RENÉ DESCARTES: “Cogito ergo sum”. El hombre es una realidad pensante.

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El método científico, que empezó a desarrollarse durante el siglo XVI, fue utilizado y defendido por el italiano Galileo Galilei (1564-1642), el alemán Johannes Kepler (1571-1630) y el inglés Sir Francis Bacon (1561-1626), entre otros. Sus propuestas fueron definitivamente adaptadas y defendidas por René Descartes (1596-1650), el filósofo, matemático y físico francés que es considerado como el padre de la de la filosofía moderna.

 

Biografía y pensamiento de Descartes:

El 31 de marzo de 1596, en la Haya Turena, Francia, nació René Descartes en el seno de una familia noble. Entre 1606 y 1615, René Descartes cursó sus estudios en el colegio jesuita de La Flèche, en Anjou. Durante toda su escolarización, a causa de su débil salud, a Descartes le estuvo permitido permanecer en cama hasta el mediodía, costumbre que mantuvo toda su vida. En 1616, Descartes se licenció en derecho en la Universidad de Poitiers, pero nunca ejerció como abogado, él no tenía la necesidad de trabajar. La inquietud intelectual de Descartes se focalizó en la mediocridad del sistema educativo, en la pedagogía aristotélica aplicada por el escolasticismo de la época. Y se cuestionó todo aquel “sistema absoluto de valores y verdades”.

Descartes se sumió en una profunda “crisis personal” causada por el descubrimiento de “los fallos cada vez más evidentes del edificio del saber”, escribe el historiador y periodista norteamericano, Russell Shorto en su libro Los huesos de Descartes.[1] Descartes escribió a este respecto en su libro Discurso del método: “Pero tan pronto como hube terminado el curso de los estudios, cuyo remate suele dar ingreso en el número de los hombres doctos […] me embargaban tantas dudas y errores, que me parecía que, procurando instruirme, no había conseguido más provecho que el de descubrir cada vez mejor mi ignorancia” (Discurso del Método, p.70).[2] El sistema aristotélico, razonó Descartes, no estaba fundado sobre sólidos cimientos y quiso formular una filosofía contraria a la escolástica.

Así pues, Descartes decidió ampliar sus conocimientos. Escribió en la introducción a sus ensayos: “recorrí cuántos libros pudieron caer en mis manos. […] Gustaba sobre todo de las matemáticas, por la certeza y evidencia que poseen sus razones” (Discurso del Método, p.72). En cuanto a la filosofía, opinaba Descartes, “nada hay en ella que no sea objeto de disputa y, por consiguiente, dudoso. […] Y en cuanto a las demás ciencias, ya que toman sus principios de la filosofía, pensaba yo que sobre tan endebles cimientos no podía haberse edificado nada sólido” (Discurso del Método, p.73). Respecto a la teología, Descartes se mostraba reverente y respetuoso, “nunca me hubiera atrevido a someterlas a las flaquezas de mis razonamientos”, haciendo aquí referencia a las verdades reveladas por dios.

Descartes decidió viajar por Europa para obtener conocimientos y experiencias que le permitiesen “sacar algún provecho de ellas. […] Siempre sentía un deseo extremado de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, para ver claro en mis actos y andar seguro por esta vida. […] Más cuando hube pasado varios años estudiando en el libro del mundo, […] resolvíme un día a estudiar a mí mismo y a emplear todas las fuerzas de mi ingenio en la elección de la senda que debía seguir.” (Discurso del Método, pp. 74 y 75). Durante nueve años se dedicó a viajar y a servir en dos ejércitos. Europa estaba en guerra: la  Guerra de los Treinta Años (1618-1648) donde se combatía por la hegemonía europea y motivos religiosos –reforma y contrarreforma–, y la Guerra de Flandes (1566-1648), la lucha por la independencia del Imperio español en el norte de los Países Bajos. Nuestro protagonista no participó en las contiendas pero sí colaboró en los proyectos de ingeniería civil.

Estando en Breda (1618), hizo gran amistad con Isaac Beeckman (1588-1637), el filósofo y científico holandés, con quien mantuvo una prolífera correspondencia sobre problemas e investigaciones científicas. En una de estas cartas, Descartes esbozó el descubrimiento de la geografía analítica, “donde hacía uso del álgebra para analizar las formas y problemas geométricos que sería la base del cálculo infinitesimal” (Los huesos de Descartes, p. 35). El 10 de noviembre del año 1619, el frío obligó a Descartes a permanecer encerrado en una pequeña habitación de la aldea bávara de Neuburg. Allí tuvo, dice el propio Descartes, una serie de pensamientos que iban a cambiar drásticamente el rumbo de la ciencia y de la filosofía, del pensamiento en general.

Cuando volvió a Francia (1622), Descartes ya era reconocido por todos como un gran filósofo y científico. En 1628, cuando se hallaba en París, presentó su método fundamentado en que sólo la razón podía servir como base del conocimiento humano. No fueron bien recibidas sus propuestas y, tras numerosos ataques, creyó que lo mejor era abandonar Francia. Descartes explica en el Discurso que no quería indisponerse con los doctos, principalmente porque no quería malgastar su tiempo, dedicado al estudio, contestando a todos aquellos que criticaban sus postulados.

Descartes se exilió en Holanda (1629-1649). Allí se vivía un cierto ambiente de libertad intelectual que le permitía seguir profundizando en sus investigaciones y pensamientos. Descartes tuvo una hija, Francine, fruto de su relación con la criada de un amigo. La reconoció como suya pero sólo con su nombre de pila (Los huesos de Descartes, p.52). Durante uno de sus desplazamientos, Descartes fue notificado sobre la enfermedad que había contraído su hija, la escarlatina. Francine murió con cinco años. Su muerte supuso un duro golpe para Descartes y creció su interés por el mundo de la medicina, vivió empeñado en alargar la vida de las personas.

“Cuanto se sabe, en esa ciencia –la medicina– no es casi nada comparado con lo que queda por averiguar y podríamos librarnos de una infinitud de enfermedades, tanto del cuerpo como del espíritu, y hasta de la debilidad de la vejez” (Descartes, Discurso del Método, p.119).

Se dedicó al estudio del cuerpo humano y realizó numerosas disecciones de cuerpos de animales muertos. Sus estudios le llevaron a comparar el cuerpo a una máquina. Es más,  todos los fenómenos de la naturaleza podían explicarse mecánicamente, incluida la vida, afirmaba Descartes, que explicó las reglas de la naturaleza según reglas mecánicas (mecanicismo).

La obra de Descartes, el Discurso del Método, estaba siendo leída y comentada entre los intelectuales europeos del siglo XVII. Descartes se estaba convirtiendo en el sustituto de Aristóteles “como base de la educación” (Los huesos de Descartes, p.42). Pero aquel método para alcanzar un conocimiento certero no era bien recibido por todos. Teólogos aristotélicos, como el holandés Gysbert Voetius (Voecio, 1589-1676), acusaron las ideas propuestas por Descartes y sus seguidores porque iban contra la “física sagrada”. Es más, decían que se fomentaba el ateísmo. Descartes se mostraba mordaz ante las críticas. R. Shorto le describe como una persona “muy susceptible y ofensivo”. Dijo de las matemáticas de Fermat que eran “una mierda”, o que “el único vacío que había estaba en la cabeza de Pascal” –haciendo referencia a su propuesta del vacío de la naturaleza– (Los huesos de Descartes, p.44). En Carta a Voecio, Descartes defendió su filosofía y arremetió contra Voecio y sus seguidores. En 1642, Voecio como rector de la Universidad de Utrecht, prohibió formalmente la filosofía de Descartes. Cinco años más tarde, la Universidad de Leiden hizo lo mismo. Sin embargo, Descartes en ningún momento cuestionó su fe y en sus obras demostraba la existencia de Dios como “única garantía de que el mundo material existía”. Dios había dado “a cada hombre alguna luz con que discernir lo verdadero” (Discurso del Método, p.90).

Pierre Chanut, su amigo y representante diplomático francés en la corte sueca desde 1645, le aconsejaba dejar Holanda. Y la invitación también le llegó de la reina Cristina de Suecia (1626-1689). La reina había recibido una excelente educación y quería que su corte rivalizase con los otros estados europeos. Quería inaugurar una Academia de Ciencias en Estocolmo y que el filósofo y matemático francés la adoctrinase sobre su valioso método. Cristina de Suecia citaba a Descartes a las cinco de la mañana. “Aquí los pensamientos de los hombres se congelan como el agua. […] No estoy en mi elemento”, escribió Descartes en una de sus últimas cartas. Para Descartes, Suecia era una “tierra de osos, entre rocas y hielo”. Y Descartes enfermó. Acérrimo detractor hasta entonces de la sangría, incluso aceptó “por tres veces que le sacaran sangre del brazo”, cuenta R. Shorto. Murió de pulmonía. Su estancia en Suecia fue breve, desde el otoño del año 1649, hasta febrero del año 1650. Cuando murió Descartes, la reina insistió en enterrar en Estocolmo su cadáver, en el cementerio donde estaban enterrados los reyes de Suecia. Pero Descartes era católico, no luterano como aquéllos y para evitar posibles escándalos, la reina, aconsejada por Pierre Chanut, optó por enterrarle modestamente en un cementerio rural. Dieciséis años después, el nuevo embajador francés en Suecia, bajo las órdenes recibidas desde París, se encargó de la exhumación de los huesos de Descartes (1666). Hugues de Terlon además coleccionaba reliquias sagradas y solicitó poder conservar uno de los huesos de la mano. La curia le concedió su petición, a pesar de haberse prohibido el tráfico de las reliquias desde el Concilio de Trento (1545-1563). Descartes se estaba convirtiendo en toda una leyenda.

Según el biógrafo de Descartes, el teólogo Adrien Baillet (1649-1706), en el féretro de cobre que contenía los huesos del filósofo, hacia París, faltaba la calavera. Los maltrechos restos de Descartes fueron enterrados en la iglesia de Santa Genoveva, la santa patrona de París. En 1671, el monarca francés, Luís XIV (el Rey Sol), prohibió el cartesianismo, a petición del arzobispo de París. Las ideas de Descartes estaban “infectando a los jóvenes” universitarios. Sus “opiniones y sentimientos” creaban “confusión en la explicación de nuestros misterios” (Los huesos de Descartes, p.91).[3]  Finalmente, quedó prohibido hablar en público de sus doctrinas bajo pena de muerte. Cuando, en 1666, fue fundada la Academia Francesa de Ciencias, “se prohibió expresamente el ingreso de los cartesianos” Tres años antes, la Inquisición había condenado cuatro libros de Descartes. El motivo no se desveló hasta finales del siglo XX, la razón era que la perspectiva materialista del mundo cartesiano podía hacer temblar la doctrina de la eucaristía –la presencia de Jesús en la ostia sagrada–.

A partir de 1744, ante el mal estado de la iglesia donde se hallaba enterrado Descartes, se empezó a levantar una nueva iglesia que pasó a ser, tras la Revolución francesa, el nuevo Panteón, edificio consagrado a los grandes hombres de Francia. Se propuso, entre otros, a Descartes porque según Condorcet (1743-1794)[4], Descartes merecía “ser honrado en nombre de una nación libre” (Los huesos de Descartes, p.122). Pero Alexandre Lenoir (1761-1839), arqueólogo y conservador francés, empeñado en evitar el saqueo de los edificios, las reliquias y otros objetos de culto llevadas a cabo por los revolucionarios, solicitó al Gobierno revolucionario, un puesto de trabajo que le permitiese salvar las obras de arte de su aniquilación. Su petición le fue concedida. Entre estos monumentos destacaba a la Iglesia de Santa Genoveva, donde estaba enterrado Descartes. En 1796, Lenoir fundó el Museo de los Monumentos Franceses y, en su jardín, depositó el ataúd del filósofo cartesiano. Catalogado con el nº 507, Lenoir le definió como “el primero que nos enseñó a pensar”. Con la llegada de los Borbones en 1814, la iglesia católica retomó su poder y los bienes eclesiásticos retornaron a sus lugares de culto. El museo de Lenoir pasó a formar parte de la Escuela de Bellas Artes, y los ataúdes del jardín del Museo fueron llevados al nuevo cementerio de Père-Lachaise. Los “amigos de la filosofía”, un grupo de filósofos franceses muy influyentes, solicitaron con éxito que sus huesos fueran llevados a la iglesia de Saint-Germain-des-Prés (1819), un lugar próximo y más vinculado a la capital francesa.

En 1821, una noticia publicada en un periódico de Estocolmo llamó la atención de los academistas franceses, había salido “a la venta el cráneo del famoso Cartesio” (Los huesos de Descartes, p.157). El químico sueco Jöns Jacob Berzelius (1779-1848), considerado como uno de los padres de la química moderna, se hizo con el cráneo que estaba en manos de un empresario de casinos. Conocedor de la tremenda importancia que suponía su hallazgo, enseguida lo envió a la Academia de París. Georges Cuvier, segundo secretario de la institución se hizo cargo de él y lo conservó en el Museo de Anatomía Comparada que formaba parte del Museo de Historia Natural. El cráneo pronto entró a formar parte de una investigación y controversia digna de su personaje, se dudaba de su autencidad. Sobre la coronilla de la calavera, escrito con  tinta, figura el siguiente texto en latín aquí traducido (Los huesos de Descartes, p.164):

“Del gran Cartesio fue esta parva calavera.

Ocultos yacen sus restos en tierras galas,

mas todo el mundo siempre su genio alaba

y goza su espíritu en la celeste esfera”.

A pesar de las numerosas dudas iniciales, las pruebas obtenidas demostraron que aquel sí era el cráneo de René Descartes. Actualmente se conserva en el Musée de l’Homme, en el Palais de Chaillot de París. Sus huesos, todavía de dudosa procedencia, permanecen enterrados en la capilla del Sacré Coeur de la iglesia de Saint Germain-des-Prés.

Breve repaso a su pensamiento y método:

Descartes apreció el error en “el enfoque tradicional del conocimiento”, ya que “los hombres no han logrado ningún progreso en los muchos siglos en que los han seguido”. Así pues, para la construcción de un verdadero conocimiento era indispensable partir del rechazo “de todas las opiniones recibidas anteriormente”, si bien consideró que éste no era “un ejemplo que todos deban seguir” (Discurso del Método, p.79). Los sentidos le engañaban, de eso estaba ciertamente convencido, y decidió aplicar su duda metódica para refutar todo aquel conocimiento que no proviniese de la razón. “Queriendo pensar […] que todo era falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad, YO PIENSO, LUEGO SOY, era tan firme y segura […] podía recibirla sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía” (Discurso del Método, pp. 95-96). La segunda verdad cartesiana era la existencia de Dios. Descartes se preguntó por cómo había aprendido a pensar. Debía haber “algo más perfecto que yo”, supuso. Sólo una naturaleza perfecta podía haber sido la causante y la podía haber puesto en él, y esa era Dios.

Nuestros razonamientos erróneos se debían básicamente a nuestra imperfección y a la falta de atención. Para evitar el error y las falsas creencias, Descartes proponía aplicar su método. “He formado un método […] para aumentar gradualmente mi conocimiento”. También serviría, opinaba Descartes, “para dar a conocer el camino que he seguido”  (Discurso del Método, p.69). La necesidad de dar una explicación científica a todas las cosas exigía un método ordenador y aclarador, que sustrajese la evidencia de todas las cosas y revelase lo cierto.

Estas son las cuatro reglas, o principios, que expresan su método:

1º        La regla de la evidencia: no admitir como verdadero aquello que pudiese ser dudoso. Aceptar sólo lo indudable (el método de la duda).

2º        La división: el método analítico consiste en desmenuzar las cosas a examen y evitar la generalización. Sacar ideas claras y concisas.

3º        Síntesis: extraer los más simples para llegar al conocimiento de los más compuestos, siguiendo un orden metódico.

4º        Enumeración y revisión: tener la seguridad de no omitir nada. No precipitarse.

Descartes aplicaba sus reglas para dar respuesta a sus dudas, para eliminarlas. La duda cartesiana era el método para llegar hasta la verdad, a lo cierto. Según Descartes, la aplicación de este método era extrapolable a las otras ciencias y a la misma filosofía.

La teoría dualista:


Descartes diferenció la mente del cuerpo, el ser humano estaba compuesto por estas dos sustancias diferentes que interactuaban a través de una glándula que llamó “pineal”. Aquella glándula, situada en medio del encéfalo, era “el principal asiento del alma…el lugar donde se forman todos nuestros pensamientos”. La mente cartesiana, también llamada alma, era una substancia pensante que existía sin necesidad de encontrarse en ningún espacio material.

Las ideas innatas:

Descartes asegura que la base del entendimiento está en “las ideas innatas, únicas fiables y ciertas” que garantizan que algo exista. Dios es una idea innata que garantiza la fundamentación del conocimiento. Dios nos ha dado la capacidad mental para entender que se puede dudar de una realidad pero no de una creencia. Las ideas innatas no provienen de la experiencia.

Su legado escrito:

Sin duda alguna, su obra más famosa es el Discurso del método, para bien dirigir la razón y buscar la verdad en las ciencias. Más la Dióptica, los Meteoros y la Geometría, que son ensayos de este método (1637). Esta obra se compone de una introducción titulada Discurso del Método, en la que Descartes explicaba su método, y tres ensayos breves sobre Dióptica, Meteoros y Geometría. La escribió en francés para que llegara a todos los franceses (hombres y mujeres), y la publicó sin indicar su autoría. De esta forma, él se mantenía alejado de los posteriores ataques que bien sabía tendrían sus propuestas entre los escolásticos. Tenía muy presente que en 1633, Galileo Galilei (1564-1642), había sido condenado por la Inquisición. El Discurso del Método, obra escrita en primera persona, es una reflexión íntima escrita en forma de novela, y calificada de moderna en cuanto a su contenido filosófico y científico. Esta breve obra está considerada como “uno de los libros con mayor influencia de todos los tiempos”.

Otras obras:

- Compendio De Música (1618).

- Reglas para la dirección del entendimiento (1629).

- El Mundo (1634).

- Meditaciones metafísicas y Réplicas a las objeciones (1641).

- Principios de la filosofía (1644).

- Las pasiones del alma (1649).

Conclusiones:

El filósofo, historiador y matemático germano, G. W. Leibniz (1646-1716) dijo de su obra que era “el vestíbulo de la verdadera filosofía”. Así también lo afirma la doctora en Filosofía en la UAB, Olga Fernández, en su introducción al Discurso del Método, p. 32. Descartes y Bacon “elaboraron los métodos, intentaron sistematizar la ciencia […] ofrecieron un análisis general del método científico durante la primera parte del siglo XVII”. Pero fue Descartes quien introdujo “un nuevo marco filosófico que sustituía al antiguo marco escolástico guiado por el aristotelismo”.

Voltaire (1694-1778) escribió sobre Descartes en su obra Cartas Filosóficas (1734):

“Llevó sus errores metafísicos hasta pretender que dos y dos hacen cuatro porque Dios lo ha querido así. Pero no es decir demasiado afirmar que era estimable incluso en sus desvaríos. Se engañó, pero lo hizo al menos con método y con un espíritu consecuente; destruyó las quimeras absurdas con las que se engañaba a la juventud desde hace dos mil años; enseñó a los hombres de su tiempo a razonar y a servirse contra él mismo de sus armas. Si no pagó con moneda buena, ya es mucho que denunciase la falsa”.

La doctrina de Descartes sin embargo superó todas las barreras, muchos fueron sus seguidores en Europa y se le considera como el precursor de la escuela del racionalismo y del empirismo, corriente filosófica, opuesta al racionalismo cartesiano, que se estudiará en la próxima biografía. Y, también, influyó en las ideas políticas de la Ilustración, añade R. Shorto. Para Leon Roth (1896-1963), célebre profesor de filosofía en la Universidad de Manchester y luego en la Universidad Hebrea de Jerusalén, el Discurso es “la línea divisoria en la historia del pensamiento. […] Todo lo anterior es antiguo y todo lo que ha venido después es nuevo”.

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“[…] todas las cosas, de que el hombre con sólo abstenerse de adquirir conocimiento,

se siguen unas a otras en igual manera, y que, con sólo abstenerse de admitir como verdadera una que no lo sea y guardar siempre el orden necesario para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna, por lejos que se halle situada o por oculta que esté, que no se llegue a alcanzar y descubrir”.

(René Descartes, Discurso del Método, p. 83).

BIBLIOGRAFÍA y WEBGRAFÍA:

Descartes, René (1637), “Discurso del método y Meditaciones metafísicas”. Edición de Olga Fernández Prat, traducción de Manuel García Morente. Editorial Tecnos, Grupo Anaya, S.A., Madrid 2011.

 

Estany Profitós, Anna, La fascinación por el saber. Introducción a la teoría del conocimiento. Editorial Crítica, Barcelona 2001.

 

Robinson, Dave; Garratt, Chris, Descartes para principiantes, Editorial Era Naciente, Buenos Aires, Argentina 2004.

 

Shorto, Russell,  Los huesos de Descartes, Editorial Planeta, S.A., Barcelona 2009.

 

Institut de France, Académie des Sciences;

http://www.academie-sciences.fr/academie/histoire.htm [Actualizada el 15-06-2011].

 

Revista de Humanidades Sárasuati, Galileo Galilei, http://www.sarasuati.com/galileo-galilei-1564-1642-la-revolucion-copernicana/

 

Wikipedia, la Enciclopedia libre:

Descartes; http://es.wikipedia.org/wiki/Descartes

Isaac Beeckman; http://en.wikipedia.org/wiki/Isaac_Beeckman

Gysbert Voetius; http://es.wikipedia.org/wiki/Gisbertus_Voetius

Condorcet; http://es.wikipedia.org/wiki/Marqu%C3%A9s_de_Condorcet

G. W. Leibniz http://es.wikipedia.org/wiki/Leibniz

Voltaire; http://es.wikipedia.org/wiki/Voltaire

Jöns Jacob Berzelius; http://es.wikipedia.org/wiki/J%C3%B6ns_Jacob_Berzelius

 


NOTAS:

1 Russell Shorto, Los huesos de Descartes, Editorial Planeta, S.A., Barcelona 2009, p. 33.

2 René Descartes, Discurso del método y Meditaciones metafísicas. Editorial Tecnos, Grupo Anaya, S.A., Madrid 2011.

3 Según el texto citado por Schmaltz en su obra Radical Cartesianism. Bibliografía citada en Los huesos de Descartes.

4 Marqués de Condorcet, filósofo, matemático y político francés elegido miembro de la Real Academia de Ciencias y colaborador en l’Encyclopédie.

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About Pilar Mur López

Nacida en Barcelona (1961). Diplomada en Magisterio y Licenciada en Humanidades por la UOC en febrero 2011. Experiencia laboral: administración, profesora de ofimática y contable. Idiomas: castellano (lengua materna), francés (Liceo Francés de Barcelona), catalán (nivel C) e inglés (First Certificate). Actualmente soy secretaria de la Associació de Diabètics de Catalunya delegació Barcelona.

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