Galileo Galilei 1564-1642 – La revolución copernicana

El filósofo griego, Aristóteles (384-322 a.C.), en su filosofía sobre la naturaleza, sentó las bases para la comprensión del Cosmos. Su teoría situaba a la Tierra en el centro del Universo (geocentrismo), mientras el Sol y los otros planetas giraban alrededor de ella. Aristóteles veía al universo como un mecanismo compacto, eterno y cerrado, finito. Nos rodeaban 56 esferas en donde se movían los planetas, y que giraban de Este a Oeste. También decía que más allá de la Luna, en el mundo supralunar, existía una Quintaesencia que mantenía a los cuerpos celestes en estado puro y en un continuo movimiento circular uniforme. Tras la última no había nada, ni tan siquiera espacio. Su teoría geocentrista quedó casi invariable hasta el siglo XVI, cuando el científico polaco, Nicolás Copérnico (1473-1543), expuso su sistema heliocentrista, situando al Sol en el centro del Universo. Si la Tierra rotara, pensaba Copérnico, eso explicaría la sensación que tenemos de que las estrellas fijas parecían girar alrededor de la Tierra cada día. Y, si la Tierra girara alrededor del sol, tendríamos la explicación para “la cuestión de las órbitas planetarias”. [1]

En su obra, De las revoluciones de las esferas celestes (1506-1531), Copérnico expuso la conclusión de sus estudios, pero no permitió su publicación hasta poco antes de su muerte. Copérnico temía la controversia, porque era consciente del peligro que suponía su teoría para la vieja ciencia aristotélica y, por lo tanto, para todo el pensamiento que había sobrevivido dieciocho siglos, casi, inalterado. No sólo sabía que su “hipótesis” necesitaba de más demostraciones, también comprobó que los fenómenos por él descritos confirmaban su hipótesis heliocentrista. Para el científico polaco, “el universo es inmensurable”, pero seguía encerrado por una enorme esfera en reposo, compuesta por las estrellas fijas, como había propuesto Aristóteles. Copérnico detalló sus observaciones y proporcionó muchos cálculos que permitieron a sus seguidores alcanzar una mayor exactitud. En su teoría heliocéntrica, describió tres de los movimientos observados y que le permitían probar su hipótesis. Observó: 1) El giro diurno de la Tierra sobre su eje. 2) El giro anual por la eclíptica entorno al Sol. 3) Un giro minúsculo del eje terrestre alrededor de la estrella polar que explicaba la sucesión de los equinoccios.

En el prólogo de su obra astronómica, Copérnico dedica su libro al papa Pablo III (de 1534 a 1549), asegurándole que podría elaborar un calendario más exacto gracias a sus cálculos y a los que otros posteriores matemáticos hiciesen con más exactitud. El calendario gregoriano arrancó en 1582. Los últimos cálculos los hizo el astrónomo Luigi Lilio. Sobre el nuevo sistema cósmico, Lutero (1483-1546) detectó una “aparente contradicción con la Biblia”. Sin embargo, a raíz de las propuestas copernicanas, muchos pensadores consideraron que la grandeza de Dios se manifestaba a través del nuevo concepto de infinidad del universo, y quisieron enterrar la limitación de las esferas terrestres.

El pensador napolitano, Giordano Bruno (1548-1600), fue uno de ellos. Acusado de hereje cuando tenía 28 años, escapó y ejerció como profesor de Aristóteles en varias Universidades europeas. En 1591, Bruno volvió a Italia, pero pronto fue denunciado a la Inquisición. Vivió encarcelado, hasta 1600, cuando murió en la hoguera. Le acusaron por “sus opiniones filosóficas y teológicas” así como por aceptar el sistema copernicano. Bruno afirmaba que había muchos “mundos como el nuestro”, porque “el universo fuera de nuestro mundo no es un vacío”. [2]

Por su parte, el astrónomo danés, Tycho Brahe (1546-1601), gracias al mecenazgo del rey Federico II de Dinamarca, había hecho construir un gran observatorio, Uraniborg. Sus observaciones, y los instrumentos inventados por él, “le permitieron medir las posiciones de las estrellas y los planetas” [3]. Cuando murió el monarca danés, el emperador Rodolfo II le invitó a Praga para que continuase con sus estudios científicos. Para probar matemáticamente sus observaciones, Brahe llamó al matemático y astrónomo alemán, Johannes Kepler (1571-1630) A la muerte de Brahe, Kepler continuó con su legado científico, defendiendo siempre el heliocentrismo.

Otro ferviente admirador del heliocentrismo era Galileo Galilei, de quien seguidamente veremos su obra.

Galileo Galilei (Pisa 1564-Florencia 1642)

Galileo Galilei, a pesar de los intentos paternos para que fuese médico, estudió filosofía y matemáticas en Pisa. Allí, llegó a ejercer como catedrático de matemáticas en la Universidad de Pisa. En 1592, viajó a Venecia para trabajar como catedrático de matemáticas en la Universidad de Padua, en la República de Venecia. Allí, Galileo, embelesado por la geometría, “extendió las ideas de Arquímedes para calcular el centro de gravedad de una figura”. [4] Sobre la teoría del movimiento, aclaró la trayectoria de los proyectiles que “siguen, en el vacío, trayectorias parabólicas”. Hasta entonces, esta teoría se explicaba con la teoría del movimiento aristotélica que decía que “todo lo que se mueve lo mueve otra cosa”. Cuando le llegó la noticia de la invención de un instrumento que permitía aproximar el campo visual, no dudó en hacerse con él, y lo mejoró hasta pasar de los 8 aumentos iniciales, a 20 aumentos. A partir de entonces, Galileo no dejó de enfocar su telescopio hacia las estrellas. A sus 46 años, la fama de Galileo era universal, era el matemático del dux (Cosme II de Médici) y, con su telescopio, era capaz de demostrar aquello que había teorizado Copérnico, el sistema heliocéntrico.

En 12 de marzo de 1610, Galileo publicó sus primeros resultados en forma de revista monográfica. En “Gaceta Sideral” (Sidereus Nuncios), el astrónomo detallaba sus observaciones sobre las manchas solares, que no eran permanentes. Sobre las montañas y los valles de la Luna, y sobre las fases de Venus, “que probaban que giraba en torno al Sol y no a la Tierra”. También trata de las nebulosas y de la vía Láctea, y sobre los 4 planetas que gravitan alrededor de Júpiter. A estos 4 nuevos planetas, Galileo les llamó “Planetas Mediceos”, en honor al dux, su protector y mecenas. Galileo fue nombrado Matemático y Filósofo del Gran Duque de la Toscana. Poco después, la comunidad de los Linces, formada por los miembros de la Academia Nacional de las Ciencias Italianas, le admitió en su comunidad.

Sus observaciones significaban que los cuerpos celestes no eran inmutables, ni perfectos, y que los cuatro planetas que giraban alrededor de Júpiter explicaban el carácter planetario de la Tierra y la Luna. Llegaban duras críticas a sus propuestas, porque la Tierra dejaba de ser el centro del Universo, y porque las Sagradas Escrituras decían lo contrario, y la verdad sólo se encontraba en Ellas. En 1611, Galileo viajó a Roma para demostrar al padre Clavius, una eminencia en astronomía y uno de los artífices del calendario Gregoriano, “la existencia de montañas en la luna”. Los relieves lunares evidenciaban que no era ninguna esfera perfecta, como tampoco lo eran las de los demás planetas. Clavius, defensor de la teoría geocentrista, tras mirar a través del telescopio, aceptó las observaciones del científico. No todos los que fueron invitados a mirar al telescopio lo hicieron, muchos se negaban a participar de aquella farsa, o herejía.

Heliocentrismo y Biblia

Había dado comienzo la discusión filosófica sobre sus observaciones y sus nuevas teorías. Ante las críticas y acusaciones, Galileo defendía abiertamente la doctrina copernicana del heliocentrismo. Además, argüía, que para sus conclusiones había utilizado un riguroso método científico, basado en “observaciones celestes, sobre experiencias sensibles y sobre comprobaciones de efectos naturales”. [5] Eran fieles a la realidad observada.

Aquellas ideas suponían, para muchos, un ataque a los cimientos de la concepción aristotélica del mundo, y que hasta Copérnico no habían sido zarandeados, pero que ahora iban a ser derruidos. Eso equivalía a “caos”, consideraban los aristotélicos. Aquello suponía “trastocar los hábitos de pensamiento”, y alejar “a los hombres de la fe ciega en la autoridad y en la tradición”, considera el Catedrático de Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista de la UNED, Moisés González. [6]. Pero Galileo defendía que el objetivo y naturaleza de la ciencia era avanzar en el conocimiento científico, y que nada tenía que ver la ciencia astronómica con el pensamiento religioso. No era una cuestión de fe. Pero no creían en sus palabras, el Sol no se movía, le decían, así está escrito en la Biblia. Josué había detenido el Sol gracias a Yavé (ver Libro de Josué, X, 12-13). Y aquella era una verdad absoluta, lo decía las Escrituras. Galileo, en una carta a su discípulo, Castelli, le escribe: “este pasaje (el de Josué) demuestra palpablemente la falsedad e imposibilidad del sistema aristotélico y ptolemaico, y por el contrario, se ajusta perfectamente al sistema copernicano” (lo demuestra en Carta a D. Benedetto Castelli, 1613). Galileo contestaba a todos con firmeza, porque tenía la verdad de su lado y porque gozaba de la protección académica, pero, sobre todo, de la amistad del nuevo papa, Urbano VIII (de 1623 a 1644). La comunidad de los Linces celebraba el apoyo público que hizo el papa al declararse “protector de las ciencias”.

Pero, lo que empezó como una discusión filosófica acabó siendo “un conflicto con los teólogos”, puesto que en “algunos pasajes bíblicos tomados literalmente se oponían a la teoría heliocéntrica” (Introducción a Carta a Cristina Lorena, de M. González). ¿Quién decía la verdad entonces, las Sagradas Escrituras o Galileo Galilei? El astrónomo no dudaba de la veracidad de la Escrituras, pero le parecía gravísimo que se utilizasen argumentos teológicos para atacar a la ciencia. Para muchos, sus descubrimientos suponían “una nueva interpretación de la Biblia”, y la discusión continuó hasta 1616. En 1615, el asunto ya estaba en manos del Santo Oficio que se ocupaba de las acusaciones de herejía hechas a Galilei. Algunos curas desde el púlpito empezaron a criticar las palabras de Copérnico y las de Galilei. El fraile dominico, Niccolò Lorini le denunció ante el Santo Oficio, por herejía y poco respeto hacia los padres de la Iglesia. Otro clérigo condenó la matemática de “arte diabólico”. Viendo el peligro que se cernía sobre sus descubrimientos, la verdad y su libertad, Galileo decidió escribir a la madre del gran duque, Cristina de Lorena (1615), pues supo de su defensa acérrima al sistema geocéntrico (aristotélico). Con esta carta, Galileo quería evitar la condena de las ideas de Copérnico, y las suyas, por supuesto. También defendía la libertad de la ciencia frente a la teología. El científico insistía en que Biblia y Ciencia no eran incompatibles, ya que “la intención del Espíritu Santo es enseñarnos cómo se va al cielo, no cómo funciona el cielo”. (Galileo Galilei, Carta a Cristina de Lorena). Si la ciencia obligase a cambiar el sentido literal de las escrituras bastaría con reinterpretarlo, sólo se debía a la ignorancia el que no hubiese sido entendido de otra forma, aseguraba Galileo.

El Santo Oficio

El cardenal Bellarmino (1542-1621), “consultor del Santo Oficio”, y que años atrás había condenado a Giordano Bruno a la hoguera por hereje, tras mirar a través del telescopio quiso evitar la confrontación final de la ciencia con la Iglesia. Aquella realidad no iba ser fácilmente aceptada. Para evitar el conflicto, propuso que se considerase al sistema copernicano como una hipótesis, sólo eso. Galileo no aceptó. El 24 de febrero de 1616, Galileo fue convocado ante el Santo Oficio, presidido por el cardenal Bellarmino. Sus buenos contactos evitaron su condena. Sin embargo, debería guardar silencio sobre los asuntos tratados, so pena de encarcelamiento. Galileo aceptó, pero aquello era una censura a la mismísima ciencia, y no tardó mucho en seguir escribiendo para defender, teológica y científicamente, la teoría heliocéntrica.

El 5 de marzo se publicó el edicto. Quedaron “prohibidas provisionalmente” dos obras, Comentarios sobre Job, de Diego de Zúñiga (1584). Y, De las revoluciones de los orbes celestes de Copérnico (1543), libro republicado en 1620, pero con la condición de que se reconociera en su sentido hipotético. Fue corregido con ese propósito. Otros libros pro-heliocentristas fueron condenados. Galileo rogó a Bellarmino que hiciese pública y por escrito, su inocencia. El cardenal escribió: “solamente se le ha comunicado la declaración hecha por el Santo Padre”, que por ser contrarias a las Escrituras las hipótesis de Copérnico “no se las puede defender ni mantener” (Galileo Galilei, Opere, XIX).

Galileo, ante los ataques continuos al heliocentrismo, dirigió de nuevo sus cartas a importantes personajes. Estas cartas están consideradas como “un referente” de la obra científica y filosófica de Galileo Galilei, afirma M. González.

La condena del 1633

Si bien, Galileo contaba con el apoyo del papa Urbano, este se rompió tras la publicación de su obra Diálogo… sobre los dos sistemas máximos del mundo, el ptolemaico y el copernicano, que propone de manera neutral las razones filosóficas y naturales, tanto de un sistema como del otro (1632). En septiembre, el gran astrónomo volvió a ser convocado por el Santo Oficio que le interrogó acerca de este diálogo. [5] En esta obra sus personajes: Salviati, que representa las tesis de Galileo y las ideas copernicanas, se enfrenta dialécticamente a Simplicio, defensor de la tradición aristotelicoptolemaica, ambos moderados por el filósofo Sagredo. El 27 de junio de 1633, Galileo escuchó su sentencia, era culpable de herejía y estaba obligado a abjurar de sus palabras. También, se le acusó de “meterse a teólogo”, de tratar sobre temas que sólo los teólogos podían tratar, y de interpretar las Escrituras a su gusto. “Eppur, si muove! (Y sin embargo se mueve)”, dijo al final de la sentencia, Galileo Galilei. [7] La sentencia le condenó a prisión perpetua, al abjurar, Galileo vivió recluido en su casa de por vida. Vivió, hasta su muerte en 1642, confinado en una villa en Florencia.

La revolución científica iniciada durante el siglo XVI cambió el papel de la ciencia en la sociedad. Galileo luchó contra las ideas conservadoras del escolasticismo, y defendió con argumentos irrefutables, la doctrina de Copérnico. Mantuvo con la iglesia católica un duro enfrentamiento verbal entre religión y ciencia, pero no pudo vencer al sistema. La Iglesia reconoció la certeza de sus teorías a finales del siglo XX. En 1992, el papa Juan Pablo II (1920-2005) pidió perdón en nombre de la Iglesia católica. En la siguiente página: http://www.vatican.va/beatificazione_gp2/documents/pontificato_gp2_sp.html, la web oficial de la Santa Sede, aparece con fecha 31 de octubre de 1992: “Audiencia a la Academia Pontificia de Ciencias y presentación al Santo Padre de las conclusiones de la “Comisión para el estudio de la controversia ptolemaico-copernicana”, instituida por Juan Pablo II el 3 de junio de 1981 para “responder a las expectativas del mundo de la ciencia y de la cultura respecto al caso Galileo Galilei”.

 

 

Notas

[1] Charles Van Doren, Breve historia del saber, la cultura al alcance de todos, 1991.

[2] Bruno, del libro Ocho filósofos del Renacimiento italiano, de Paul Oskar Kristeller, p.169.

[3] Wikipedia, Tycho Brahe: http://es.wikipedia.org/wiki/Tycho_Brahe.

[4] UB Barcelona – Col.leció d’applets de Física – Galileo: http://www.ecm.ub.es/team/Historia/galileo/biografia.html

[5] Carta a Monseñor Piero Dini, 23/3/1615, en el libro Carta a Cristina de Lorena, Galileo Galilei, Alianza Editorial, 2006.

[6] En su Introducción a las cartas de Galileo recogidas en la obra, Galileo Galilei, Carta a Cristina de Lorena, Alianza Editorial, 2006.

[7] Wikipedia: “Giuseppe Baretti afirmó que después de la abjuración Galileo dijo la famosa frase”.

 

Bibliografía

  1. García Doncel, Manuel; Història del pensament I, Capítol 6, El nou pensament científic, © Universitat Oberta de Catalunya, P1/00386.
  2. Galilei, Galileo (1615); Carta a Cristina de Lorena, Introducción de Moisés González García. Historia de la Ciencia, Alianza Editorial, S.A., Madrid, 2006.
  3. Galileo Galilei; La gaceta sideral y Johannes Kepler, Conversación con el mensajero sideral. Introducción de Ignacio Solís Santos. Historia de la Ciencia, Alianza Editorial, S.A., Madrid, 2007.
  4. Oskar Kristeller, Paul (1964); Ocho filósofos del Renacimiento italiano, Breviarios, Fondo de Cultura Económica de España, S.L., Madrid, 1996.
  5. Van Doren, Charles (1991); Breve historia del saber, la cultura al alcance de todos, Editorial Planeta, S.A., Barcelona, 4ª edición, 2006.
  6. Valverde, José Mª (1980); Vida y muerte de las ideas. Pequeña historia del pensamiento occidental. Colección Ensayo, Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 3ª edición, 1982.
  7. Barcelona – Col.leció d’applets de Física – Galileo http://www.ecm.ub.es/team/Historia/galileo/biografia.html

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About Pilar Mur López

Nacida en Barcelona (1961). Diplomada en Magisterio y Licenciada en Humanidades por la UOC en febrero 2011. Experiencia laboral: administración, profesora de ofimática y contable. Idiomas: castellano (lengua materna), francés (Liceo Francés de Barcelona), catalán (nivel C) e inglés (First Certificate). Actualmente soy secretaria de la Associació de Diabètics de Catalunya delegació Barcelona.

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