La filosofía política durante el Renacimiento (2ª Parte) – Tomás Moro (1478-1535)

En la pintura de Holbein vemos a Tomás Moro “envuelto en una capa de piel sobre la cual la rosa de los Tudor une las rejillas de Lancaster, brillando con su gran collar (…) Viste un traje rojo, el de Juez del Consejo Privado del Rey”. (Louis Bouyer, Tomás Moro, humanista y Mártir, p. 14).

 

 

A principios del siglo XVI, la sociedad europea estaba en crisis. Muchas eran las críticas contra los dos grandes poderes, el terrenal y el espiritual. Los estados europeos estaban en constantes guerra. Y, en contra de los abusos de la Iglesia, un monje alemán colgó, sus 95 tesis, de la puerta de la iglesia del Palacio de Wittenberg. En estas tesis, criticaba a la Iglesia por su alejamiento de las palabras del Evangelio, y por su enriquecimiento por medio de las “indulgencias”. A cambio de una suma de dinero, se liberaba al pecador del purgatorio, o de ciertos castigos terrenales. La Iglesia también recaudaba dinero gracias al negocio de las “reliquias milagrosas”, trocitos del cuerpo de un santo(a) que eran objeto de veneración y de negocio.

A raíz de la publicación de las 95 tesis escritas por Martín Lutero (1483-1546), fueron muchos los que se pusieron del lado del fraile agustino nacido en Eisleben, Alemania. La intervención de este teólogo alemán cambió las bases cristianas de muchos europeos. El luteranismo fue el origen de un gran cambio, no sólo espiritual, sino también político y social. La supremacía de la Iglesia católica fue poco a poco perdiendo adeptos y, por lo tanto, su enorme poder. Su poder lo defendió, y justificó, el protagonista de este artículo, el inglés Tomás Moro (1478-1535). Fue tal su defensa del catolicismo que Moro llegó, incluso, a perder la cabeza. La revuelta creció lentamente en Inglaterra, y la Reforma fue ineludible.

 

“Un hombre para todo momento” (Erasmo)

 

El humanista Tomás Moro (Thomas More) nació en Londres en 1478. Desde su juventud, junto a su padre, gustaba de leer a los clásicos y debatir sobre temas teológicos. Cuando cumplió los doce años, Moro entró a trabajar al servicio de cardenal John Morton, arzobispo de Canterbury y Gran Canciller de Inglaterra, de quien se dice que también simpatizaba con los humanistas. Poco después, el joven Moro fue enviado a Oxford para estudiar derecho. Allí estuvo en contacto con los principales humanistas ingleses, Thomas Linacre, Willian Grocyn y John Colet. Moro que pronto formó parte del grupo de humanistas ingleses educados en Oxford, amplió sus conocimientos humanísticos gracias a la lectura de las obras renacentistas italianas. Todas ellas influyeron y enriquecieron a Moro pero, sobre todas, lo hizo “El discurso sobre la dignidad del hombre”, la obra cumbre de Pico della Mirandola. Fue tal su impacto en nuestro protagonista que Moro la tradujo al inglés, y poco después escribió otra biografía sobre el autor, Vida de Pico della Mirandola. Moro hizo del joven pensador italiano, “el modelo del hombre moderno” a seguir. [1] Éstos y otros contactos, le animaron a participar, intelectual y formalmente, de la corriente humanista que se propagaba por toda Europa. El multifacético Moro se interesó también por la ciencia y la política, la literatura y la teología.

Era tal su fe que Moro se enclaustró en la Cartuja de Londres, entre 1501 y 1504. No era su intención ingresar en la orden, pero sí que quería satisfacer su deseo de vivir una vida monástica dedicada al estudio, a la contemplación y a la oración. Allí, se dedicó principalmente a la traducción y comentarios de la obra de San Agustín de HiponaLa ciudad de dios. Para Moro, el de Hipona era el ejemplo del pensador cristiano a seguir, ya que sus fundamentos partían de la Biblia y de los clásicos griegos y latinos. Espiritualmente, su educación en la tradición cristiana y humanista, le llevó a considerar necesaria una reforma de la Iglesia que, en su opinión, debía recuperar la sabiduría de los antiguos cristianos, los Padres de la Iglesia. Pero Moro volvió a la vida seglar y a dedicarse a la abogacía.

Decir, también, que Moro se casó dos veces. Con Jane Colt con quien tuvo cuatro hijos: Margaret, Elizabeth, Cicely y John. Y, cuando enviudó en 1511, con Alice Middleton, quien ya tenía una hija, Alice. Su hija mayor, Margaret, estuvo casada con otro letrado, William Roper, el autor de su primera biografía: La vida de Sir Tomás Moro.

 

SU AMIGO, ERASMO DE ROTTERDAM

De entre todos sus amigos destacó el humanista holandés, Erasmo de Rotterdam (1466-1536), a quien conoció durante una estancia del holandés en Oxford. Tras su primer encuentro, creció entre ellos una gran amistad y admiración.

Erasmo, sacerdote agustino, encabezaba un movimiento que pretendía “reformar la Iglesia, sin separarse de ella, con espíritu conciliador”. Porque Erasmo era “un espíritu moderno per no revolucionario”, dijo de él, el catedrático en Filosofía, José Mª Valverde. [2] Sus primeras propuestas fueron las que animaron a Lutero a seguir con su objetivo reformista. Sin embargo, las cartas entre ambos, demuestran que eran muchas las profundas diferencias entre ambos, sobre todo en lo que hacía referencia a la reforma de la Iglesia católica.

Erasmo y Moro defendieron en sus obras el “libre albedrío”. Es decir, que ellos eran los únicos responsables de sus actos, “para bien o para mal”, como proponía San Agustín. Moro llevó hasta sus últimas consecuencias este principio. En 1508, mientras residía en casa de Moro, Erasmo empezó a escribir su famoso libro, Elogio de la Locura (1511), obra que dedicó a su amigo. El humanista inglés colaboró con Erasmo en su redacción, en la parte dedicada a la sabiduría cristiana, escribe el teólogo francés Louis Bouyer. En el prefacio, Erasmo escribió: “En la ausencia, tu recuerdo como ausente me deleitaba tanto como tu presencia en el trato cotidiano contigo como presente, el cual, por mi vida, puedo asegurarte que es lo que me produce más satisfacción en el mundo”. [3]

 

 

UN HOMBRE DE ESTADO

El ascenso social de Tomás Moro se debió a su fama como abogado, a su talante y a su gran humanismo. Era un hombre culto, un gran retórico y, además, tenía un gran sentido del humor, escriben sus biógrafos. El entonces cardenal, Thomas Wolsey (1473-1530), le presentó al rey Enrique VIII (1491-1547) y, en seguida, Moro se convirtió en su tutor y confidente. En 1514, Moro fue nombrado Relator del Consejo de Estado (Master of the Requests). Durante este tiempo, Moro empezó a figurar como miembro destacado de la embajada inglesa. Desde 1518, la familia Moro vivía alejada de la Corte, al otro lado del río Támesis, en Chelsea. Su casa, la describe así, Bouyer, “casi monástica, con biblioteca y capilla”.

El ascenso social de Moro fue imparable. Desde 1509, Moro era miembro del Parlamento y vice-sheriff (Under-Sheriff), cargo que ocupó hasta 1518. Fue nombrado consejero privado (1517); armado caballero y Tesorero de la Real Hacienda (1521); elegido presidente de la Cámara de los Comunes (1523); nombrado Canciller del Ducado de Lancaster (1525); y, finalmente, lord Canciller de Inglaterra (1529). Moro fue el primer seglar que alcanzó este alto cargo del Estado, por encima de él sólo estaba el rey. [4]

 

ANA BOLENA Y LA REFORMA

Esta luna de miel, entre Moro y el monarca inglés, se resintió cuando el rey le reveló su intención de divorciarse de su esposa, la reina consorte Catalina de Aragón (1485-1536), una de las hijas de los Reyes Católicos. [5] Cuando el rey le contó sus intenciones, Moro le mostró su rechazo. Como católico, Moro no veía con buenos ojos el divorcio. Convencido de que pronto cambiaría de opinión, el rey se mostró tolerante ante la oposición de su consejero. El rey quería un hijo para cederle su trono, y estaba convencido de que Dios no se lo había concedido todavía porque vivía en pecado. [6]

Cuando en 1527, Enrique VIII solicitó el divorcio al Papa, empezó un largo enfrentamiento entre ambos, porque el papa se oponía al divorcio del rey con Catalina. Su matrimonio, avalado por una dispensa papal, era totalmente válido. No había motivo alguno para anular su matrimonio. Mientras tanto, en Inglaterra aumentaba el número de reformistas inspirados en las ideas de Lutero. También colaboró a ello, el enfado del rey con el papado, situación que animó a los reformistas a atacar al Vaticano y proponer la separación de Roma. Prueba de ello, es la elección del nuevo arzobispo de Canterbury, el reformista Thomas Cranmer, en 1533. Él fue una de las piezas clave para la consecución de las aspiraciones del monarca inglés, conseguir el divorcio y casarse con Ana Bolena (1501-1536), que le había prometido un hijo suyo. Finalmente, tras largos debates en el clero inglés y en el Consejo real, Enrique VIII obtuvo el suficiente apoyo para romper sus relaciones con la Iglesia de Roma. Se debe tener en cuenta que, Enrique VIII no era reformista. En 1521, el monarca había obtenido del papa el título de “Defensor de la fe”, por su obra “Defensa de los siete sacramentos“. Enrique había defendido la fe católica frente a Lutero pero ahora le tocaba a él repudiar a la Iglesia de Roma, su motivo resultaba un poco caprichoso para muchos. Poco después, Enrique VIII fue excomulgado.

Rota toda relación con el Vaticano, el arzobispo de Canterbury anuló el matrimonio con Catalina, era mayo de 1533. Un mes después, Ana Bolena fue coronada reina de Inglaterra. Sin embargo, tampoco pudo darle al rey un hijo varón. De todos sus embarazos, sólo sobrevivió Elizabeth, la que sería reina de Inglaterra de 1558 a 1603. Sería la última de la dinastía de los Tudor. Como reina consorte tuvo gran influencia en la política y la religiosidad inglesa, pero murió pronto, condenada por el rey a ser decapitada.

En 1534, apoyado por el clero inglés y el Parlamento, Enrique VIII se autoproclamó cabeza de la nueva Iglesia de Inglaterra. Se negó entonces cualquier “jurisdicción del papa sobre el reino” de Inglaterra. La situación de Tomás Moro en la corte “se hizo extraña”, así que decidió, además de por motivos de salud, dimitir de su cargo. El rey aceptó su dimisión. Él seguía defendiendo los principios católicos y no estaba a favor ni del divorcio ni de la suplantación, o división, de la figura papal. A pesar del peligro que suponía su postura, Moro “prefería perder la cabeza antes que la virtud”, escribió William Roper en su biografía.

Cuando en abril de 1535, le tocó el turno a Moro para prestar juramento al acta de sucesión, “a favor de los nuevos hijos que tuvieran Enrique VIII y Ana Bolena”, Moro se negó. El texto del acta “mezclaba la causa de la sucesión con la aceptación formal del cisma” (Bouyer, p. 63). En el texto constaba “el rechazo de la jurisdicción papal” y el “reconocimiento del rey como único jefe de la Iglesia de Inglaterra” (Bouyer, p. 59). Moro no podía jurar, iba contra su conciencia. Su rechazo a prestar juramento le costó la libertad, como prisionero fue llevado a la Torre de Londres. La condena real estaba poniendo a prueba la conciencia de Moro, la cárcel le haría cambiar de idea.

Álvaro Silva ha recopilado las últimas cartas que Tomás Moro escribió desde su casa, y desde su celda en la Torre. [7] Hay muchas dirigidas a su hija Margaret, otras a amigos y a hombres de Estado, incluso una para el monarca. En las cartas que le escribieron, le pedían que jurase el Acta de Supremacía. La respuesta de Moro era siempre la misma: “No”. Él amaba a su rey, y era su humilde servidor, pero eso no podía jurarlo, iba contra sus principios. En una carta a Thomas Cronwell, desde Chelsea, le pedía que le diera el nombre de aquél que le difamaba para poder “resolver el asunto con esa persona”. (Carta 6, p. 65). Desde la Torre de Londres, donde vivía recluido, escribía a los suyos para prepararles para lo peor.

A pesar de todos los interrogatorios y de las visitas de los miembros del Consejo real, Moro seguía negándose a jurar contra su conciencia. En su defensa, Moro les explicaba que el rey sabía de su opinión al respecto, y que “su graciosa majestad” sólo le pidió discreción para que no divulgase sus ideas. Ni siquiera las visitas de su hija mayor, o de su esposa, pudieron hacerle cambiar de postura. Para aumentar su castigo, meses después le privaron de todo aquello que le aportaba satisfacción, la pluma, el papel, y los libros. En las cartas que escribió durante su encarcelamiento, Moro se mostraba feliz de poder llevar una vida monástica. Su celda era “un buen lugar” para dedicar su tiempo “a tareas intelectuales y a Dios”, escribió Moro.

Cuando se le juzgó en Westminster, en su defensa, Moro, alegó que el poder temporal estaba por debajo del poder espiritual. Dijo: “No estoy obligado a conformar mi conciencia al concilio de un solo reino contra el concilio en general de la cristiandad” (Bouyer, p. 76). Se aportaron falsas acusaciones y el jurado, compuesto por hombres fieles al nuevo canciller, el reformista Thomas Cronwell, redactó el veredicto de culpabilidad. Tomás Moro fue sentenciado culpable de alta traición. Cronwell firmó su sentencia de muerte. Una semana después, el 6 de julio 1535, Tomás Moro murió decapitado. Frente a su verdugo, Moro reafirmó a los asistentes que “moría en y por la fe católica”. Poco antes, toda su familia ya había prestado juramento.

 

SU OBRA UTOPÍA (1516)

Para superar la crisis de la sociedad inglesa, y europea en general, Tomás Moro sugirió la sociedad ideal en su obra Utopía. En la edición de 1518, se incluyó un prólogo de Erasmo.

Basándose en La República de Platón, Tomás Moro escribió su obra más famosa, Utopía. [8] Dividió el libro en dos partes. En la primera, Moro exponía sus críticas a la situación social y política de Inglaterra. En la segunda, describía la organización de un Estado situado en la imaginaria isla de Utopía. Hitlodeu, un navegante que había vivido allí durante cinco años, explica cómo es la vida en la isla. En Utopía la gente era feliz, porque allí no existía la propiedad privada, tampoco el dinero. Aquel era un mundo que escapaba a la crisis porque todos sus ciudadanos eran iguales. A los “utopianos” les unía el interés general en repartir entre ellos “los bienes de consumo”. Es fácil comprender por qué muchos consideran a Tomás Moro como el ícono del pre-comunismo.

Moro esbozó en ella, una guía práctica para encontrar soluciones a los problemas cotidianos. El autor, que participaba en el diálogo que desarrolla en la obra, consideraba absurdo creer que el dinero y la propiedad privada generasen una ambición desmesurada, y dudaba que se pudiese “vivir convenientemente” en un lugar donde todo era común. Así, Moro consigue implicar al lector, porque le obliga a pensar si es, o no, coherente la propuesta que se hace en Utopía. Sus reflexiones versaban sobre la forma de organización política que debía facilitar, a través del estado, el desarrollo feliz del ser humano.

En contra de lo que Maquiavelo afirmaba en su obra El Príncipe, en donde describía la guerra como un instrumento noble, Moro la consideraba algo abominable. En contra de la opinión de Maquiavelo que consideraba que los mercenarios eran una de las causas de los fracasos bélicos, Moro los apoyó en Utopía, lugar en donde no se quería hacer la guerra. Sus habitantes incluso organizaban sobornos para evitarla. Moro estaba convencido de que la felicidad terrena era posible, si se retornaba a la “sencillez” predicada en los evangelios. La intención real de Tomas Moro era moralizar sobre el hecho político, y formular cuáles eran los deberes que el hombre debía cumplir a nivel particular (moral) y colectivo (política).

Moro también escribió una historiografía, Historia del rey Ricardo III (1513), obra en la que se basó Shakespeare para escribir el drama que lleva el mismo nombre, escribe Pedro R. Santidrián. Pero la mayoría de sus obras son apologéticas, es decir, que tratan “sobre la verdad de la religión católica”. En ellas, Moro escribía contra las doctrinas de los “nuevos hombres”, así llamaban a los reformistas.

Sir Tomás Moro ha sido venerado por su labor como jurista, por ser un hombre justo. Pero, a pesar de la afirmación que hace en sus cartas: “No me entrometo en las conciencias de quienes piensan de otro modo”, Moro también juzgó la conciencia de algunos “pioneros del protestantismo” inglés, y dictó su pena de muerte en la hoguera. Según Bouyer, tras su investigación, observó que “durante la cancillería de Moro tuvieron lugar 4 ejecuciones entre los años 30 y 31”. En la carta que escribe a su amigo Johannes Cochlaeus desde Chelsea (1532), le comunica su dicha por el ajusticiamiento de algunos “salvajes de la fe cristiana”. Algunos contemporáneos, dijeron de él que había llevado a cabo una “persecución sangrienta” de los herejes y que era “víctima de una reacción de buen sentido del príncipe” (Bouyer, p. 85). En su defensa, decir que no sólo defendió el libre albedrío, sino que también luchó porque las mujeres tuviesen el mismo acceso a la cultura que los hombres.

Por su defensa a ultranza del catolicismo, Tomás Moro fue beatificado en 1886, y luego canonizado en 1935. Tomás Moro es para muchos “el paradigma del perfecto católico”, afirma Bouyer. Para el teólogo, Álvaro Silva, el mérito de Moro radica “en la superación del temor natural al poderoso (…) para no ir en contra de la propia conciencia” (Silva, p. 37). Fue “una simple víctima del dogmatismo teológico medieval”, añade Silva.

 

A continuación, algunas frases de Tomás Moro extraídas de sus Últimas cartas, 1532-1535.

A Erasmo, carta nº 3, Chelsea, junio 1533:

Le escribe el contenido de su Epitafio:

“Aquí yace Joan, la amada esposa de Moro. Yo, Tomás, quiero que sea también la tumba de Alice y la mía. Una de estas mujeres, unida a mí en los años de nuestra juventud, me dio un niño y tres niñas que me llaman padre. La otra ha sido una mujer tan dedicada a sus hijastros como si fueran hijos suyos, cualidad muy rara en una madrastra. Una pasó su vida a mi lado y la otra aún vive conmigo, de tal manera que no puedo decidir cuál de las dos es más amada. ¡Qué felices hubiéramos vivido los tres si el destino y la religión lo hubieran permitido! Rezo para que la tumba y el cielo nos unan. La muerte nos dará lo que la vida no pudo”.

 

Al rey Enrique VIII, carta nº 10, Chelsea, marzo 1534:

“Soy en este momento vuestro verdadero servidor, lo he sido siempre y lo seré hasta que muera”, escribe al rey.

 

A su hija Margaret (Meg), carta nº 12, Torre de Londres, abril 1534:

Moro le afirma que su postura es “fruto de (…) una decisión de su conciencia tomada tras largo y serio estudio de la evidencia”. Moro añade: “este era uno de los casos en los que estaba obligado a no obedecer al rey”.

 

De Meg a su hermana Alice, carta nº 18, Torre de Londres, agosto 1534:

Le dice Meg a su padre: “el juramento está también hecho por una ley hecha por el Parlamento, piensan que eres tú quién está obligado”. Moro le contesta: “ningún hombre está obligado a jurar que toda ley está bien hecha”.

 

A Stephen Leder, el vicario de Ware, carta nº 25, Torre de Londres, enero 1535:

“Lo que hago no es por obstinación, sino por la salvación de mi alma”.

 

A Meg, carta nº 30, Torre de Londres, 5 de julio de 1535:

“Es la víspera de Santo Tomás y (…) la octava de San Pedro, y por eso anhelo que sea mañana el día en que vaya a Dios. Sería una fecha muy oportuna y conveniente para mí”. Así fue.

 

 

NOTAS

[1] Pedro Rodríguez Santidrían, en la Introducción de Utopía, Ciencia Política, Alianza Editorial, Nota nº5, pág. 32.

La primera biografía de Pico della Mirandola la escribió su sobrino, Gian Francesco.

[2] José Mª Valverde en su libro Vida y Muerte de las Ideas, pág. 94.

[3] Erasmo de Rotterdam, Prefacio de Elogio de la Locura (1508), pág. 49.

[4] Para la consulta on-line de la Vida de Tomás Moro (1994), archivo PDF de la Unesco http://www.ibe.unesco.org/fileadmin/user_upload/archive/publications/ThinkersPdf/moros.PDF).

[5] En 1501, Catalina de Aragón llegó a Londres para casarse con el príncipe Arturo de Gales, como así estaba establecido. Un año más tarde, el príncipe murió de fiebres. Las monarquías, inglesa y española, mantuvieron su alianza y convinieron en casar a Enrique VIII con Catalina. Para conseguir la nulidad matrimonial, Catalina tuvo que jurar que era virgen. Debido a la mala salud del príncipe, alegó, nunca consumaron su matrimonio. Enrique VIII, rey de Inglaterra y Señor de Irlanda, desde mayo de 1509, se casó un mes después con Catalina.

[6] Enrique VIII creía que la causa de su desdicha estaba escrita en la Biblia: “La desnudez de la mujer de tu hermano no descubrirás; la desnudez de tu hermano es” (Levítico, capítulo XVIII, versículo XVI). Y lo interpretó como incesto.

[7] Álvaro Silva, Tomás Moro. Últimas cartas (1532-1535), Editorial Acantilado, 2010.

[8] La palabra “utopía” la inventó Moro, indicaba un lugar que no existía.

 

BIBLIOGRAFÍA

Foto de Tomás Moro en Wikipedia http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Hans_Holbein_d._J._065.jpg

Bouyer, Louis Tomás Moro, Humanista y Mártir, Ediciones Encuentro, S.A., Madrid, 2009.

Moro, Tomás (1516) Utopía. Introducción, traducción y notas de Pedro Rodríguez Santidrián. Alianza Editorial, S.A., Ciencia política, Madrid, 2004.

Rotterdam, Erasmo Elogio de la Locura, Editorial Espasa Calpe, S.A., Colección Austral, Barcelona, 2005.

Silva, Álvaro Tomás Moro. Últimas cartas (1532-1535), Editorial Acantilado, Barcelona, 2010.

Valverde, José Mª (1980) Vida y muerte de las ideas. Pequeña historia del pensamiento occidental. Colección Ensayo, Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 3ª edición, 1982.

Van Doren, Charles (1991) Breve historia del saber, la cultura al alcance de todos, Editorial Planeta, S.A., Barcelona, 4ª edición, 2006.

THE HISTORY OF PARLIAMENT – Thomas More http://www.histparl.ac.uk/thomas-more.html.

UNESCO – La vida de Tomás Moro, de Keith Watson, 1994. http://www.ibe.unesco.org/fileadmin/user_upload/archive/publications/ThinkersPdf/moros.PDF

FILMOGRAFÍA

Película: Un hombre para la eternidad (A man for all seasons). Dirigida por Fred Zinnemann, 1966 y escrita por Robert Bolt.

TV Series: Los Tudor (The Tudor), 2007. Primera y Segunda Temporada.

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About Pilar Mur López

Nacida en Barcelona (1961). Diplomada en Magisterio y Licenciada en Humanidades por la UOC en febrero 2011. Experiencia laboral: administración, profesora de ofimática y contable. Idiomas: castellano (lengua materna), francés (Liceo Francés de Barcelona), catalán (nivel C) e inglés (First Certificate). Actualmente soy secretaria de la Associació de Diabètics de Catalunya delegació Barcelona.

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