EL ANDALÚ, LENGUA E IDEOLOGÍA

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INTRODUCCIÓN

Tras cuarenta años de dictadura franquista, la búsqueda y reafirmación de la propia identidad, así como de mecanismos de expresión cultural en lenguas distintas al castellano, ha provocado en la península un proceso lingüístico de concienciación lingüística como seña de identidad y, en confrontación con el pasado dictatorial, también se imbrica un sentido de libertad. Dentro de ese marco histórico, surge en las dos últimas décadas un notable interés por conocer y valorar aquellos rasgos lingüísticos distintivos entre las modalidades lingüísticas que se alojan en el territorio nacional.

Lo explicado en el párrafo anterior alude a un proceso inacabado que enfrenta la legalidad de las leyes con la relación de cuotas de poder lingüísticas, las cuales a su vez reflejan tensiones identitarias e históricas. Por ello, junto con el estudio de los rasgos definitorios de cada variante, es igual de importante situar en el contexto español la manifestación de las relaciones preexistentes de carácter extralingüística, por ejemplo, históricas o económicas, sobre la que se imbrica la cultura en la lengua dotándole de una significación concreta, para con este proceder discernir los procesos de elección arbitraria que establecen unos rasgos lingüísticos determinados como normativos sobre otros. Esto es, del modo asociativo en que el hablante manifiesta o proyecta su identidad cultural en la lengua, el habla particular o, incluso, en los rasgos lingüísticos que le son “propios” frente a la relación lingüística de poder coercitiva prexistente. En el presente ensayo me dispongo a relatar la relación entre lengua e ideología para subrayar el proceso por el que una modalidad se prestigia mientras que otro modelo es estigmatizado.

ANDALÚ, LENGUA E IDEOLOGÍA

“Que el andaluz llegue a conquistar las grandes audiencias, a través de los medios audiovisuales, y sin tener que pagar peaje de gracioso, de criada, o de flamenquito sandunguero, es el objetivo que debería marcarse la autoridad competente. Lo que pasa es que no sabemos quién es esa autoridad ni si será competente.” (Arroyo 9). Así, con ironía y tedio, expresaba la actriz gaditana Esther Arroyo el sentir andaluz en prensa nacional en el diario El País del 14 de diciembre de 1999. Noticas como esta suponen la punta del iceberg acerca de la relación entre la ideología lingüística preminente en la península, que alza la variante castellana como la prestigiada respecto a otros modelos lingüísticos, entre las que encontramos al andaluz.

La noticia de Esther Arroyo aquí recogida a modo de anécdota, transluce cómo los intercambios lingüísticos expresan relaciones de poder, en base a que los individuos hablan con diferentes grados de autoridad acumulada en un arduo y extenso proceso histórico. En este sentido, las palabras funcionan como instrumentos de coerción, negociación (resistencia) y aceptación, que redundan en prácticas de persuasión, acuerdos y resignación. Los discursos y las representaciones (la del gracioso, la criada, o el flamenquito sandunguero que menciona Arroyo) son prácticas sociales simbólicas. En consecuencia, en ellos se articula una ideología concreta, y en ese proceso la lengua queda cargada irremediablemente de significado ideológico. De esta forma una comunidad queda legitimada (se legitima) frente a otras, expresando una relación de hegemonía cultural mediante la instrumentalización de las diversas variantes o modelos lingüísticos.

La lengua adquiere un valor social de atribuciones simbólicas, por las que el individuo queda inserto en múltiples convenciones y expectativas (prejuicios) que subyacen a una relación de poder; por ejemplo, sobre las asociaciones simbólicas resultantes de la interacción entre hablantes del castellano y el andaluz en territorio peninsular. Inmersos en la interacción de estos dos códigos lingüísticos diferenciados, la lengua no se erige de manera exclusiva en herramienta sino además en marco que integra convenciones sociales y prejuicios culturales entre sus respectivos hablantes, cimentado sobre una relación de poder pre-existente, que es garante de estabilidad y orden social y, en definitiva, de legitimidad de una sobre otra acerca del reparto de carácter económico cuyo resultado es un norte rico, industrializado y culto frente a un sur pobre, agrario y estigmatizado. Dicho con otras palabras, la relación de poder lingüístico norte-sur de la península redunda en un poder simbólico y, en última instancia, en poder económico que a su vez vuelve a legitimar lo legitimado. Ello es así porque mediante el poder simbólico se legitiman las prácticas ideológicas que benefician a unos grupos o comunidades en detrimento de otros grupos y otras comunidades. Inmersos en esta economía de intercambio lingüístico, Pierre Bourdieu revela la existencia de “estructuras de un mercado lingüístico, que se imponen a sí mismas como sistema de sanciones específicas y censuradoras” (78).

El “poder simbólico” es invisible, no identificado como poder y confundido como legitimidad. Y el poder ideológico se proyecta como universal y de sentido común. El uso del castellano como variante nacional en la península revela un privilegio de unas comunidades lingüísticas y culturales sobre otras, porque “al tomar un conjunto lingüístico de prácticas como modelo normativo de uso correcto el lingüista produce la ilusión de un lenguaje común e ignora las condiciones socio-históricas que han establecido un conjunto de prácticas lingüísticas como dominantes y legítimas” (Bourdieu 6). Por ello, la lengua es la herramienta de la construcción de la identidad: la lengua crea la realidad, la manipula y la impone intercedida por sesgos culturales que se naturalizan revistiéndose de legitimidad.

Fairclough define cómo las prácticas naturalizadas son en realidad constructos de entramados ideológicos cuando afirma que: “Las prácticas que en apariencia parecen ser universales y de sentido común pueden ser con frecuencia demostrarse con origen en las clases dominantes o bloque dominante, y haber sido naturalizadas, donde en muchos tipos de prácticas y en muchos casos de tipos de discurso, funcionan de la misma manera para sustentar relaciones de poder desiguales, que funcionan ideológicamente” (12) (T.A.).

La relación simbólica entre el castellano y el andaluz se convierte en un intercambio ideológico, donde “las relaciones de poder son integrales al aparato productivo social moderno, y queda enlazado con programas activos para la parte fabricada de la sustancia colectiva de la sociedad en sí misma” (Foucault 74) (T.A.). En este sentido, el control institucional y estatal del castellano en la península se ejerce a través de la burocracia. Sin embargo, la dominación del castellano sobre el andaluz sólo es posible mediante una aceptación activa del hablante de andaluz, porque, como afirma Bourdieu, “los individuos dominados no son cuerpos pasivos sobre los que un poder es aplicable (125) (T.A.). Ni tampoco lo son sus lenguas. Frente al prejuicio histórico que puede acomplejar al individuo estigmatizado debe nacer la conciencia lingüística que le libere, y ello se consigue rompiendo con los lazos arbitrarios de legitimidad y sus relaciones de poder simbólicas ocultas (naturalizadas) en las relaciones personales, sociales, culturales y profesionales.

El Estado tiende a forzar la estandarización partiendo de una modalidad de lengua concreta. “Promoviendo la lengua oficial al estatus de lengua nacional, la política de unificación lingüística favorece a aquellos que ya la poseen, mientras que otros quedan subordinados” (Bourdieu 6). Más aún, tal como revela Fairclough, la ficción de una lengua nacional homogénea está per se cargada de ideología debido a que “hay un elemento de esquizofrenia sobre el uso estándar, en el sentido que éste aspira a ser (y ciertamente es retratado cómo) una lengua nacional perteneciente a todas las clases y sectores de la sociedad, y sin embargo permanece en muchos respectos como un dialecto de clase” (35) (T.A.). Lo cual queda reflejado en la distribución de agencia y de roles tanto en los medios de comunicación como en los de entretenimiento. Estas integraciones y producciones simbólicas también son instrumentos de dominación, por ejemplo, mediante la representación de tópicos culturales y estereotipos fílmicos, porque refuerzan las convenciones sociales, las expectativas y las prácticas simbólicas. Ello es así desde el momento que, tal como esgrime Bourdieu:

Las producciones son relatadas en favor de los intereses de la clase o grupo dominante. Al contrario que el mito, que es colectivo producto apropiado colectivamente, las ideologías sirven unos intereses particulares que tienden a presentarse como intereses universales [el bien general], compartido por el grupo como un todo. La integración ficticia de la sociedad como un todo, y su apatía (falsa conciencia) de las clases dominantes; y finalmente, ello contribuye a la legitimación del orden establecido creando distinciones (jerarquías) y legitimando esas distinciones. (167)

En esta línea argumental, el poder se mantiene en parte a través de la propagación de un conocimiento compartido y tolerado por todos: los andaluces vagos, los catalanes tacaños, los vascos brutos, los madrileños chulos… el humor los naturaliza y las creencias se vuelven legítimas y ciertas. En cierto modo, los prejuicios son resultado de un consenso cultural propiciado por las interacciones lingüísticas y su historicidad. Observemos en un ejemplo de cómo se alude a un poder simbólico enraizado:

«Nosotros no tenemos más que una lengua que es la española», las variedades orales pueden mostrar diferencias geográficas o sociales. Aquellas adoptan diversos registros de lengua; éstas se borran con la educación (no con la zapa demagógica) de las clases menos instruidas. No hacer esto es volver a posiciones retrogradas y a la folklorización cultural. Los razonamientos esgrimidos contra los sembradores de cizaña son de una implacable contundencia, y nadie que crea en eso que llamamos quehacer científico dejará de aceptarlos (Alvar N. Pag).

Queda reflejada una opinión generalizada, y hago bien cuando digo “opinión” porque injuria sin pruebas de ese “quehacer científico”; con ella queda patente la actitud del hablante que se cree legítimo y ejerce su poder simbólico sobre otras “variedades orales”. Así pues, gente como yo que defendemos el andaluz como “lengua propia de Andalucía” y nos esforzamos en hacerlo desde los “quehaceres científicos” somos: incultos (pues al parecer el andaluz “se borra con educación…”), analfabetos (nos asocia de forma homogénea a “clases menos instruidas…”), demagogos, retrogradas, folklóricos y cizañeros… ¿Por qué este maltrato y este desprecio? ¿Miedo? ¿Complejo de superioridad? Tal vez haya algo de esto y de aquello, pero con certeza se trata de la puesta en práctica de una ideología que salvaguarda de sus intereses, privilegios y estatus socio-económico.

Nadar contra corriente en todos los ámbitos de la esfera pública es uno de los hechos más frecuentes con los que deben aprender a convivir una lengua minoritaria y sus hablantes. Ambos deben luchar contra la intransigencia, el desconocimiento, el despotismo histórico, la imposición, la subordinación y el desprecio que le ofrecen la lengua mayoritaria o dominante y sus hablantes. Desde mi posición de (académico) inculto, analfabeto, demagogo, retrograda, folclórico, y cizañero nado contra corriente al ofrecer mi visión andalucista sin avergonzarme por ello. Una visión que está resurgiendo con fuerza en nuestros días en defensa del andaluz, y que algunos como Xuan Fennando (mi opinión es divergente en los matices) en su artículo “La lengua andaluza sí existe” no han dudado en señalar como se ha producido una “andaluzación de España y del Castellano” (Ignorada y ocultada). Este resurgimiento del sentir andaluz se hace evidente y ha comenzado en desembocar en la creación de organismos independientes como la Z.E.A. (Sociedad para el estudio del andaluz), y escritores que se desmarcan de las tesis generalistas (históricas impuestas) como Tomás Gutier En defensa de la lengua andaluza (2006), Palabrario andaluz (2007) de David Hidalgo, o los aportes de un humilde servidor cuya posición ya esbozara en mi artículo “El andaluz ¿lengua criolla o dialecto castellano?” (2009) a la que posteriormente sumo mi modelo funcional de ortografía andaluza N.H.F.O.A. (2008-14, inédito) que he explorado literariamente escribiendo poesía y relatos cortos.

Nadar contra corriente es también luchar contra los estereotipos proyectados (impuestos) sobre los hablantes de una lengua minoritaria, es luchar contra un discurso normativo de derechos y deberes inserto en una sociedad concreta. Una lengua por definición ni se puede hablar mal ni posee connotaciones negativas. Éstas proceden (son resultado) de las interacciones socio-culturales, relaciones humanas y procesos históricos de un conjunto de hablantes (comunidades lingüísticas), que asignan unos valores jerarquizados a determinados rasgos lingüísticos para así justificar el orden “natural” de las cosas y el tratamiento de el Otro.

El consenso cultural y lingüístico es una justificación ideológica que gesta un pensamiento único; todo aquel que se desvía de esa norma consensuada o presenta resistencia es marginalizado –excluido– o castigado social y económicamente. La divergencia lingüística supone una pugna simbólica porque alberga un profundo posicionamiento ideológico acerca de la vertebración de la sociedad y la distribución de sus recursos. Esta forma de proceder homogeneizadora funciona de manera más cercana al pensamiento dictatorial que al democrático. En un verdadero pensamiento democrático, la palabra consenso debería ser desterrada y reemplazada por otra que refleje un diálogo constante: acuerdo. El consenso lingüístico que legitima el uso castellano sobre otras modalidades es absolutamente arbitrario. El consenso tiene carácter fijo, el acuerdo, como las lenguas, es flexible y cambiante. Tal vez sea dificultoso ver este hecho en relación a un hecho abstracto como es el de la lengua y su simbolismo. Permítanme ilustrarlo pues con un texto bien conocido: la constitución española de 1978. Dicho texto articula la existencia de cuatro lenguas co-oficiales y todo ello nace del consenso político de una época. En el artículo 3.1 de la misma se recoge cómo “el castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla” (Constitución española de 1978 art. 3.1). A continuación en el artículo 3.2 se dispone que “las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos” (Constitución española de 1978 art. 3.2). Varios son los aspectos que se deben señalar: el primero es la inclusión en la constitución de la palabra “deber” en relación al castellano; la segunda se refiere sobre el uso del término “castellano” en detrimento de “español”, que hubiera integrado los distintos tipos de español presentes en la península sin ofrecer privilegio o centralidad simbólica a una región y su modalidad lingüística sobre las otras, propiciando con ello una jerarquización de los diferentes códigos lingüísticos. La elección de dicho término refleja un pensamiento histórico e ideológico; el tercer hecho que quiero resaltar es cómo no se nombran las otras lenguas y además se refuerza la jerarquización simbólica cuando se dice “las demás lenguas españolas…” de manera que, la propia constitución se basa en un uso de poder y legitimidad simbólicos. En este sentido, la articulación sobre el uso de las lenguas en una constitución española que nace del consenso, es dudosamente democrática y por tanto de dudosa legitimidad sobre el pueblo, porque privilegia a una región respecto de otras, lo cual choca frontalmente con el artículo 14, del capítulo segundo: derechos y libertades, en el cual se dice que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social” (Constitución española de 1978 art. 14 capítulo dos). La condición lingüística es sin duda una condición o circunstancia personal o social.

La lengua es parte de la identidad de un pueblo, entendido como una comunidad lingüística. Por ello, para salirse del círculo vicioso que supone el desprestigio, la subordinación y la jerarquización del andaluz en sí y de sus hablantes, se debe hacer presión por renegociar esa identidad en todos los ámbitos de la esfera pública dentro del contexto socio-cultural e histórico (sociedad) en la que se engloba. Así, mediante la renegociación de espacios prestigiados y adquisición de cuotas de poder, tratar de normalizar el uso de la modalidad como elemento enriquecedor. En definitiva, hablo de generar conciencia lingüística andaluza que rompa con los lazos de dominación simbólica en la interacción con la variante castellana, y tener muy presente que la lengua no es meramente una herramienta de comunicación sino que es además en sí misma una ideología.

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About JM.Persánch

ESPAÑOL -------------- Licenciado en filologías inglesa e hispánica por la Universidad de Cádiz; fue estudiante internacional en the University of Birmingham (Reino Unido), TA y estudiante internacional simultáneamente en Amherst College (EEUU, MA.); Doctor en Estudios Hispánicos porla Universidad de Cádiz. Mi área de investigación es interdisciplinar. Tengo interés en estudios culturales, estudios fílmicos, sociología e identidades comparadas, lengua y literatura, lingüística y el andaluz, entre otros temas. Actualmente soy instructor de español en la University of Kentucky (EEUU, KY), director fundador y coordinador del grupo literario palabras indiscretas , cónsul de la provincia de Cádiz (España) de poetas del mundo, editor de la revista literaria palabras indiscretas (RLPI) y colaborador permanente de la sección de estudios hispánicos y co-editor en la revista digital de humanidades Sarasuati. Hago de revisor en revistas académicas como Nomenclatura, LL Journal y UDP. * * * * * ENGLISH --------------- I graduated in both English and Hispanic Philology at Universidad de Cádiz, Spain, previously an International Student at the University of Birmingham (England, U.K) in 2005-06, and in 2006-07 simultaneously TA and International Student at Amherst College (MA, U.S.A.). PhD in Hispanic Studies from the Universidad de Cádiz, Spain. My research field is interdisciplinary, the objects of which are the Latino and White identities in Films. I am interested in Cultural Studies, Film Studies, Sociology and Comparative Identities, Language and Literature, and Andaluz among other subjects. Currently, I am Instructor of Spanish at the University of Kentucky (KY, U.S.A.), Founding Director and project co-ordinator of the Literary Group Palabras Indiscretas (GLPI), Consul of the Province of Cadiz for Poetas del Mundo, Editor of the Literary Journal Palabras Indiscretas (RLPI), and permanent contributor to Hispanic Studies and Co-editor for the e-Journal of Humanities Sarasuati. And Revisor Peers Review in academic journals such as Nomenclatura, LL Journal and UDP. * * * * *

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