Lecturas para el verano de 2011

En este artículo se comentan una excepcional traducción de una tragedia excepcional, una obra monumental sobre las plantas en el mundo antiguo, un diccionario -sui generis- de mitología, un libro sobre la ciudad de Pompeya y una recopilación de curiosidades romanas.

Al final de este trabajo se encontrará una lista no exhaustiva con otras novedades bibliográficas, donde incluimos los correspondientes enlaces a las páginas de las editoriales para los lectores que precisen de más información.

1. Ésquilo, Los persas, versión rítmica de Agustín García Calvo, Zamora, 2010, 68 páginas.

 

Valgan estas primeras líneas para manifestar la admiración de quien esto escribe hacia García Calvo por su labor al frente de la editorial Lucina, donde, desde hace bastantes años, han visto la luz, además de creaciones suyas, traducciones y estudios muy valiosos.

La breve introducción con que es presentada la obra resultará interesante, pues el autor relata su larga relación con el tema, y se detiene en la rara naturaleza del teatro griego y en particular de Los Persas de Esquilo, subrayando aquello que tiene de chocante: el coro, la métrica, el canto, el tiempo y el espacio.

Veamos primero algunos aspectos discutibles de esta versión. Los neologismos creados para encajar en el verso y reflejar los compuestos griegos pueden parecer superfluos y extraños: “mildorado” (p. 21) trata de trasladar el πολυχρύσου del v. 9, “malagorero” (p. 21) refleja el κακόμαντις (v. 10), “torriarrasadoras” (p. 24) para πυργοδαΐκτους (v. 104), etc. En algún caso, las necesidades de la traducción provocan juegos de palabras que no están en el original griego: “y en cuenta sin cuento” (p. 22) produce un efecto etimológico que no está en πλῆθός τ’ ἀνάριθμοι (v. 40). En cambio, otros juegos etimológicos quedan bien reflejados, como “¿qué penas pena esta nación?” (p. 49) en griego τίνα πόλις πονεῖ πόνον; (v. 682).

Por otra parte, se encuentra algún anacronismo como “los ángeles de la guarda” (p. 28) para traducir ἀποτρόποισι δαίμοσιν (v. 203), “las divinidades que apartan el mal”. Y alguna vez se pierde alguna imagen valiosa: “Y de la sal malmordidos, ¡auh! |los desuellan las mudas, ¡ehe eh!, | crías de la mar brava, ¡oh oh ah!” (p. 44) pierde una bella expresión, πρὸς ἀναύδων | ἠέ παίδων τᾶς ἀμιάντου (v. 576-577), “los mudos hijos de lo impoluto” (se refiere a los peces, los mudos, nacidos en el mar, que permanece sin mancha). También puede parecer extraño traducir por “¡Oh, guay! ¡Oh, guay!” (p. 64) los alaridos de dolor, ya que, si bien guay equivalía a ay en tiempos pretéritos, hoy en día suena a otra cosa.

Conviene anotar dos carencias de la publicación: en ningún lugar se menciona la edición del texto que ha seguido García Calvo, y, por otra parte, se echan de menos algunas notas a pie de página, que aclaren mínimamente al lector profano algún detalle, por ejemplo, qué significa ese “Yerra”, que aparece en la p. 25 y siguientes.

Un detalle muy positivo, a nivel formal, de la versión rítmica es que las distintas formas de ejecución (partes declamadas, habladas, recitadas y cantadas) son señaladas al margen. Asimismo es de celebrar el uso de arcaísmos y palabras inusuales como “retiñir” (p. 25), “garrida” (p. 26), “cuidos” (p. 27), “sumidad” (p. 35), etc. La traducción rítmica presenta muchos hallazgos eufónicos y económicos: “mas es por los ojos el temor: | que ojo de la casa estimo la presencia del señor” (p. 27) vierte el griego ἀμφὶ δ’ ὀφθαλμῶι φόβος· | ὄμμα γὰρ δόμων νομίζω δεσπότου παρουσίαν (v. 168-169).

Finalmente, hay que advertir a los lectores sobre la peculiar ortografía de García Calvo (nadie entienda mis palabras como una crítica): a lo largo de estas páginas encontraremos “Ésquilo”, “Sofoclés”, “pués”, “mostruos”, “tí”, “ví”, “fué” y “espediciones”, entre otras formas que no son erratas ni descuidos, sino el resultado de una forma particular de entender la ortografía. ENLACE

2. S. Segura Munguía y J. Torres Ripa, Historia de las plantas en el mundo antiguo, Bilbao-Madrid, 2009, 478 páginas.

Tras una presentación sobre el nacimiento y desarrollo de este volumen, que tiene su origen en el libro Los jardines en la Antigüedad (Bilbao-Madrid, 2005, ENLACE), nos introducimos en el primer capítulo (“Las plantas y los jardines en la Antigüedad”, p. 17-77), que está dedicado a los orígenes de los jardines, las plantas en la Biblia y en el Antiguo Egipto, los primeros escritores naturalistas (donde explica con detalle el contenido de las obras antiguas sobre la agricultura y las plantas, p. 52-61), los árboles y las plantas en la literatura greco-latina, y los jardines en la cultura griega y en Roma.

El capítulo II (p. 78-199) trata de los árboles: árboles sagrados, coníferas, de hoja caediza, de hoja persistente, palmeras y árboles frutales. En total, son objeto de atención más de cincuenta especies. El tercer capítulo (p. 200-263) se ocupa de las plantas arbustivas (arbustos y semiarbustos, plantas industriales y trepadoras), con unas cuarenta especies estudiadas. El capítulo IV (p. 264-395) está consagrado a las plantas herbáceas y vivaces, las plantas aromáticas y las especias, las plantas bulbosas, las plantas acuáticas, las gramíneas, las plantas venenosas y las mágicas. Se estudian casi cien especies.

Desde el capítulo II al IV se recoge una inmensa documentación sobre cada planta: la taxonomía moderna, sus nombres antiguos y actuales, etimología, papel en la cultura, vínculos mitológicos, descripción, usos terapéuticos, utilidad del fruto, la raíz, la madera, etc. Todo ello se acompaña de textos representativos de las obras de Teofrasto, la Historia natural de Plinio, de Dioscórides, y en menor medida de otros autores como Columela, Virgilio, etc. Las traducciones de estos autores, como se indica en una nota de la p. 14, son obra de Segura Munguía, salvo las versiones de los autores griegos que proceden de los volúmenes correspondientes de la editorial Gredos. La mayor parte de las entradas siguen una ordenación parecida, salvo alguna excepción como la dedicada al muérdago (p. 392), que empieza por su papel en la mitología.

El quinto y último capítulo (p. 396-445), que tiene por asunto las plantas en la cocina romana y que describe el uso de unas cincuenta especies, se basa en las recetas que Apicio da para los vegetales en el De re coquinaria. Todos los apartados están ordenados siguiendo el orden alfabético de la lengua española.

El volumen se completa con un glosario (muy abundante y documentado, donde se explica un buen número de tecnicismos que aparecen en el volumen; en él sólo cabe señalar el defecto de que los étimos griegos aparecen transcritos y no en la grafía original), una bibliografía, índices onomásticos de las plantas en español y latín, agradecimientos y procedencia de las ilustraciones.

Un aspecto destacable y, por supuesto, digno de encomio es la abundancia y calidad de las ilustraciones, unas de gran tamaño, otras menores, monócromas o polícromas. Naturalmente, interesan particularmente al homo urbanus, para quien las plantas constituyen un tema alejado de su experiencia.

Por otra parte, se han observado muy pocas erratas: “sostercios” por “sestercios” (p. 116), “Les jardins romaines” por “Les jardins romains” (p. 72 y 465). Y se encuentran muy pocas interpretaciones erróneas: en la p. 53 se menciona como ejemplo de la influencia de Teofrasto en Teócrito el hecho de que este autor cita una taza de madera de ciprés, lo cual podría recordar una afirmación de Teofrasto, según el cual la madera de ciprés, incorruptible y adecuada para ser pulida, resulta un buen material. Pero Teócrito pudo haber obtenido la información de la observación directa, de los propios fabricantes o de cualquier otra fuente, supuesto que la madera de ciprés reunía tan buenas cualidades. ENLACE

3. L. A. de Villena, Diccionario de mitos clásicos para uso de modernos, Madrid, 2011, 271 páginas.

Entre los numerosos diccionarios dedicados a la mitología clásica, este volumen de Luis Antonio de Villena ocupa un lugar especial a causa de la la limitación que pone de manifiesto su título: “para uso de modernos”. En esto se hermana con la Biblioteca de clásicos para uso de modernos del mismo autor publicada en 2008. Es un factor que conviene tener en cuenta a la hora de manejarlo, puesto que se limita a aquello que, a juicio del autor, debiera conocer o necesitaría consultar el “moderno” (término un tanto inquietante por lo que pudiera incluir y excluir). Quizás hubiera sido más adecuado llamarlo “diccionario personal”, como se lee en la p. 31 (“Aquí empieza el diccionario personal”).

El volumen se abre con un prólogo (“Prólogo necesario. Mitología, mitos, familias divinas” se titula), que aborda concisamente las nociones más elementales sobre mito y mitología. En seguida, el prólogo se vuelve diccionario, puesto que dedica un largo apartado a los dioses principales del panteón (p. 13-20); seguidamente de Villena describe a grandes rasgos los principales enfoques con que se han interpretado o estudiado los mitos (p. 20-25), siguiendo la Mitología clásica de A. Ruiz de Elvira. Finalmente, el autor expone en unas breves páginas las fuentes que ha manejado. El prólogo acaba con una frase singular que merecería ocupar un lugar entre las más bellas escritas sobre el tema: “La mitología es necesidad. Además (y unido a ella) es poema. Ansia de más. Luz de belleza” (p. 30).

Pasando ya al diccionario propiamente dicho, anotaremos en primer lugar que reúne, salvo error u omisión, ochenta y ocho entradas, cifra bastante poco elevada en relación con el amplísimo elenco de la mitología antigua. Todas esas entradas tienen una estructura muy parecida; el autor relata las peripecias del personaje mitológico en su versión o sus versiones más conocidas, menciona las principales fuentes antiguas y algunas de las obras modernas escultóricas, pictóricas o literarias en que aparece el personaje mitológico tratado, sin ánimo de exhaustividad como dice el autor (véanse la p. 77 o la p. 94). En ocasiones, de Villena cita además algún trabajo erudito sobre el tema.

La exposición está bien llevada y la lectura resulta grata. No obstante, algunas afirmaciones son sorprendentes por su gratuidad y falta de rigor. Por ejemplo en la p. 10, donde se lee: “¿Qué diferencia puede haber entre María madre de Dios por obra del Espíritu Santo, sin presencia de varón, o la historia de una diosa que nace de la espuma del mar…?”. No hace al caso la mención de la Virgen María, pero además las diferencias saltan a la vista. Otro ejemplo: en la p. 11 se dice “Caos tiene cuatro hijos: de un lado el Cielo y la Tierra. Y de otro la Noche y el Ponto”, en cambio, en la p. 12 se dice que Urano “engendrado por Gea partenogenéticamente”, sin avisarnos de que hemos cambiado a la versión de la Teogonía de Hesíodo.

Se lee, por otra parte, alguna interpretación errónea o muy sesgada: el relato sobre Atalanta no tiene implicaciones feministas (p. 64), por más que a de Villena le parezcan evidentes: Atalanta es, como las Amazonas (hablábamos precisamente de esto en nuestro artículo sobre ellas, cf: ENLACE), única entre las mujeres y, como tal, es vencida y sometida al yugo de la masculinidad: aquéllas son vencidas por la fuerza, ésta por la astucia, ambas consideradas por los antiguos helenos privilegios del varón.

También se pueden observar algunos despistes. En la p. 85 se dice que el último trabajo de Hércules consistió en matar a Cérbero: no, simplemente en presentarlo ante Euristeo para después devolverlo a su guarida infernal. En la p. 90 de Villena olvida que Polifemo y los cíclopes vecinos suyos descienden de Posidón y de Toosa, que no todos los cíclopes son hijos de Gea y Úrano. En la p. 149 se lee que Diomedes, rey de Tracia, era dueño de unos caballos, pero en realidad eran yeguas.

Encontramos una redacción descuidada en la p. 245, donde, acerca del drama satírico, se dan a entender cosas que no son: de Villena dice que “muchas tragedias solían terminar con un drama satírico”, cuando la realidad es que el drama satírico seguía a las tres tragedias que presentaba cada autor trágico en los festivales atenienses.

En nuestra lectura hemos hallado algunas erratas, más de las habituales: frecuentes tropiezos con la palabra metamorfosis (p. 26 o p. 57), un “haya” en lugar de “halla”, (p. 80), unas comillas sin cerrar (p. 101), la falta de un interrogante inicial en el enigma de la Esfinge en la versión de Apolodoro (p. 102), “Ars gratia artis” (p. 145: en buen latín el ablativo gratia precede al sustantivo al que rige, de manera que se tendría que decir: “ars artis gratia”), la inexistente νύμφε en vez de νύμφη (p. 199), “de el viento” (p. 265), etc.

Para acabar, subrayaré que se trata de lectura sugerente más que de un trabajo erudito o una obra de consulta (para este propósito las obras más recomendables siguen siendo el Diccionario de la mitología clásica de C. Falcón Martínez, E. Fernández-Galiano y R. López Melero, el Diccionario de mitología griega y romana de P. Grimal y la Mitología clásica de A. Ruiz de Elvira), un volumen que puede proporcionarnos gratos momentos de ocio con una lectura pausada, buscando, leyendo, mirando o recordando textos y representaciones mitológicas. ENLACE

4. M. Romero Recio, Pompeya. Vida, muerte y resurrección de la ciudad sepultada por el Vesubio, Madrid, 2010, 455 páginas.

 

Se podría decir que éste es un volumen doble, dado que su primera mitad trata del pasado de la ciudad de Pompeya, mientras que la segunda parte se ocupa de su descubrimiento y del desarrollo de los trabajos arqueológicos, así como de las repercusiones que tuvieron éstos, aspectos que, de una manera que quizá pueda parecer poco atinada, intenta plasmar el subtítulo “Vida, muerte y resurrección de la ciudad sepultada por el Vesubio”. La introducción incide en la razón de la fama de Pompeya, el hecho de que consigue “que el visitante se traslade en el tiempo” (p. 14) y destaca el detalle de que a lo largo de los siglos ha habido tantas Pompeyas como visitantes, dado que la forma de entender, de representar o de imaginar la ciudad ha variado de uno a otro. El propósito de la autora consiste en “que el lector observe cuantas Pompeyas se han gestado desde hace más de doscientos sesenta años” (p. 16).

Así pues, la primera parte del libro se centra en Pompeya durante la Antigüedad, y está estructurada a través de la metáfora en que la ciudad es comparada con un ser vivo, que nace, crece, se desarrolla, sufre y muere. El primer apartado, dedicado a la historia de la ciudad, en la medida en que puede ser reconstruida, empieza con la narración de sus orígenes según la mitología (p. 21-23), hecho que, en cierta manera, puede confundir al lector: los mitos acerca de Pompeya no expresan necesariamente ni la realidad ni el punto de vista de los primeros pobladores ni sus creencias, puesto que esos relatos sólo están atestiguados por autores que vivieron en el siglo IV o más tarde. Por tanto, esas tradiciones deben entenderse como visiones de una ciudad que ya había dejado de existir y que sólo se conocía a través de fuentes escritas.

El resto del capítulo trata de las fases más importantes de la historia de la ciudad hasta su madurez a través de un recorrido por los hallazgos arqueológicos y las fuentes epigráficas. Ese recorrido lleva al lector desde los primeros tiempos en que Pompeya estuvo bajo la influencia griega y etrusca, pasa por la presencia de los samnitas, un pueblo de lengua indoeuropea, y el posible abandono del lugar durante el siglo V, y llega hasta la caída de la ciudad en la órbita de Roma a consecuencia de las guerras samnitas. Después, Pompeya sufrirá los mismos avatares que la ciudad de Roma: las guerras púnicas o la Guerra social, por citar alguno; aunque padecerá sus propias tragedias, como la grave disputa con sus vecinos de Nuceria en el 59 d. C. y el terremoto del año 62.

El capítulo siguiente trata de la vida en la ciudad; explica, de forma bastante vívida por cierto, las principales actividades económicas (la producción de vino y aceite, así como la elaboración de garum parecen las más destacadas, y en torno a ellas se trenzó una compleja red de talleres y negocios de muy variada índole). Después se pasa a la vida doméstica de los pompeyanos con la descripción de algunas casas pompeyanas y el transcurso de la vida en ellas, valiéndose de textos antiguos -como prácticamente sucede en toda esta primera parte del libro-, que hacen referencia a la vida cotidiana de los romanos. Se estudian las diversas estancias de las casas, las prácticas religiosas domésticas, los mosaicos y las pinturas, etc. El siguiente apartado trata de la vida política local para cuya explicación se cuenta con el testimonio de inscripciones y grafitos. A continuación, se pasa revista a las diversiones de la ciudad: termas y palestras, juegos de gladiadores y teatro. Posteriormente se dedican unas páginas a la vida religiosa con un repaso a las principales actividades de este tipo atestiguadas en Pompeya. El capítulo acaba con las repercusiones que tiene la muerte en la ciudad: las ceremonias fúnebres y los enterramientos.

La segunda mitad del volumen trata de la visión moderna de Pompeya. Se inicia, como es natural, con el relato minucioso de las excavaciones desde su comienzo en el siglo XVIII hasta nuestros días. El siguiente capítulo se ocupa de los visitantes ilustres que tuvo la ciudad (Goethe, Stendhal, Chateaubriand, Dickens), pero sobre todo de los españoles (Moratín, el duque de Rivas, Alarcón, Valera, Pérez Galdós, Blasco Ibáñez, Unamuno y otros de menor renombre). A continuación, se pasa revista a la repercusión de la ciudad en la literatura, las artes decorativas (cerámica y porcelana, decoración de interiores, etc.), la pintura, el teatro, la ópera, el cine y la televisión, haciendo hincapié en sus repercusiones en España.

Las aproximadamente doscientas notas del libro se reúnen al final (junto con una bibliografía suficiente), una ubicación incómoda para el lector interesado. El número de notas parece, por otra parte, escaso, si se tiene en cuenta el tamaño del volumen y la abundancia de fuentes y materiales consultados. Resulta por demás sorprendente que Romero Recio deje en el anonimato a los autores de diversas teorías y opiniones acerca de Pompeya; así, este volumen hubiera podido servir de punto de partida para profundizar en las cuestiones pompeyanas. Por ejemplo, las p. 181-182 tratan de un terremoto que causó graves daños en el año 62 o 63 d. C.; se alude a varias teorías y a la existencia de diversos partidarios de una u otra fecha, pero no se menciona a ninguno. Tenemos también una treintena de buenas fotografías fuera de texto que reproducen imágenes de los hallazgos arqueológicos de Pompeya y algunas obras relacionadas con la ciudad.

Se trata de un libro muy cuidado en el que apenas se observan erratas (“plasmanron” en la p. 207, “se rebelan” en lugar de “se revelan” p. 332), descuidos (“decimoctavo aniversario de la destrucción de Pompeya”, p. 359, ¡hubiera sido el año 97 d.C.!; se quería decir “decimoctavo centenario”) y algún parágrafo mal redactado (como el que trata de Quío en la p. 178). ENLACE

5. J. C. Mc Keown, Gabinete de curiosidades romanas. Relatos extraños y hechos sorprendentes, Barcelona, 2011, 334 páginas (traducción de A Cabinet of Roman Curiosities, Oxford University Press, 2010).

 

Se trata de un libro interesantísimo, amenísimo, agradabilísimo, que recoge un elevado número de anécdotas llamativas y narraciones extraordinarias. Ahora bien, por su propia abundancia y naturaleza, resulta difícil aprovechar toda la información que en él se expone. No es un libro para consultar, sino para releer, dado que, cuando el lector abre el volumen por una página cualquiera y se pone a leer de él, es arrastrado por la maravilla al interior de una selva de conocimientos y sorpresas.

El volumen está encabezado por una cita de la Historia natural de Plinio (VII 8, p. 5): “Y sin embargo, no voy a empeñar mi credibilidad en la mayoría de estas cosas y más bien remitiré a los autores que se nombren en todos los temas dudosos”. Esta cita nos advierte de que McKeown recoge directamente textos griegos y latinos (textos a menudo traducidos, a veces extractados), y pocas veces se pronuncia sobre la veracidad de lo relatado. El autor se reconoce, por su forma de escribir, en la obra de Aulo Gelio: “Anotaba inmediatamente todo lo que me llamaba la atención de forma indiscriminada y desordenada” (p. 9). McKeown explica (p.10) la gestación del libro: de hecho, reúne las citas con las que acompañaba los ejercicios electrónicos de su método de lengua latina (Classical latin, Hackett Publishing Company, 2010; sobre éste puede verse el ENLACE), citas que los alumnos preferían saltarse para ir directamente a los ejercicios.

Tanto en su composición como en su contenido el texto podría compararse a las obras que los antiguos clasificaban dentro del género de la paradoxografía, cuyos autores exponían curiosidades y hechos sorprendentes que obtenían de unas lecturas, a veces sistemáticas, a veces anárquicas. Es, sin duda, una excelente forma de acercarse a la obra de autores que per se deberían ser vendidos casi como best sellers y que, no obstante, causan un cierto temor reverencial a los lectores: Cicerón, Suetonio, Tito Livio, Marcial, Plinio, entre otros. Pero además permite tomar contacto con otro tipo de textos más desconocidos, pero no carentes de interés ni de valor, como inscripciones, autores médicos, comentaristas antiguos, etc.

El libro está dividido en veintitrés capítulos que tratan de la vida familiar, la mujer, los nombres, la educación, el ejército… El más extenso de esos capítulos es el último, dedicado a los emperadores. Se completa con un glosario, una breve explicación de las imágenes de las monedas reproducidas a lo largo del volumen y de los créditos de las ilustraciones (y por cierto que hubiera sido conveniente prestar más atención editorial a las ilustraciones y publicar buen número de ellas en color y a mayor tamaño, y tal vez con algún comentario).

No se observan apenas erratas, aunque varias veces se produce la falta de concordancia en número del sujeto y del verbo: “Casi un millón de personas perdieron la vida” (p. 54), “toda esa gente… negocian” (p. 96).  ENLACE

Algunos títulos más (sin ánimo de ser exhaustivo)

En la categoría de traducción:

  • G. Galán Vioque, Amor dorio. Epigramas eróticos griegos, Madrid, 2011. Enlace
  • Homero, Ilíada, Madrid, 2011, ed. de Ó. Martínez García. Enlace
  • Ovidio, Heroides, Madrid, 2010, ed. de A. de Ramírez de Verger Jaén. Enlace
  • Plinio el Joven, Panegírico de Trajano, Madrid, 2010, ed. de R. Moreno Soldevila. Enlace
  • Teognis, Elegías (Libro I), Madrid, 2010, ed. de E. Calderón Dorda. Enlace
  • S. Torallas Tovar – J. A. Alvarez-Pedrosa Nuñez, Edición de textos mágicos de la Antigüedad y de la Edad Media, Madrid, 2010. Enlace

Entre los estudios y ensayos:

  • P. Barceló, Aníbal. Estratega y estadista, Madrid, 2010. Enlace
  • A. Bernabé – J. Pérez de Tudela (eds.), Mitos sobre el origen del hombre, Madrid, 2011. Enlace
  • L. Bordas, En torno a la Odisea. Paisajes y personajes, Barcelona, 2010. Enlace
  • L. Canfora, El viaje de Artemidoro. Vida y aventuras de un gran explorador de la Antigüedad, Madrid, 2011. Enlace
  • R. L. Fox, Héroes viajeros. Los griegos y sus mitos, Barcelona, 2011. Enlace
  • J. F. C. Fuller, Las batallas decisivas del mundo antiguo. De Salamina a la Pax Romana, Madrid, 2010. Enlace
  • A. Goldsworthy, La caída del Imperio romano: el ocaso de occidente, Madrid, 2011. Enlace
  • P. Heather, La caída del imperio romano, Madrid, 2011. Enlace
  • J. de Hoz, Historia lingüística de la Península Ibérica en la Antigüedad, Vol. I, Madrid, 2010. Enlace
  • P. Grimal, El amor en la Roma antigua, Barcelona 2011. Enlace
  • F. Lillo Redonet, Héroes de Grecia y Roma en la pantalla, Madrid, 2010. Enlace
  • R. Martín Hernández, Orfeo y los magos. La literatura órfica, la magia y los misterios, Madrid, 2010. Enlace
  • Ph. Matyszak, Legionario. El manual del soldado romano, Madrid, 2011. Enlace
  • F. Rodríguez Adrados, Nueva historia de la democracia. De Solón a nuestros días, Barcelona, 2011. Enlace
  • J. de Romilly, Los grandes sofistas de la Atenas de Pericles, Madrid, 2010. Enlace
  • P. Schmitt Pantel, Dioses y diosas de la Grecia antigua explicados a todo el mundo, Barcelona, 2011. Enlace
  • G. Traina, 428 después de Cristo. Historia de un año, Madrid, 2011. Enlace

 

(Todos los enlaces fueron comprobados el 25 de abril de 2011)

 

Ilustraciones

“La lectora” de P.-A. Renoir (1874-76), Musée d’Orsay, París.

 

 

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About Sebastián Martínez

Doctor en filología clásica y catedrático de griego, ha publicado artículos y reseñas en revistas especializadas (Cuadernos de Filología Clásica, Prometheus, L’Antiquité classique, entre otras).

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