Espártaco en los autores antiguos (y II)

     Según los historiógrafos, el tracio Espártaco, que había desertado del ejército romano y se había convertido en salteador, es detenido y puesto a la venta como esclavo. Un día oye la interpretación de un presagio que va a marcar su destino; se convierte en gladiador. Hasta que …

 

4. La peripecia italiana

     La aventura de Espártaco continúa en el año 73 a. C.[1] en la ciudad de Capua, centro de escuelas de gladiadores.[2] Escapó de una de estas escuelas o ludi, concretamente de un establecimiento que era propiedad de Léntulo,[3] en compañía de otros gladiadores, setenta y cuatro, según la mayoría de las fuentes.[4] Plutarco apunta la presunta causa de la huida, cuando señala que los gladiadores la planearon

 

Encontrándose encerrados para combatir no por las maldades cometidas, sino por injusticia de su dueño.[5]

 

     Así pues, la fuga parece haber sido provocada por los malos tratos infligidos. Los huidos se refugiaron en el monte Vesubio,[6] a cuarenta kilómetros escasos de la ciudad de Capua, y por esas fechas eligieron a tres jefes:[7] Espártaco, Crixo y Enomao. Pronto se les había unido un numeroso gentío.[8]

 

     Para los hechos posteriores seguiremos la cronología de Tito Livio, que complementaremos con datos de los otros autores. Resulta que, según Livio, los fugitivos vencieron al legado Claudio Pulcro, mejor Claudio Glabro, y al pretor Publio Vareno,[9] que los tenían cercados en el Vesubio.[10] Tras la victoria, los efectivos de los rebeldes llegaron a los setenta mil, según Apiano (BC I 116). Después deambularon por la región, logrando nuevas victorias y arrasando diversas poblaciones.[11] Cuenta además Plutarco que Espártaco sorprendió a Cosinio, cuando se bañaba en el mar, estuvo a punto de capturarlo y finalmente derrotó a sus tropas.[12]

 

     Para el año 72 a. C. partiremos del resumen de las Periochae:

 

El pretor Quinto Arrio mató a Crixo, un jefe de los fugitivos, con veinte mil hombres. El cónsul Cneo Léntulo luchó contra Espártaco con resultado adverso. Por el mismo Espártaco fueron vencidos en combate el cónsul Lucio Gelio y el pretor Quinto Arrio.[13]

 

Y más adelante:

 

El procónsul Cayo Casio y el pretor Cneo Manlio combatieron contra Espártaco con resultado adverso y esta guerra fue confiada al pretor Marco Craso.[14]

 

     Así pues, Espártaco derrotó al cónsul Cneo Léntulo,[15] al cónsul Lucio Gelio[16] y al pretor Quinto Arrio,[17] y posteriormente al procónsul Cayo Casio[18] y al pretor Cneo Manlio.[19] No obstante, los de Espártaco sufrieron una derrota ese año, pues el pretor Quinto Arrio venció a Crixo, que encabezaba a veinte mil hombres.[20] Así las cosas, el mando de las tropas de Roma pasó a Marco Licinio Craso, quien, por lo que cuenta Apiano (BC I 118), tuvo a sus órdenes seis legiones más los restos de los efectivos de los dos cónsules.

 

     Volvemos a las Periochae para el año 71 a. C., el final de la guerra:

 

     El pretor Marco Craso combatió con éxito primero contra una parte de los fugitivos que estaba formada por galos y germanos, cayendo treinta y cinco mil[21] enemigos y sus jefes Casto y Gánico. Después combatió contra Espártaco, cayendo con él sesenta mil hombres.[22]

 

     No lo cuenta Livio, pero es notable la forma en que Craso intentó poner fin a la guerra rodeando con un foso a los rebeldes. Plutarco señala que fueron rodeados en Regio por un foso de trescientos estadios, unos sesenta quilómetros, de donde Espártaco consiguió sacar un tercio de sus tropas.[23] Un aspecto que ofrece cierto margen de duda es el escenario de la batalla final, donde cayeron Espártaco y los suyos.[24]

 

     Merece además comentario la falta de unanimidad acerca de los efectivos de Espártaco en dicha batalla final: la cifra más repetida es sesenta mil hombres (Livio y Eutropio), pero para Veleyo Patérculo llegaron a ser noventa mil en el último enfrentamiento con el ejército romano, mientras que Orosio detalla que cayeron sesenta mil hombres y seis mil fueron hechos prisioneros, y aún quedaron algunos vagabundos que fueron aniquilados por varios generales.[25] Esos seis mil hombres bien pudieron ser los que, según Apiano, fueron crucificados a lo largo de la Vía Apia. Floro y Ateneo dicen expresamente que Espártaco murió, aunque, según Apiano, el cadáver no fue encontrado.[26]

 

     Todavía hay algunas circunstancias muy interesantes en la parte final de la aventura de Espártaco. Según relata Plutarco, hizo un intento de pasar a dos mil hombres a Sicilia, valiéndose de los servicios de unos piratas, pero fue engañado; el propósito, tal y como da a entender el de Queronea, habría sido extender la guerra, teniendo en cuenta que Sicilia era terreno abonado para las insurrecciones de esclavos.[27] Floro da unos detalles distintos, que parecen más bien la consecuencia del fracaso anterior: intentando huir, los sublevados, que se hallaban rodeados en la península de Brutio, se hacen a la mar con balsas construidas por ellos mismos, pero las corrientes les impiden lograr su objetivo.[28]

 

 

5. Estratagemas, juegos funerarios, sacrificios

     A continuación nos ocuparemos de varios episodios de la biografía de Espártaco en que se relatan situaciones que requirieron del uso de la astucia por parte de los sublevados; y, por otro lado, nos detendremos en ciertas ejecuciones, que podrían ser calificadas de rituales. La primera estratagema fue puesta en práctica cuando Espártaco y los suyos se encontraban cercados en las estribaciones del Vesubio, es decir poco después de su fuga de Capua. Plutarco dice lo siguiente:

 

Después fue enviado desde Roma con tres mil hombres el general Claudio y los tenía asediados en una montaña que sólo tenía un escarpado y estrecho acceso, que vigilaba Claudio, mientras que el resto eran rocas cortadas a pico y peladas; cortaron las partes útiles de los sarmientos de una abundante parra agreste que se criaba en la cumbre; entretejieron con ellos escalas resistentes y largas, de manera que, colgando desde arriba junto al risco, tocaban el llano, y descendieron con seguridad por ellas todos menos uno. Y ése, que se había quedado por las armas, una vez hubieron bajado, se las lanzaba abajo y, habiéndoselas echado todas, se salvó él mismo el último.[29]

 

     De este modo, se introdujeron en el campamento de los romanos provocando la confusión y la huida de los mismos.

 

     Una fuga más astuta, si cabe, tuvo lugar cuando los de Espártaco se hallaban cercados por Varinio, según relata Frontino[30]

 

El mismo Espártaco, que había sido rodeado por el procónsul L. Varinio, ató ante la puerta cadáveres, adornados con ropas y armas, a postes clavados a escasa distancia, después de haber encendido hogueras en el campamento entero: engañado el enemigo por la falsa apariencia, sacó a su tropa en el silencio de la noche.[31]

 

     Ya de día, según cuenta Salustio, Varinio sospechó por la ausencia de ruidos en el campamento rebelde y envió a una tropa de caballería a espiar desde una colina cercana.

 

     Aún conocemos una tercera estratagema, a la cual parece aludir Plutarco y que resume Frontino:

 

Espártaco, que había sido rodeado por M. Craso mediante un foso, lo llenó durante la noche con los cuerpos muertos de prisioneros y ganado, y logró salir.[32]

 

     En las tres ocasiones reseñadas Espártaco recurre al engaño y actúa con nocturnidad, para salvar la situación de inferioridad en que se encuentra.

 

     Por otra parte, resulta interesante la actitud de Espártaco y sus hombres hacia los prisioneros. Al respecto, hay que subrayar, en primer lugar, el sacrificio de trescientos prisioneros que ordenó Espártaco en represalia por la muerte de Crixo; por el verbo que usa Apiano, el autor que ha conservado esta noticia,[33] debemos pensar que se trata de un sacrificio ritual, no de una muestra de ensañamiento, o al menos, no exclusivamente.

 

     Del mismo modo, hay que creer que los juegos de gladiadores que organizó Espártaco tienen un motivo ritual funerario,[34] como estaba en el origen de tal actividad. Floro menciona unos juegos junto a la pira funeraria de sus jefes muertos. En cambio, según cuenta Orosio, con cuatrocientos prisioneros los sublevados ofrecieron un espectáculo de gladiadores en las exequias fúnebres en honor de una matrona deshonrada, que se había suicidado. Ambos autores coinciden en destacar el contraste que supone el que los juegos fueron organizados por alguien que antes había actuado en ellos como gladiador. Para complementar estos hechos, y no ofrecer una imagen incompleta o parcial de Espártaco, conviene recordar un pasaje de Salustio, donde el líder se ve incapaz de impedir los abusos de los suyos contra todo lo divino y humano[35] en el pillaje de una población.

 

     Cuando está a punto de librarse la batalla final, Espártaco mata su caballo, según Plutarco, con una clara intención:

 

Y habiendo sido llevado ante él su caballo, una vez que desenvainó la espada y dijo que, si vencía, iba a conseguir de los enemigos muchos y bellos caballos, pero que, si era derrotado, no los iba a necesitar, degolló el caballo.[36]

 

     Algunos estudiosos malinterpretan el texto considerando que Espártaco prescinde de la caballería, pero en realidad el texto sólo dice que mata su caballo. ¿Qué pretendía con esta muerte? Aparte de la finalidad ritual que puede atribuirse al sacrificio de un animal,[37] da la impresión de que con ello quería animar a sus huestes, dejando claro que él no iba a huir. Seguramente también hay que entender que Espártaco se había percatado de que la batalla era decisiva y por eso luchó hasta la muerte, mejor así que crucificado. Es, por consiguiente, un acto cara a sus seguidores, del mismo modo que lo es la crucifixión de un prisionero romano relatada por Apiano: Espártaco enseña a sus gentes qué destino les espera, si los cogen vivos,[38] pero además, teniendo lugar a la vista de los romanos, demuestra al enemigo hasta dónde es capaz de llegar.

 

     Un último acontecimiento al que quiero referirme es que Craso, el principal enemigo de Espártaco, diezmó a sus soldados. Resulta llamativo el que los dos autores que aluden al hecho le dan un contexto diferente, aunque en los comienzos del mando del futuro triunviro. Según Plutarco, los quinientos primeros legionarios que huyeron estando a las órdenes de Mumio, el legado de Craso, fueron objeto del castigo: un soldado de cada una de las cincuenta decenas en que habían sido repartidos fue escogido por sorteo y ejecutado. La acción merece las siguientes palabras del biógrafo:

 

… un castigo ancestral éste, aplicado a los soldados después de mucho tiempo; y en efecto, la infamia va ligada al procedimiento de la muerte, y produce gran espanto y pena por el castigo a la vista de todos.[39]

 

     En cambio, Apiano relata que los castigados fueron hombres de los dos cónsules por sus muchas derrotas. Pero da otra versión en el sentido de que la causa del castigo fue la derrota que habían sufrido a su mando y las víctimas ascendieron a cuatro mil hombres.[40]

 

6. Conclusión

     Para dar fin a estas páginas es conveniente comentar algunos aspectos esenciales que no han quedado suficientemente perfilados y algunas consecuencias relevantes que se derivan de nuestra lectura de los textos relativos a Espártaco. Ante todo, conviene insistir en que se desconoce por completo la etapa de gladiador de Espártaco; sin duda, la fascinación morbosa que se siente en la actualidad por los combates sangrientos estaba colmada para Salustio, Apiano o Plutarco, o al menos no encajaba en sus narraciones. No sabemos si Espártaco tomó parte en muchos combates y, en cuanto a los demás detalles de su biografía, aparte de lo comentado en el apartado correspondiente de este artículo, a ciencia cierta no se sabe nada más.

 

     En segundo lugar, no podemos evitar preguntarnos qué clase de tropa encabezó Espártaco. ¿Dio estructura militar a los fugitivos o se trataba de una enorme turba que desbordaba al enemigo por el número? Por Floro sabemos que sus hombres se dedicaron a fabricar armas primitivas y que organizaron una fuerza de caballería como un verdadero ejército, por Salustio nos enteramos de que estaban acostumbrados a actividades militares disciplinadas como guardias o rondas y por Apiano conocemos las restricciones que impuso Espártaco a la compra de joyas en beneficio de la adquisición de hierro y bronce para la fabricación de armas.[41] Pero en los pillajes[42] y, sobre todo, en las escisiones de Crixo, Enomao, Ganicio y Casto[43] podemos ver una tropa semejante a un ejército bárbaro, tribal, en que unos cabecillas actúan por su cuenta y riesgo. Así pues, parece que estas circunstancias contradictorias son manifestaciones de la tensión que generaba el intento de organizar y disciplinar un ejército frente el primitivismo de los esclavos y el individualismo de los gladiadores.

 

     Por otra parte, el análisis de estos textos permite observar cómo ante el mismo hecho histórico narradores o historiadores adoptan diferentes actitudes: hemos podido contrastar el retrato con rasgos favorables que traza Plutarco con el dibujo en tonos sombríos de Floro. A eso podemos añadir la objetividad de Tito Livio o la presunta simpatía de Apiano y acaso Salustio. Esas actitudes ante Espártaco vienen determinadas por las informaciones heredadas, pero influyen a su vez sobre la propia selección e interpretación de los hechos por parte del narrador.

 

     Antes de acabar, se debe dedicar unas líneas a las consecuencias, desde el punto de vista de los autores antiguos, de la guerra. Para Veleyo Patérculo la gloria de la victoria recayó en Marco Licinio Craso, que se convirtió en el primer ciudadano de la república. A la vista de los comentarios de Apiano, la guerra supuso el vertiginoso ascenso de Craso y su inmediato antagonismo con Cneo Pompeyo, así como su pronta reconciliación. Plutarco también se percata de que la amenaza que suponía para Craso el regreso de Lúculo y de Pompeyo apresuró el fin de Espártaco, pero, acabada la guerra, Pompeyo pretendió ganarse a Craso presentándolo al consulado, durante el cual precisamente nació la oposición entre ambos.[44] En definitiva, hay un cierto consenso en que la guerra contra Espártaco llevó a Craso al primer plano de la política.

 

     A pesar de ser tan limitadas las consecuencias de la guerra, en la memoria de los antiguos quedó bien grabado el recuerdo de Espártaco. Éste es el último asunto que se va a tratar aquí: ¿Les pareció tan grave lo ocurrido? Para Marco Tulio Cicerón, que a la sazón tenía treinta y pocos años, y ejercía como abogado en Roma, y para su generación, Espártaco debió de representar una grave amenaza para la ciudad y la república, pues treinta años más tarde no duda en invocar su recuerdo tres veces para comparar con él a Marco Antonio. Dice de él en un discurso de las Filípicas:

 

Así pues, quirites, para el pueblo romano, vencedor de todas las naciones, queda toda una lucha con un sicario, con un bandido, con un Espártaco; pues en aquello en que suele gloriarse de ser semejante a Catilina, en el crimen es igual que él, pero en ingenio inferior.[45]

 

 

    Es decir que Marco Antonio es comparable con Espártaco por la gravedad de sus crímenes, aunque en astucia queda por detrás de Catilina, aquel conspirador, cuyo intento contra la República había denunciado y reprimido el propio Cicerón durante su consulado del año 63. Y en otra Filípica, Cicerón vuelve a comparar a Marco Antonio con Espártaco, considerándolos a ambos peores incluso que al propio Catilina:

 

¡Oh, Espártaco! Pues ¿qué mejor nombre te daré, si a la vista de tus nefandos crímenes parece soportable Catilina?[46]

 

     Y el recuerdo de los daños materiales aún pervivía cincuenta años después, cuando el poeta Horacio escribía, saludando a Octavio Augusto, que había regresado de las guerras cántabras:

Ve, pide perfume, muchacho, y coronas,
y un jarro testigo de las guerras marsas,
si salvarse pudo del errante Espártaco
alguna ánfora
.[47]

 

     Ciertamente, la impresión negativa continuó durante muchos años: téngase en cuenta que, más de doscientos cincuenta años después, Ateneo compara a Espártaco con Euno, el cabecilla de la primera guerra servil en Sicilia, quien, al mando de doscientos mil hombres, arrasó varias ciudades y se proclamó rey. Y a su vez, unos quinientos años más tarde, Eutropio y Orosio comparan los daños que ocasionó en Italia con los de Aníbal.[48]

    Estuvo, por tanto, a la altura de Aníbal, Euno, Catilina o Marco Antonio, los enemigos de la república romana, en opinión de los buenos ciues.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

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NOTAS:

  1. Se deduce la fecha de Livio (Per. XCV); por tanto, se equivoca Eutropio (VI 7), que data el comienzo de la rebelión en el 678 de la fundación de Roma (es decir en el 74 a. C.); a su vez, Orosio (V 24.1) lo data en el año anterior, el equivalente al 75 a. C. Otros autores no dan una fecha exacta: Veleyo Patérculo (II 31.5) hace la sublevación contemporánea de las guerras sertorianas, que, como se decía en la primera parte de este artículo, tuvieron lugar entre los años 83 y 72. Apiano, en la misma línea, aunque más exacto, hace coincidir la revuelta con la muerte de Sertorio y el final de esa guerra. En cambio, Ateneo (VI 104) lo sitúa en los tiempos de la guerra de Mitrídates, un período amplio, pues la tercera guerra contra el rey del Ponto duró desde el año 74 al 63.
  2. Para el desarrollo de esta actividad, y particularmente en la ciudad de Capua, donde años después Julio César tuvo un ludus en propiedad, cf. R. AUGET, Crueldad y civilización. Los juegos romanos, Barcelona, 1985, p. 91; G. LAFAYE, “Gladiator”, en CH. DAREMBERG – E. SAGLIO (eds.), 2-2, p. 1578-1581; W. SMITH – A. S. WILKINS, “Gladiatores”, en W. SMITH ET AL. (eds.), 1, p. 917.
  3. Livio (Per. XCV) y Floro (II 20.3) dan este nombre; Orosio (V 24.1) lo llama Cneo Léntulo. Batiato era su cognomen, según Plutarco (Crass. 8.2), aunque no falta quien lo discute, cf. F. MÜNZER, “Cornelius 209)”, RE 4-1, 1377.
  4. Este número dan Salustio (fr. III 90 M.), Tito Livio (Per. XCV), Frontino (Strat. I 5.21) y Orosio (V 24.1), aunque Floro (II 20.3) dice que eran treinta o más (triginta aut amplius). A su vez, Veleyo Patérculo (II 30.5) cuenta sesenta y cuatro. Plutarco (Crass. 8.2) relata que los dispuestos a la fuga eran doscientos, aunque sólo llegaron a hacerlo setenta y ocho (ἐβουλεύσαντο μὲν διακόσιοι φεύγειν… ὀγδοήκοντα δυεῖν δέοντες). Para Cicerón (At. VI 2.8), no obstante, no pasaban de cincuenta.
  5. Crass. 8.1: ἐξ αἰτιῶν οὐ πονηρῶν, ἀλλ᾿ ἀδικίᾳ τοῦ πριαμένου συνειρχθέντες ὑπ᾿ ἀνάγκης ἐπὶ τῷ μονομαχεῖν.
  6. Allí los localizan Veleyo Patérculo (II 31.5), Floro (II 20.4), Frontino (Strat. I 5.21), Apiano (BC I 116) y Orosio (V 24.1); los demás autores ni siquiera nombran el Vesubio.
  7. Así lo cuenta Plutarco (Crass. 8.2). Dan los nombres de los otros dos Eutropio (VI 7), Orosio (V 24.1, que informa de que ambos eran galos) y también Apiano (BC I 116), para quien Crixo y Enomao eran subordinados de Espártaco (ὑποστρατήγους ἔχων). En cambio, Salustio (fr. III 96 M.) sólo menciona a Crixo y Livio sólo a Enomao, aunque nombra (Per. XCVII) a otros cabecillas llamados Gánico y Casto (en Plutarco -Crass. 11.4- Cayo Ganicio y Casto). En cuanto al origen de las gentes de Espártaco, Salustio (fr. III 96 M.) menciona a germanos y galos, mientras que Plutarco (Crass. 8.1) dice que eran galos y tracios; por su parte, Tito Livio (Per. XCVII) comenta que los dirigidos por Casto y Gánico eran germanos y galos.
  8. Cf. Veleyo Patérculo, II 30.5. Para Tito Livio (Per. XCV) eran esclavos y trabajadores de ergástulos, para Floro (II 20.2) esclavos y para Apiano también esclavos, pero también había agricultores libres (BC I 116); según el propio Apiano (ibid.), el reparto igualitario del botín motivó tantas adhesiones. Plutarco (Crass. 9.4), que sitúa las nuevas incorporaciones después de la primera victoria, dice que “se les sumaban muchos de los boyeros y pastores de la zona, individuos pendencieros y veloces, entre los cuales daban armas a unos y a los otros los empleaban de correos y tropas ligeras” (καὶ προσεγίνοντο πολλοὶ τῶν αὐτόθι βοτήρων καὶ ποιμένων αὐτοῖς, πλήκται καὶ ποδώκεις ἄνδρες, ὧν τοὺς μὲν ὥπλιζον, τοῖς δὲ προδρόμοις καὶ ψιλοῖς ἐχρῶντο). Más adelante, según señala Apiano (BC I 117), Espártaco rechazaba a los desertores. Diariamente se le unían esclavos, según Ateneo (VI 104) y Floro (II 20.6).
  9. Lo correcto es Claudio Glabro, como en Floro (II 20.4). También Apiano (BC I 116) se equivoca en los nombres, pues dice Varinio Glaber y Publio Valerio. Orosio (V 24.1), Frontino (Strat. I 5.21) y Plutarco (Crass. 9.2) simplemente hablan del pretor Clodio; el último le atribuye el mando sobre tres mil hombres. Sobre estas confusiones, cf. E. S. GRUEN, The last Generation of the Roman Republic, Berkeley-Los Angeles-Londres, 1995, p. 70; PLUTARCO, Le vite di Nicia e di Crasso, M. G. ANGELI BERTINELLI, C. CARENA, M. MANFREDINI Y L. PICCIRILLI (eds.), Verona, 1993, p. 349, y la bibliografía que allí se cita; F. RYAN, “The praetorship of Varinius, Cossinius und Glaber”, Klio 78, 1996, p. 374-379.
  10. Ya nos ocuparemos de los detalles en el apartado de estratagemas.
  11. De acuerdo con Orosio (V 24.2) anduvieron por Consentia y Metaponto, donde acrecentaron sus efectivos, habiendo sido vencido y muerto Enomao. Para Floro (II 20.5), vencieron a Vareno y a Toranio, y arrasaron Nola, Nuceria, Turio y Metaponto. Plutarco (Crass. 9.5) relata que derrotó al pretor Publio Varino y a su lugarteniente Furio, que iba al mando de tres mil hombres.
  12. Crass. 9.5, cf. Salustio, fr. III 94 M. Para Cosinio, cf. E. S. GRUEN, The last Generation of the Roman Republic, Berkeley-Los Angeles-Londres, 1995, p. 176; H. G.. GUNDEL, “Cossinius 2”, en K. ZIEGLER – W. SONTHEIMER (eds.), 1, 1326-1327; O. T. LÁNG, “Did the Cossinii build Macella”, en Acta XII Congressus Internationalis Epigraphiae Graecae et Latinae, II, G.. BARATTA (ed.), 2007, p. 819; F. RYAN, “The praetorship of Varinius, Cossinius und Glaber”, Klio 78, 1996, p. 376-379.
  13. Per. XCVI: Q. Arrius praetor Crixum, fugitiuorum ducem, cum XX milia hominum cecidit. Cn. Lentulus cos. male aduersus Spartacum pugnauit. Ab eodem L. Gellius cos. et Q. Arrius praetor acie uicti sunt.
  14. Per. XCVI: C. Cassius procos. et Cn. Manlius praetor male aduersus Spartacum pugnauerunt idque bellum M. Crasso praetori mandatum est.
  15. Floro (II 20.10) sitúa el combate contra Léntulo en los Apeninos. Para Orosio (V 24.4) los dos cónsules fueron vencidos por separado por Espártaco y Crixo, y también juntos. Luego, según relata Plutarco (Crass. 9.7), Espártaco se retiró hacia los Alpes. Para Apiano (BC I 117) la doble victoria ocurrió en la región de Piceno. Sobre Cneo Cornelio Léntulo Clodiano y sobre L. Gelio Publicola, véase E. S. GRUEN, The last Generation of the Roman Republic, Berkeley-Los Angeles-Londres, 1995, p. 41; H. G. LIDDELL, “Lentulus 24”, en W. SMITH (ed.), II. p. 732; P. SMITH, “Publicola, Gellius 1”, en W. SMITH (ed.), III, p. 600.
  16. Plutarco (Crass. 9.9) atribuye a Gelio una victoria sobre los fugitivos germanos.
  17. Para Quinto Arrio, véase W. A. GREENHILL, “Arrius 1”, en W. SMITH (ed.), I, p. 353; J. M. C. TOYNBEE, Roman historical portraits, Londres, 1978, p. 23.
  18. La derrota de Cayo Caso se produjo cerca de Módena, dice Floro (II 20.10). Orosio (V 24.4) informa de que Espártaco mató a Cayo Casio. Plutarco (Crass. 9.10) escribe que Casio mandaba a diez mil hombres. Para Cayo Casio Longino, véase H. G. GUNDEL, “Cassius I.14”, en K. ZIEGLER – W. SONTHEIMER (eds.), 1, 1070; P. SMITH, “Longinus 10. C. Cassius Longinus Varus”, en W. SMITH (ed.), II, p. 799.
  19. Para Cneo Manlio, véase E. S. GRUEN, The last Generation of the Roman Republic, Berkeley-Los Angeles-Londres, 1995, p. 186.
  20. La derrota y la muerte de Crixo ocurrieron cerca del monte Gárgano, de acuerdo con Apiano (BC I 117).
  21. Para Orosio (V 24.6) los auxiliares galos y germanos caídos fueron treinta mil hombres. Este combate, según Plutarco (Crass. 11.1), se produjo junto al lago Lucano; después Espártaco se retiró a los montes Petilinos y puso en fuga a Quinto y Escrofa.
  22. Per. XCVII: M. Crassus praetor primum cum parte fugitiuorum quae ex Gallis Germanisque constabat feliciter pugnauit, caesis hostium XXXV milia et ducibus eorum Casto et Gannico. Cum Spartaco dein debellauit, caesis cum ipso LX milibus.
  23. Crass. 10.7-8. Según Apiano (BC I 118), la fortificación constaba de empalizada, foso y muro.
  24. En Lucania, según Plutarco (Crass. 11.7 ss.; Orosio -V 24.6- concreta que fue en la cabecera del río Silaro), o en Apulia, como dice Eutropio (VI 7). Cuenta Apiano (BC I 120) que la batalla se produjo cuando las tropas de Espártaco se dirigían, tras romper el cerco, hacia Bríndisi perseguidas por Craso.
  25. Livio, Per. XVII; Eutropio, VI 7; Veleyo Patérculo, II 31.6; Orosio, V 24.7.
  26. Floro, II 20.14; Ateneo, VI 104; Apiano BC I 120 (“Y el cadáver de Espártaco no fue encontrado”: καὶ τὸν Σπαρτάκου νέκυν οὐχ εὑρεθῆναι).
  27. Dice Plutarco (Crass. 10.6): “Y habiéndose encontrado con unos piratas cilicios en el estrecho, deseó alcanzar Sicilia y, enviando dos mil hombres a la isla, encender allí otra vez la guerra servil, puesto que se había extinguido todavía no hacía mucho tiempo y con poco combustible hubiera prendido nuevamente” (ἐν δὲ τῷ πορθμῷ λῃστρίσι Κιλίσσαις περιτυχών, ὥρμησεν ἅψασθαι Σικελίας καὶ δισχιλίους ἄνδρας ἐμβαλὼν εἰς τὴν νῆσον αὖθις ἐκζωπυρῆσαι τὸν δουλικὸν ἐκεῖ πόλεμον, οὔπω πολὺν χρόνον ἀπεσβηκότα καὶ μικρῶν πάλιν ὑπεκκαυμάτων δεόμενον).
  28. II 20.13: “Rodeados allí, cerca del cabo de Brutio, habiendo preparado la huida a Sicilia y no habiendo conseguido barcos, pusieron a prueba en vano, a causa de la fuerza de la corriente, balsas hechas con vigas y toneles atados con mimbres.” (Ibi circa Bruttium angulum clusi, cum fugam in Siciliam pararent neque nauigia suppeterent, ratesque ex trabibus et dolia conexa uirgultis rapidissimo freto frustra experirentur).
  29. Crass. 9.2-3: Ἔπειτα Κλωδίου στρατηγοῦ μετὰ τρισχιλίων πεμφθέντος ἐκ ῾Ρώμης καὶ πολιορκοῦντος αὐτοὺς ἐν ὄρει μίαν ἔχοντι χαλεπὴν καὶ στενὴν κάθοδον, ἣν ὁ Κλώδιος ἑφρούρει, τὰ δ’ ἄλλα κρημνοὺς ἀποτόμους καὶ λισσάδας, ἄμπελον δὲ πολλὴν άγρίαν ἐπιπολῆς πεφυκυῖαν, ἔτεμνον τῶν κλημάτων τὰ χρήσιμα, καὶ συμπλέκοντες ἐξ αὐτῶν κλιμακίδας εὐτόνους καὶ βαθείας, ὥστ’ ἄνωθεν ἀνηρτημένας παρὰ τὸ κρημνῶδες ἅπτεσθαι τῶν ἐπιπέδων, κατέβαινον ἀσφαλῶς δι’ αὐτῶν πλὴν ἑνός. οὗτος δὲ τῶν ὅπλων ἕνεκα μείνας, ἐπεὶ κατέβησαν ἠφίει κάτω τὰ ὅπλα, καὶ βαλὼν ἅπαντα τελευταῖος ἀπεσῴζετο καὶ αὐτός. Más brevemente lo cuentan Frontino (Strat. I 5.21) y Floro (ΙΙ 20.4), y Orosio (V 24.1) alude de pasada a la derrota de Claudio Glaber.
  30. Probablemente Frontino parafrasea a Salustio (fr. III 96 M.), un fragmento mal conservado por cierto.
  31. Strat. V 21.1: Idem, cum ab L. Varinio proconsule praeclusus esset, palis per modica interualla fixis ante portam erecta cadauera, adornata ueste atque armis, alligauit, ut procul intuentibus stationis species esset, ignibus per tota castra factis: imagine uana deluso hoste copias silentio noctis eduxit.
  32. Strat. V 21.1: Spartacus fossam, qua erat a M. Crasso circumdatus, caesis captivorum pecorumque corporibus noctu repleuit et supergressus est. Cf. Plutarco, Crass. 10.9.
  33. El verbo ἐναγίζω: ὁ δὲ Σπάρτακος τριακοσίους Ῥωμαίων αἰχμαλώτους ἐναγίσας Κρίξῳ. (“Y Espártaco, habiendo sacrificado a trescientos de los prisioneros romanos en honor de Crixo…”). Los sacrificios humanos habían sido prohibidos por una ley del 97 a. C., cf. J. TOUTAIN, “Sacrificium”, en CH. DAREMBERG – E. SAGLIO (eds.), 4-2, p. 976-977. En general, además de este artículo, véase W. W. FOWLER, “Sacrificium”, en W. SMITH ET AL. (eds.), 2, p. 582-583. J. N. BREMMER, “Human sacrifice: an brief introduction”, en The strange word of human sacrifice, J. N. BREMMER (ed.), Leuwen, 2007, p. 1-8 (y la bibliografía que allí se cita).
  34. Sobre el origen de los combates de gladiadores como parte del ritual funerario, cf. R. AUGET, Crueldad y civilización. Los juegos romanos, Barcelona, 1985, p. 8-11; A. FUTRELL, Blood in the Arena: The Spectacle of Roman Power, Austin, 1997, p. 18-24; G. LAFAYE, “Gladiator”, en CH. DAREMBERG – E. SAGLIO (eds.), 2-2, p. 1563-1565; W. SMITH – A. S. WILKINS, “Gladiatores”, en W. SMITH ET AL. (eds.), 1, p. 916.
  35. Neque sanctum aut nefandum dice Salustio en el fr. III 98 M.
  36. Crass. 11.9: Καὶ πρῶτον μὲν τοῦ ἵππου προσαχθέντος αὐτῷ, σπασάμενος τὸ ξίφος καὶ εἰπών, ὅτι νικῶν μὲν ἕξει πολλοὺς ἵππους καὶ καλοὺς τοὺς τῶν πολεμίων, ἡττώμενος δ’ οὐ δεῖται, κατέσφαξε τὸν ἵππον.
  37. Para las víctimas animales, véase J. TOUTAIN, “Sacrificium”, en CH. DAREMBERG – E. SAGLIO (eds.), 4-2, p. 974-976; A. MARTIN, “Equus”, en CH. DAREMBERG – E. SAGLIO (eds.), 2-1, p. 803. En particular, para la relación del caballo con el inframundo, cf. E. DELEBECQUE, Le cheval dans l’Iliade, París, 1951, p. 240-241; M. P. NILSSON, Geschichte der griechischen Religion, vol. 1, Munich, 1967 (3ª edición), p. 382, n. 3.
  38. Apiano, BC I 119: δεικνὺς τοῖς ἰδίοις τὴν ὄψιν ὧν πείσονται, μὴ κρατοῦντες. (“Mostrando a sus gentes la imagen de lo que iban a sufrir, si no vencían”). Para este tipo de castigo, cf. F. RABER, “Crux”, en K. ZIEGLER – W. SONTHEIMER (eds.), 1, 1337; E. SAGLIO, “Crux”, en CH. DAREMBERG – E. SAGLIO (eds.), 1-2, p. 1573-1575; W. WAYTE, “Crux”, en W. SMITH ET AL. (eds.), 1, p. 565-568.
  39. Crass. 10.4-5: Πάτριόν τι τοῦτο διὰ πολλῶν χρόνων κόλασμα τοῖς στρατιώταις ἐπαγαγών. Καὶ γὰρ αἰσχύνη τοῦ θανάτου τῷ τρόπῳ πρόσεστι, καὶ δρᾶται πολλὰ φρικώδη καὶ σκυθρωπὰ περὶ τὴν κόλασιν, ἁπάντων θεωμένων.
  40. BC I 118: “Y cuando llegó, también tomó el mando sobre las fuerzas de los cónsules. En seguida, hizo con ellas un sorteo, supuesto que habían sido vencidas muchas veces, e hizo ejecutar a la décima parte. Pero otros no lo creen así, sino que, habiendo atacado con todo el ejército y siendo derrotado, sorteó la décima parte de todos y ejecutó a casi cuatro mil hombres, sin vacilar ante el número” (ἀφίκομενος δὲ καὶ τὰ τῶν ὑπάτων δύο προσέλαβε. καὶ τῶνδε μὲν αὐτίκα διακληρώσας ὡς πολλάκις ἡττημένων ἐπὶ θανάτῳ μέρος δέκατον διέφθειρεν. οἱ δ’ οὕτω νομίζουσιν, ἀλλὰ παντὶ τῷ στρατῷ συμβαλόντα καὶ τόνδε καὶ ἡττημένον, πάντων διακληρώσαι τὸ δέκατον καὶ ἀνειλεῖν ἐς τετρακισχιλίους, οὐδὲν διὰ τὸ πλῆθος ἐνδοιάσαντα). Sobre la decimatio, cf. R. CAGNAT, “Militum poena”, en CH. DAREMBERG – E. SAGLIO (eds.), 3-2, p. 1897; H. O. FIEBIGER, “Decimatio”, RE IV, 2, 1901, 2272; S. PEREA YÉBENES, Águilas de plata: lecturas sobre ejército romano y religión, Madrid, 2006, p. 1-21; W. SMITH -W. WAYTE, “Decimatio”, en W. SMITH ET AL. (eds.), 1, p. 602.
  41. Floro, II 20.6-7; Salustio, fr. III 96 M (en el mismo fragmento Salustio menciona la fabricación de lanzas cuyas puntas de madera quemaban, para que adquiriesen la dureza del hierro); Apiano, BC I 117 (en el epígrafe anterior también habla de la fabricación de armas y del acopio de impedimenta).
  42. Salustio, fr. III 98 M.: Plutarco, Crass. 9.8 y 11.7.
  43. Salustio, fr. III 96 M.; Plutarco, Crass. 11.4.
  44. Veleyo Patérculo II 31.6; Apiano, BC I 121; Plutarco, Crass. 11-12.
  45. Phil. IV 15: Est igitur, Quirites, populo Romano, uictori omnium gentium, omne certamen cum percussore, cum latrone, cum Spartaco. Nam quod se similem esse Catilinae gloriari solet, scelere par est illi, industria inferior.
  46. Phil. XIII 22: O Spartace! quem enim te potius appellem, cuius propter nefanda scelera tolerabilis uidetur fuisse Catilina. La Filípica (III 21) que no comentamos dice: “A aquél [sc. Marco Antonio], a quien en los edictos llama Espártaco, en el senado ni siquiera se atreve a llamarlo malo” (Quem in edictis Spartacum appellat, hunc in senatu ne improbum quidem dicere audet).
  47. C. III 14.19-22: I pete unguentum, puer, et coronas | et cadum Marsi memorem duelli, | Spartacum si qua potuit vagantem | fallere testa. Y por cierto que los marsos eran un pueblo vecino de Roma, por tanto Horacio hace referencia a un caldo de los tiempos de las guerras más antiguas.
  48. Ateneo, VI 104; Eutropio, VI 7; Orosio, V 24.5.

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Espártaco en los autores antiguos (y II) por Sebastián Martínez García (Dr. en filología clásica), a excepción del contenido de terceros y de que se indique lo contrario, se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Attribution-Noncommercial-Share Alike 3.0 Spain Licencia.

About Sebastián Martínez

Doctor en filología clásica y catedrático de griego, ha publicado artículos y reseñas en revistas especializadas (Cuadernos de Filología Clásica, Prometheus, L’Antiquité classique, entre otras).

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