Las Furias, de torturadoras a víctimas

A causa de la reciente inauguración de la exposición “Las furias. De Tiziano a Ribera” en el Museo Nacional del Prado (ENLACE) parece conveniente dedicar unas líneas a las Furias. Enfocaremos este trabajo desde el punto de vista mitológico.

El nombre de Furias era empleado por los antiguos romanos para designar a unos espíritus infernales, que fueron identificados, ya en fecha temprana, con las Erinias griegas. Éstas, al principio, eran diosas de la venganza que perseguían y acosaban a los criminales, sobre todo a parricidas y otros asesinos de sus propios familiares; más tarde, probablemente a partir de la descripción de la Eneida (VI 571 ss.), se convirtieron en torturadoras en los infiernos, donde atormentaban a sus víctimas con teas, serpientes y látigos. No obstante, con relación al arte del XVI y XVII el término pasa a tener otro sentido, pues no designa a estas torturadoras, sino a cuatro personajes castigados en el inframundo (Ticio, Tántalo, Sísifo e Ixión). Este grupo temático surgió en 1548 a raíz de un encargo de María de Hungría, hermana de Carlos V, a Tiziano, que plasmó los sufrimientos de los cuatro en sendos lienzos. Los personajes representados en estos cuadros eran un trasunto de los príncipes germanos que se habían sublevado el año anterior y habían sido sometidos por el emperador en la batalla de Mühlberg.

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Empecemos por Ticio, el personaje más representado en la exposición con ocho piezas, algunos de cuyos autores son Miguel Ángel, Tiziano o José de Ribera. Ticio fue un gigante que nació de la tierra, donde su padre Zeus había enterrado a su madre Elara, para mantenerla a salvo de los celos de Hera. Cuando Ticio hubo crecido (y creció mucho, pues su cuerpo ocupaba tendido nueve yugadas), la envidiosa Hera lo indujo a violar a Leto, que por aquel entonces era la amante de Zeus. Pero Zeus evitó semejante acto criminal fulminándolo con su rayo. Según otras fuentes, Ticio fue muerto por las flechas de Apolo y Ártemis, los hijos de Leto y Zeus. Fuera como fuese, Ticio pasó a peor vida y sufre castigo a perpetuidad en el Hades, donde dos buitres o dos águilas devoran su corazón o su hígado, que crece sin cesar. Con todo, aún tuvo Ticio tiempo de engendrar una hija llamada Europa, que no debe ser confundida con la amante de Zeus.1

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Por su parte, sendos lienzos de Tiziano y de Antonio Zanchi representan las penas de Sísifo. Las narraciones mitológicas relativas a este segundo protagonista parecen inagotables, así que únicamente nos ocuparemos de los relatos que guardan relación con el castigo eterno que sufrió: fue condenado a empujar una roca hasta la cima de una montaña, pero cuando llegaba arriba o estaba a punto de conseguir su objetivo, la roca caía por la pendiente y Sísifo tenía que volver a empezar. Esta condena estaba relacionada con el hecho de que había seducido a su sobrina Tiro, cuyos hijos, según un oráculo, habían de causar la muerte de Salmoneo (hermano de Sísifo y padre de Tiro); esta versión procede de un texto mal conservado de Higino (Fab. 60), tal vez procedente del argumento de alguna tragedia griega.

Otros autores cuentan que Sísifo fue castigado por Zeus. El caso es que este dios, acompañado por la ninfa Egina a la que había raptado, pasó por Corinto, ciudad fundada por Sísifo. Más tarde, el dios río Asopo, padre de la joven, llegó a la ciudad buscando a la desaparecida. Sísifo brindó su ayuda a Asopo a cambio de que éste hiciera brotar una fuente en la población. Pero Zeus, al verse descubierto, envió contra Sísifo a Tánato, la muerte personificada. Sísifo engañó a Tánato y lo encerró en una mazmorra cubierto de cadenas. Como nadie murió durante mucho tiempo, Zeus intervino directamente y liberó a Tánato, que mató sin más dilación a Sísifo. Sin embargo, éste había dejado a su esposa Mérope la orden tajante de que bajo ningún concepto enterrase su cadáver. Ante las quejas del difunto Sísifo, el dios Hades lo dejó salir, para que castigase a Mérope. Pero una vez fuera del inframundo, ya no volvió, hasta que la muerte lo cogió desprevenido muchos años más tarde.

A su vez, Ixión protagoniza cuatro piezas de la exposición (óleos de Cornelisz van Haarlem, de José de Ribera y Giovanni Battista Langetti, así como un grabado de Heindrick Goltzius a partir de un lienzo de Cornelisz van Haarlem). Este personaje (hijo de Perimele y de Flegias, rey de los lapitas, o, según otros, de Ares u otro padre) tiene un curioso historial delictivo. Resulta que Ixión, después de dar muerte a su suegro Deyoneo para evitar pagarle, aunque lo había prometido, por la mano de su hija Día, fue perseguido por las Erinias, hasta que fue purificado por Zeus. Pero Ixión intentó forzar a Hera. Para castigarlo haciendo que cumpliese sus propósitos, la misma Hera (o, en otras versiones, Zeus) creó de una nube un ser con su misma apariencia. A este nuevo personaje, llamado Néfele (es decir, “Nube”), se unió Ixión y engendró a Centauro o a todos los centauros. Zeus, sabedor de lo ocurrido, torturó cruelmente al violador, lo ató a una rueda encendida que no dejaba de girar y lo arrojó desde la cumbre del Olimpo a las profundidades de los infiernos, donde cumple condena. Pero aún hay algunos autores que cuentan que Ixión tuvo tiempo de engendrar un hijo de Día, el famoso Pirítoo.

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Finalmente, también Tántalo está representado en la exposición con sendos lienzos de Giovanni Battista Langetti y de Gioacchino Assereto, además de dos grabados. Tántalo sufrió en el reino de Hades una condena eterna por sus crímenes: se hallaba con el agua al cuello en una laguna a la sombra de unos árboles frutales; pero cuando tenía hambre o sed, agua y frutas se ponían fuera de su alcance. Según otra versión, una roca estaba colgada sobre él, con riesgo inminente de caer.

Sobre la causa de este castigo se encuentran diversas narraciones. La más conocida de todas relata que Tántalo puso a prueba la clarividencia de los dioses. Invitó a los olímpicos a un banquete en el que sirvió como plato principal a su propio hijo Pélope. Los dioses, excepto Deméter, que sufría por la desaparición de su hija Perséfone, se abstuvieron de probar aquella comida y resucitaron a Pélope, sustituyendo por una pieza de marfil el hombro que había comido Deméter.

Otras versiones acusan a Tántalo de haber repartido entre sus amigos néctar y ambrosía robados a los dioses. Aunque hay quienes cuentan que había descubierto a los humanos secretos de los que los dioses habían hablado ante él, puesto que gozaba del favor de las divinidades y solía ser invitado a sus banquetes. También se dice que había cometido perjurio ante Hermes, cuando juró no saber nada del perro de oro de Zeus que Pandáreo había robado y encargado a Tántalo que lo ocultase. En este caso, Zeus castigó a Tántalo enterrándolo bajo el monte Sípilo; también existe una versión en la cual Tántalo es el ladrón y Pandáreo el perjuro. Asimismo, se cuenta que había negado la naturaleza divina del Sol y había sostenido que era una bola de fuego. Otros autores vinculan su castigo con su participación en el rapto del bello Ganímedes.

La exposición del Museo del Prado reúne además algunas obras que no representan a las Furias sino a otros personajes de la mitología que tienen algo en común con ellos, especialmente desde el punto de vista artístico. El titán Prometeo (con cinco óleos en la muestra, obras entre otros de Pedro Pablo Rubens y Frans Snyders o de Luca Giordano) sufrió un castigo parecido al de Ticio, aunque sólo por cuatrocientos años: fue encadenado en vida en el monte Cáucaso, donde un águila le devoraba de día el hígado, que volvía a crecer durante la noche. Pero Prometeo fue liberado, antes de haber acabado de cumplir su condena, por Heracles a cambio de revelar a Zeus una información que sólo él sabía.

También las caídas de Faetón e Ícaro aparecen plasmadas en sendos grabados de Heindrick Goltzius a partir de óleos de Cornelisz van Haarlem. No se trata de personajes castigados, sino que la causa de su caída y muerte radica en sus erróneas elecciones. El Sol, después de haber jurado a Faetón que le concedería cualquier deseo para demostrarle su paternidad, se vio obligado a dejar a Faetón conducir su carro. A pesar de las instrucciones recibidas, el joven no fue capaz de dominar el carro y Zeus acabó con él fulminándolo con un rayo.

Por su parte, Ícaro desoyó las instrucciones de su padre Dédalo y se acercó excesivamente al sol; de este modo, se fundió la cera de las alas que ellos dos habían fabricado con plumas para huir volando de la isla de Creta, de donde Minos no les permitía salir. De este modo, Ícaro murió precipitándose al mar por su temeridad.

Y por fin, se expone una copia del famoso Laocoonte y sus hijos, escultura helenística de la escuela de Rodas. Este personaje junto con sus hijos fue atacado y muerto por unos monstruos marinos enviados por Posidón,2 prodigio que los troyanos interpretaron como castigo a su negativa a que el famoso caballo de Troya fuese introducido en la ciudad, cuando en realidad se trataba de un castigo por haber yacido con su esposa en el templo de Apolo.

Notas

1. Sobre los personajes llamados Europa, cf. Martínez, Sebastián. “El rapto de Europa I.” Sarasuati: n. p. 29 dec. 2013. Web. (ENLACE).

2. Para estos monstruos, cf. Martínez, Sebastián. “Los monstruos clásicos de ‘Furia de titanes’.” Sarasuati: n. p. 4 jul. 2010. Web (ENLACE).

Bibliografía esencial

Bonnefoy, Yves, ed. Diccionario de las mitologías, vol. II, Grecia. Barcelona: Destino, 1996.

Falcón Martínez, C. Fernández-Galiano, E. y López Melero, R. Diccionario de la mitología clásica 1-2. Madrid: Alianza Editorial, 1980.

García Gual, Carlos. Introducción a la mitología griega. Madrid: Alianza Editorial, 1992.

Graves, Robert. Los mitos griegos 1-2. Madrid: Alianza Editorial, 1985.

Grimal, Pierre. Diccionario de mitología griega y romana. Barcelona: Ed. Paidós, 1984.

—. La mitología griega. Barcelona: Ed. Paidós, 1989.

Ruiz de Elvira, Antonio. Mitología clásica. 2ª ed. Madrid: Editorial Gredos, 1982.

Ilustraciones

1. Sísifo, óleo sobre lienzo de Tiziano (1548), Museo Nacional del Prado.

2. Faetón, grabado de Heindrick Goltzius (1562-1638) a partir de un óleo de Cornelisz van Haarlem.

3. Ixión, óleo sobre lienzo de Giovanni Battista Langetti (1635-1676), Museo de Arte de Ponce.

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Las Furias, de torturadoras a víctimas por Sebastián Martínez García (Dr. en filología clásica), a excepción del contenido de terceros y de que se indique lo contrario, se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Attribution-Noncommercial-Share Alike 3.0 Spain Licencia.

About Sebastián Martínez

Doctor en filología clásica y catedrático de griego, ha publicado artículos y reseñas en revistas especializadas (Cuadernos de Filología Clásica, Prometheus, L’Antiquité classique, entre otras).

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