los cubos del estuco, agarré uno de color rosa y lo estrellé contra el nuevo estornudo que acababa de escuchar. Un espectro rosáceo comenzó a resbalar con la pintura azulejos abajo. Arremetí contra él y lo cogí. Las formas filamentosas de que se hallaba compuesto, se estiraron en sentido contrario como pretendiendo escapar…, pero yo lo tenía bien pillado.

—Así que te tengo agarrado y bien agarrado, ¿eh? —grité a aquella masa mientras la sostenía con una mano y le sacudía con la otra.

A medida que lo vapuleaba fue abandonando la resistencia. Aquello era demencial. O bien aquel ser era capaz de sentir el dolor y le había atinado con acierto, o bien se estaba sometiendo a mi voluntad demostrando que no pretendía hacerme daño y que sólo buscaba en mí un poco de compañía.

Sin saber a qué sentimiento obedecía, lo arrastré hasta el cuarto de baño. Abrí con la mano libre el armario de las medicinas e introduje en aquella masa rosa dos comprimidos de paracetamol. Luego, destapé con los dientes un bote de jarabe y le volqué una buena dosis.

—Y ¡no vuelvas más! ¿Comprendes? —le grité mientras lo arrastraba hacia la ventana.  La abrí y lo dejé a merced del viento.

Desde entonces, una o dos veces por semana, unos estornudos en la ventana de la cocina me recuerdan que no estoy sola.

 

* * * * *

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Sólo Ayuda

por Ricardo Arasil

Hoy vive solo

Cuando  le conocí convivía con una compañera o concubina.

De pronto quedó solo, su acompañante lo dejó o la dejó él, el hecho es que no están más juntos.

Varias veces había ido a su casa.

Me cuidaba muy bien de no hacerlo cuando estaba acompañado.

Me impulsaba el hecho de que era un viejo, seis años más que yo y estaba solo, pero parecía que no le importaba este hecho, es más diría le agradaba.

Sólo una vez vino por casa, de visita.

Me pidió que le cuidara la suya, pues se iba para Rocha, de paseo.

Me ofreció limones, de un árbol que tenía en el fondo, casi como paga.

Aquello no me agradó, yo cuidaría su casa, por ser buen vecino, no por ninguna paga.

Si hubiese querido paga se lo habría mencionado.

Cuando regresó, lo primero que me preguntó fue si había sacado algún limón,

Le contesté que no, y era verdad, pero se quedó mirando al limonero, como si estuviera contando los frutos.

Después puso TV cable y compró auto, le ví en un par de ocasiones ocasionales acompañantes, y bastante mala cara mostraba cuando pasaba por su casa ofreciéndome para realizarle algún mandado, que jamás aceptó.

Tampoco me ofreció su auto, como se estila, aunque solo sea por gentileza, ni me invitó a mirar algún partido de fútbol por TV.

Decidí no pasar más por su casa, parece que no precisa de nada ni de nadie,

Pensando así, seguirá solo …

Sé que sigue solo, aunque tiene familia y alguna amistad, que se preocupa de no cultivar.

Tal vez crea que será por siempre autosuficiente.

Pero la autosuficiencia se torna de pronto en insuficiencia y ahí es cuando precisará de la palabra que no quiere oír y menos que menos pronuncias :

                 ¡AYUDA!.

* * * * *

97.-  02-2007 camina, no te detengas oleo 50x40

Óleo de la artista plástica María Dolores Giráldez 

DOS AMIGOS

por Graciela Giráldez

Contacto:  giraldez_graciela@hotmail.com

“El secreto de una buena vejez

no es otra cosa

que un pacto con la soledad”.

G.G. Márquez.

La mirada perdida en un rincón del pensamiento, que estalla en el repaso de aquella niñez. Gerónimo se encontraba  sentado ante la mesa del  bar de su pueblo. Pueblo que lo vio nacer y crecer; emigrar y volver, pero sólo de visita en época de vacaciones.  En cada esquina del bar hay  gritos de cuando era niño, resuenan atrayendo su memoria que incurre en los pasos de las distintas etapas de la vida.

Miró la puerta y en ese mismo momento entró Ángel su viejo amigo, su confidente, aquel hermano que no tuvo. Se contemplaron  como quien contempla un objeto preciado y el abrazo no tardó, llegó al unisonó dejando un silencio en el recinto, pedacitos de nostalgia surcaban las gritas que el tiempo dibujaron en ambos rostros.

Sonrieron mirándose, ya no eran niños sus cabellos tiñen de blanco el recuerdo del ayer. Secándose las lágrimas se sentaron a tomar el café de la media mañana como siempre, nada más que esta vez, no eran vacaciones, ni una escapada. La mujer de Ángel ya hacia tiempo que había fallecido y Gerónimo lo vino a buscar para llevarlo con él a la ciudad, la salud de Ángel flaqueaba por momentos y no quería que estuviera solo. Pero Ángel ante la propuesta de Gerónimo respondió:

 

– Mi lugar esta aquí amigo; donde nací, crecí y me casé.  Aquí vi como el cielo devastaba la tierra y  como la tierra crecía bajo el cielo.  Hace mucho que convivo conmigo mismo sosteniendo el recuerdo dulce de mi memoria. También aprendí a conjugar mi vida con la soledad, no le tengo miedo, la respeto como ella me respeta y me muestra tal como soy. Me acompaña por este sabio camino hasta que Dios me invite a su morada…

 

 

 

 

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About Graciela Giraldez

Graciela Giráldez Enlaces: www.graciela69.blogspot.com Graciela Giráldez nació en Buenos Aires Argentina. Comenzó a escribir con temprana edad relatos y poesía que acompañaban sus estudios de guitarra, solfeo. Cursó en la escuela Literaria del Sur talleres de relato breve y Poesía. Es miembro de la Asociación Aragonesa de Escritores (AAE) y secretaria de la Asociación Literaria Poiesis e integrante del Grupo Literario Palabras Indiscretas (GLPI) donde es vicedirectora y coordinadora general de la Revista Literaria de dicho grupo. Es colaboradora en la revista literaria Brotes Digital en la sección de relatos y coordinadora de la sección Creación Literaria en la revista Literaria Sarasuati. Ocupa su tiempo en labores administrativas haciéndolo compatible con su pasión por la escritura, la lectura y la música. Varios de sus poemas han sido semifinalistas en el Centro de estudios poéticos de Madrid. Vive en España desde 2001 en la provincia de Teruel.

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