Medievo: Agustín de Hipona

 

Si fallor, sum

Si me equivoco, existo de Agustín de Hipona

 Fresco de Letrán - Agustín de Hipona

     No es esta una hagiografía, es decir la biografía de un santo. Aunque sí que es la biografía de un ciudadano del Imperio romano que llegó a ser canonizado y nombrado Doctor de la Iglesia en el siglo XIII por el papa Bonifacio VIII. Con este nombramiento se le reconoció su trabajo como forjador de la doctrina cristiana y como “maestro de la fe”. La patrística fue la labor que ejercieron aquellos que fueron llamados los Padres de la Iglesia y que consistió en la elaboración de una doctrina razonada desde la fe. Si bien, este personaje mitad filósofo, mitad teólogo, no es un puro humanista, bien merece un capítulo entre estas biografías dedicadas a los ilustrados europeos, ya que fue un referente para el pensamiento durante toda la Edad Media, el Renacimiento y gran parte de la Edad Moderna. El cristianismo que estructuró y expuso Agustín durante el Bajo Imperio Romano, y su lucha dogmática en contra de la herejía, sentaron la base del pensamiento cristiano europeo y principalmente el de la Iglesia Católica Apostólica y Romana.

  

Decadencia del Imperio Romano:

      Más conocido como Agustín de Hipona (354-430), Aurelius Augustinus nació en Tagaste (hoy Souk Ahras, Argelia) en el seno de una familia humilde, de padre pagano y de madre católica (más tarde fue Santa Mónica en agradecimiento por haber logrado la conversión de su hijo). Este bereber nacido en la costa norte africana, en una ciudad de Numidia, provincia entonces del Imperio Romano, escribió sobre cuestiones filosóficas, psicológicas y principalmente teológicas durante una época en la que el Imperio se dividía y se aferraba a sus fronteras cada vez más débiles ante los ataques e incursiones bárbaras. Un año después de su nacimiento, francos, alamanes y sajones invadieron la Galia. Durante el siglo IV, estalló la guerra contra los Godos y los Hunos cruzaron el Volga para llegar al río Elba en el 399. El rey de los visigodos, Alarico I (395-410), llevó a cabo el tercer y último asedio a la ciudad de Roma rendida el 24 de agosto de 410. El prestigio romano quedó por los suelos.

 

     En la costa de Numidia, a principios siglo V, el general romano Bonifacio destinado en Cartago llamó a los vándalos del Sur de España para que le ayudaran en su rebelión contra los romanos que habían conspirado contra él y le habían enviado a África. El arriano Genserico (389-477) acudió en el año 428. Los herejes y las tribus nativas aprobaron su llegada que pronosticaba la expulsión de cristianos y romanos. Bonifacio se equivocó, Genserico ocupó África del Norte, sólo Cartago, Hipona y Cirta quedaban bajo Imperio Romano, pero pronto se interesó por las principales ciudades del Norte. Hipona resistió casi dos años gracias a la ayuda del Imperio pero fue tomada en el 431, Agustín ya había muerto el 28 de agosto de 430. En 439, el ejército vándalo marchó hacia Cartago convirtiéndola en su capital.

 

El cristianismo en el Bajo Imperio:

      La Iglesia cristiana, sin embargo, se fortalecía mientras que el Imperio decaía. Veamos brevemente cómo se organizó para poder comprender el pensamiento y la obra de Agustín de Hipona, testigo de la decadencia del Imperio Romano y también de la conversión del Imperio al cristianismo. Cuando el emperador Constantino I (272-337), promulgó el edicto de Milán (313) se puso fin a las persecuciones de los cristianos y se proclamó la libertad religiosa. Entonces se empezaron a organizar las comunidades cristianas alrededor de un obispo que tenía el poder para decidir cuáles iban a ser las normas de su iglesia. Se realizaron los primeros <<sínodos>> para conciliar a los diferentes obispos y aquellos acuerdos sentaron cátedra entre la cristiandad. A principios del siglo IV, el emperador convocó un concilio de obispos para abordar el arrianismo que en Alejandría causaba el enfrentamiento entre arrianos[1] y atanasianos[2] y que ponía en peligro la unión de la Iglesia y por ende del Imperio. Se celebró en Nicea (325), la entonces capital del Imperio. A pesar de la victoria de Atanasio, el arrianismo seguía ganando adeptos e incluso el emperador se acercó a la doctrina arriana. Como resultado, el Imperio se dividió más profundamente. En el Oeste se hablaba latín y se afianzaba el catolicismo (la ortodoxia), en el Este se hablaba griego y se seguía al arrianismo (la herejía). Constantino decidió trasladar por motivos de seguridad la capital a Bizancio, la nueva Constantinopla quedó inaugurada en el año 330. Los obispos orientales ganaron en prestigio y la nueva capital iba desbancando paulatinamente a Roma. Antes de morir, el emperador Constantino se hizo bautizar (337). Su sucesor Teodosio (347-395), emperador desde 379 de todo el Imperio Romano, tras el Edicto de Tesalónica (380) convirtió el cristianismo en la religión oficial del Imperio[3]. Con la cristianización, Iglesia y Estado compartían poderes.

 

     Mientras que el Imperio se desmoronaba, la literatura latina cristiana florecía. En el año 382 bajo el auspicio de Jerónimo de Estridón comenzó la traducción al latín de la Biblia que se llamó la Vulgata, Biblia que todavía en la actualidad es de uso común para la Iglesia católica. La África romana (costa norteafricana al Oeste de Egipto), cuya metrópoli era Cartago, se convirtió en un centro neurálgico para la historia de la cristiandad, principalmente gracias a la obra del retórico y teólogo Aurelius Augustinus.

  

La obra agustina:

     De cultura latina, Agustín recibió una buena educación para asegurar su futuro, “Los estudios calificados de nobles… tenían como meta la carrera forense, los tribunales y los pleitos. (…) Yo era el número uno”, (Confesiones, Libro III, 3 (6)). Estudió a los clásicos latinos y se especializó en Retórica. Contaba con dieciocho años cuando se enamoró de una concubina con la que tuvo un hijo que llamaron Adeodato. Cuando tuvo que leer Hortensius, el libro de Cicerón, Agustín quedó seducido y escribió: “Este libro contiene una exhortación suya a la filosofía (…) Su lectura realizó un cambió en mi mundo afectivo. Sus palabras eran un revulsivo para que amara, buscara, alcanzara, conservara y abrazara no esta o aquella secta o escuela, sino la sabiduría sin aditivos, por sí misma y en sí misma” (Confesiones, Libro III, 4 (7/8)).

 

     Durante su juventud, Agustín se adhirió al maniqueísmo doctrina propuesta por el profeta iraní Mani (216-277) y cuyos discípulos la presentaban como una forma superior al cristianismo. Desligada de la Iglesia, esta escuela dualista, basada en el Bien y el Mal, proponía que todo lo que existe en el Cosmos resultaba de una mezcla de elementos buenos y malos y consideraba que sólo a través de un ascetismo muy riguroso se podía alcanzar la felicidad. La naturaleza del mal atormentaba al retórico Agustín. Según el maniqueísmo se “atribuía la comisión de un delito a un principio ajeno”[4], no había pues responsabilidad moral. Sin embargo, el de Tagaste no acababa de ver clara esta propuesta, según él defensor del libre albedrío, el acto realmente libre del hombre le hacía responsable para bien o para mal, porque un acto libre es en sí mismo una causa y no un efecto. Durante diez años Agustín perteneció a esta secta de la cual finalmente fue poco a poco decepcionándose. Tras una reunión con Fausto, cabeza de los maniqueos, el retórico norteafricano se convenció de la falsedad de sus propuestas y abandonó la secta ” (…) hombres de orgullo delirante, carnales y charlatanes a más no poder (…) sus palabras eran pura falsedad”, (Confesiones, Libro III, 6 (10)).

 

     Como maestro de Retórica, Agustín viajó a Cartago (375) y luego a Roma y Milán (383/4). En Milán, por aquel entonces capital del Imperio Romano de Occidente, el maestro obtiene una cátedra municipal de réthor (tratadista de retórica). Allí conoció al obispo Ambrosio (340-397) y al grupo de intelectuales católicos que le rodeaban. Mientras leía a los neoplatónicos traducidos al latín (ya que él no se había interesado nunca por aprender griego), a Euclides y a San Pablo, el escepticismo de su querido maestro Cicerón se desvanecía y creyó en la posibilidad de acceder a la verdad desde la ascesis y el estudio bíblico. Finalmente, Agustín se convirtió al cristianismo en Milán (386), influenciado por su madre y el obispo Ambrosio que le había ayudado a interpretar el Antiguo Testamento. A partir de este momento empieza su estudio minucioso de las Sagradas Escrituras. La lectura de los neoplatónicos le permitió elaborar una teología cristiana basada en la verdad racional, una teoría del conocimiento que eliminaba el escepticismo que tanto había dominado a los antiguos filósofos. “¡Oh grandes varones de la Academia!; ¿es cierto que no podemos comprender ninguna cosa con certeza para la dirección le la vida?”. (Confesiones, Libro VI, 11 (18)). Agustín escribió Contra académicos (386), sobre la posibilidad de conocer la verdad y en contra del escepticismo de la Nueva Academia. El maestro renunció a su cátedra y se retiró para meditar y dedicarse a la búsqueda de Dios. Mientras, la lectura de san Pablo le ayudó a resolver la cuestión de la “gracia” [5].

 

     Estando retirado con su madre y amigos en una casa a las afueras de Milán, en el huerto de la villa Agustín oyó una voz de un niño o una niña que decía: “¡Toma y lee!” (Confesiones, Libro VIII, 12 (29)). Abrió la Biblia y leyó a San Pablo: “Revestíos, más bien, del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para sus concupiscencias”[6]. El de Tagaste lo interpretó como una señal, “su conversión no era debida a méritos personales, sino que era la respuesta a una llamada divina, a la gracia divina”, escribe Claude Lepelly, el profesor emérito de Historia Antigua de la Universidad de París X-Nanterre (Historia del cristianismo, 112). A los 33 años, Agustín fue bautizado en Milán por Ambrosio. Su conversión le condujo hacia una vida de perfección, hacia un ideal monástico de ascetismo y castidad.

 

     Decidió volver a África para fundar una comunidad cristiana (388) que funcionó durante tres años según las normas que él mismo impuso (la Regla), y que fue inspiración de las posteriores comunidades monásticas. Agustín viajó a Hipona (391) para abrir allí otra comunidad, cuando entró en la iglesia, la comunidad y el obispo Valerio, le rogaron que se quedara como sacerdote. El asceta aceptó, a la muerte de Valerio, Agustín se convirtió en el obispo de Hipona (395), la segunda ciudad en importancia en el norte de África. En varias ocasiones el nuevo obispo de Hipona viajó a Cartago requerido por el obispo Aurelio, cabeza de la Iglesia en la región, poco a poco, ambos fueron estructurando las bases de la política eclesiástica africana. Agustín también mantuvo numerosas relaciones epistolares con otros prelados del Imperio y, sin dejar de atender a las necesidades de su iglesia, organizó a su lado un monasterio donde vivía en comunidad con sus sacerdotes. Ascetismo, castidad y pobreza, este era el ideal de su vida apostólica. Además, Agustín ejercía como juez y como administrador del patrimonio de la Iglesia, explica el especialista en la historia del cristianismo antiguo, Henri-Irénée Marrou (Saint Augustin et l’augustinisme, 39). Así pues, el teólogo cristiano se separó de la filosofía griega preocupada por el cosmos y se interesó por el hombre, transformando la teoría de las ideas platónicas de los antiguos académicos en pensamientos de Dios.

 

 Entre su inmensa producción literaria destacan de entre sus 113 libros, Confesiones y La ciudad de Dios, 218 cartas y 500 sermones. Confesiones (397-400) es una obra autobiográfica en donde relató sus vivencias como pecador y expresa su profunda gratitud hacia Dios, auténtico artífice de su conversión. Considerada como la primera autobiografía de la literatura occidental, Agustín se enfrenta a sí mismo y se descubre como persona. A través de su introspección (labor psicoanalítica) analiza su vida y explica los fundamentos de su fe. Agustín escribió: “No vayas mirando fuera de ti, entra en ti mismo, porque la verdad habita en el interior del hombre “.

 

     La caída de Roma inspiró su obra La ciudad de Dios (413-426) dividida en dos partes. En la primera, el autor combate el paganismo y replica a aquellos historiadores paganos que responsabilizaban a los cristianos de la decadencia de Roma. En la segunda, Agustín defiende la doctrina cristiana y argumenta el fracaso de la civilización pagana. En realidad, “el cristianismo no estaba destruyendo al Imperio Romano, sino que quería salvar lo que quedaba de él”, replicaba Agustín (Asimov, 231). La historia que aquí relata comienza con la creación y acaba con el fin del mundo. ¿Y qué otro final es el nuestro, sino el de llegar al reino que no tiene fin?>> (Ciudad de Dios). La historia, en su opinión, acabará con el día del Señor <<que será como el octavo día consagrado con la resurrección de Cristo y que representa el descanso eterno, no sólo de espíritu, sino también del cuerpo>>. Reflexiona sobre la caducidad de las civilizaciones y expone “una síntesis histórica universal desde una perspectiva cristiana”[7]. Agustín repasó la historia y señaló que los estados tenían ciclos de ascenso y caída, por eso, Roma también debía caer. Según Agustín, su caída respondía a la “grandiosa culminación del plan divino” (Isaac Asimov, El Imperio Romano, 230). Agustín de Hipona quiso demostrar que <<la humanidad está guida por Dios>>, para el teólogo cristiano Dios es el único creador absoluto: “El mundo (…) ha sido hecho, y hecho por un Dios inefable e invisiblemente grande, inefable e invisiblemente bello”.

 

     A los sesenta años, Agustín de Hipona debe enfrentarse a la crisis pelagiana. El asceta britano Pelagio y sus discípulos “reducían el cristianismo a un moralismo riguroso y sin espiritualidad” (Lepelly, 112) y negaban el dogma del pecado original. Según esta herejía, Dios recompensaba los méritos propios de los hombres. Como los estoicos, los pelagios valoraban la virtud individual. Casi toda la obra del obispo de Hipona responde a las preocupaciones que atormentaban a la Iglesia de su tiempo y el teólogo pasó cuarenta años de su vida defendiendo a capa y espada la ortodoxia de su pensamiento cristiano contra las herejías cristianas (paganos, judíos, maniqueos, donatistas[8], pelagianos, arrianos, etc.)

 

     Con setenta y dos, cansado y deseoso de poner orden a toda su obra, como hizo Valerio, delega en el sacerdote Heraclio y se dedica a escribir Retractaciones, un catálogo razonado y crítico de sus obras anteriores, en el cual revisa y corrige algunos de sus textos y antiguas ideas. El obispo Agustín tuvo mucha repercusión en Europa, la metrópolis de Cartago comerciaba con Europa y sus obras recorrieron todo el Imperio. Su obra gustaba, como todavía lo hace ahora, no sólo por su contenido espiritual, sino también por su rico lenguaje y su dominio de la retórica.

  

Su influencia:

     Amigos y discípulos difundieron su obra y su pensamiento. Su influencia se extendió durante toda la Edad Media. El historiador H-I. Marrou escribe: “Durante la época carolingia Agustín se convierte en el inspirador que cimentará la nueva cultura cristiana. Casi todo procederá de él, de su obra. La Ciudad de Dios se convierte en el manual preferido para la nueva formación política y social de Europa” (Saint Augustin, 157). Prueba de su influencia es que monjes medievales nos han legado “más de 15.000 manuscritos que reproducen sus escritos” (Lepelly, 110).

 

     Los renacentistas recogieron y difundieron la obra agustiniana. El protestantismo del siglo XVI fue un “firme retorno a un agustinismo estricto” (Lepelly, 115), todo estaba predestinado. Y un siglo más tarde, en Francia, los jansenistas [9] reclamaron el retorno a la teología agustiniana radical (Lepelly, 115). El libro póstumo que escribió el obispo Jansen, Augustinus, fue condenado por varios papas acusado de herético. Algunos pensadores consideran que Descartes (siglo XVII) se sirvió de las ideas de Agustín para su argumentación del “cogito”, o como concluye H. Marrou, fue la filosofía del racionalista francés la que permitió comprender mucho mejor al filósofo y teólogo Agustín de Hipona que escribió: “Si dudo, si me alucino, vivo. Si me engaño, existo. ¿Cómo engañarme al afirmar que existo, si tengo que existir para engañarme?”. La Europa agustiniana pasa al olvido en el siglo XVIII con la Ilustración. A los filósofos no les gustaba la idea del teólogo latino que creía que la naturaleza humana era “corrupta e imperfecta”, Jean-Jacques Rousseau creía todo lo contrario, el hombre es bueno por naturaleza.

 

     Asceta, teólogo, filósofo, sacerdote, obispo, santo y doctor de la Iglesia, este hombre nacido en Numidia “dejó una huella más poderosa que nadie en la vida religiosa e intelectual del Occidente europeo” (Lepelly, 116). Creyentes o no, la verdad es que siempre se ha considerado positivamente su labor tanto espiritual como intelectual, puesto que el respeto que se tiene a su obra teológica y filosófica radica en su continua exaltación de la razón y la inteligencia, decía: <<hay que buscar para encontrar, y encontrar para buscar otra vez>>, y como escribe Lepelly este “razonamiento es válido (tanto) para la búsqueda de Dios como para cualquier avance intelectual”.

 

 

Notas:
[1] Arrio (256-336), el diácono de Alejandría.
[2] Atanasio (296-373), obispo de Alejandría.
[3] El primer Estado que se había convertido al cristiano fue Armenia (ha. 301).
[4] Enciclopedia católica on-line, San Agustín de Hipona, Encliclopedia Católica.
[5] Gracia divina: un favor o don gratuito concedido por Dios para ayudar al hombre a cumplir los mandamientos, salvarse o ser santo. Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Gracia_divina.
[6] Concupiscencia: en la moral católica, deseo de bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos. DRAE 22ª edición.
[7] Espluga, Xavier; Miró, Mónica. Material UOC. Llengua i Cultura Llatines. Mòdul 2: Gèneres i tòpics de la Literatura Llatina. Unitat 15, La Literatura cristinana. UOC, Barcelona, 2002.
[8] Donato, obispo de Cartago, siglo IV.
[9] Cornelio Jansen (1585-1638), obispo de Ypres.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Asimov, Isaac (1967) El Imperio Romano. Historia Universal Asimov. Sección Humanidades. El libro de Bolsillo, Alianza Editorial, Madrid (1982)Corbin, Alain dirección, Lemaitre, Nicole; Thelammon, Françoise; Vincent, Cathérine. Historia del cristianismo. Traducción de Isabel Margelí. Claude Lepelly, San Agustín y la proyección de su pensamiento (págs. 110 a 117). Editions du Seuil, Paris, 2007. Editorial Ariel, S.A. Barcelona (2008).RBA Realizaciones Editoriales, S.L. (1997).

Del Pozo Álvarez. Material UOC: Història del pensament filosòfic i científic. Mòdul 3: Crisi grega, transició romana, inici medieval.

Marrou, Henri-Irénee (1955) Saint Augustin et l’augustinisme. Collection <<Maîtres Spirituels>>, Edition du Seuil, Paris (2003).

Espluga, Xavier; Miró, Mònica. Material UOC: Llengua i Cultura llatines. Mòdul 2: Gèneres i tòpics de la literatura llatina, unitat 15. Fundació per la Universitat Oberta de Catalunya, Barcelona, Editorial Eurecamedia, S.L. (2002).

Reale, Giovanni; Antiseri, Dario (1983) Historia del pensamiento filosófico y científico Antigüedad y Edad Media, Tomo I. Traducción: Juan Andrés Iglesias, Herder Editorial, S.L. (3ª ed., 2004.)

Consulta on-line de la Enciclopedia Wikipedia – Agustín de Hipona y la Encliclopedia Católica

 

Articulos similares:

    Sin coincidencias

Licencia Creative Commons
Medievo: Agustín de Hipona por Pilar Mur López, a excepción del contenido de terceros y de que se indique lo contrario, se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Attribution-Noncommercial-Share Alike 3.0 Spain Licencia.

About Pilar Mur López

Nacida en Barcelona (1961). Diplomada en Magisterio y Licenciada en Humanidades por la UOC en febrero 2011. Experiencia laboral: administración, profesora de ofimática y contable. Idiomas: castellano (lengua materna), francés (Liceo Francés de Barcelona), catalán (nivel C) e inglés (First Certificate). Actualmente soy secretaria de la Associació de Diabètics de Catalunya delegació Barcelona.

3 Comments

  • Iván Matellanes
    7 septiembre 2009 | Permalink |

    Excelente biografía! Personalmente, la que más me ha gustado de todas!

  • Pilar
    7 septiembre 2009 | Permalink |

    Gracias Iván,

    Fue muy interesante su estudio previo.

    Saludos,

    Pilar

  • ana
    1 octubre 2009 | Permalink |

    Felicidades por este trabajo tan instructivo en estos tiempos…

Leave a comment

Add your comment below, or trackback from your own site. You can also subscribe to these comments via RSS.

Your email is never shared. Required fields are marked *

Featuring Recent Posts WordPress Widget development by YD