NACIONES SIN ESTADO EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

 

“El arma más poderosa con la que cuenta el opresor es la mente del  oprimido”

 

En un mundo ideal, las sociedades se organizarían por comunidades culturales, y éstas en comarcas naturales. El motivo de estas estructuras sociales se debe a que, desde el punto de vista de convivencia cotidiana, los individuos de una misma cultura se entienden mejor entre sí que aquellos pertenecientes a otras culturas. Asimismo, los individuos de una misma comarca natural conocen el terreno y las artes de trabajo, de forma que saben sacar el máximo provecho a la tierra en la que viven y trabajan.

 

Groso modo, las comunidades autónomas del Estado español, excepto Andalucía y Valencia, hunden sus raíces en los antiguos reinos cristianos. En esta línea, otros como Catalunya, Euskadi, La Rioja o Cantabria, supondrían escisiones de los reinos de Aragón, Navarra o Castilla. En esta relación, llama poderosamente la atención los casos de Extremadura, Murcia y Andalucía como exoterritorios culturales e identitarios.

Para comprender la actual división provincial del Estado español, nos debemos remontar a la primera mitad del siglo XIX, una época muy convulsa en lo referente a una realidad política marcada la transición del antiguo régimen al libererismo, a la invasión napoleónica, y a la abolición de la ley Sálica establecida por Felipe V, por la que se permite a Isabel II acceder al trono. Hecho que derivaría en la Guerra Carlista. Estas se constituyen en circunstancias que delimitan el marco político en que se forja la ordenación territorial provincial de hoy. Esa disposición guardaba la intención de hacer más presente el poder del Estado, por lo que la monarquía emprende dicha ordenanción territorial como avance de modernidad, para así acabar con la estructura de reinos independientes, sus aduanas, e instituciones propias. Fruto de todo ello, se encargan diferentes proyectos de división provincial:

 

  • Nomenclátor de 1789 de Flioridablanca bajo el reinado de Carlos IV. Las nuevas provincias marítimas.
  • Durante la invasión napoleónica entre 1808 a 1812 se intenta ordenar el territorio en 38 prefecturas al estilo francés. Se conocería como el Proyecto Amorós.
  • División Provincial de Felipe Bauzá en 1813 determina 44 provincias por encargo de Fernando VII.
  • División Provincial de Cortes en 1822.
  • Proyecto de división provincial de Larramendi en 1829.
  • En 1833 la infanta María Cristina de Borbón encarga a Javier de Burgos la creación de una nueva división provincial, actuando como reina regenta, ya que su hija, la futura Isabel II, quien contaba con tan solo tres años de edad al morir su padre Fernando VII.

 

Antes de las ordenaciones territoriales anteriormente citadas, se denominaba a “Las Andalucias” de forma poco definida a los territorios al sur de Toledo y al oeste de Valencia hasta Portugal, reconociendo así el ámbito geo-cultural andaluz -que aún hoy persiste- correspondiendo con la extensión de territorios de la actual Andalucía, Extremadura, Murcia y la Alcudia manchega. Esta herencia viva de la cultura andaluza, se debe a su lazo histórico, pues Andalucía, Extremadura y Murcia estuvieron unidas cuando bajo los nombres de Tartessos, Turdetania y Bastetania, Baética y Al-Andalus. La posterior fragmentación territorial de esta unión, fue ejercida por poder central para debilitar al sur, y eliminar la supuesta amenaza de Andalucía en aras de neutralizar cualquier intento de llevar a cabo su legítima independencia. Cultura común, que se manifiesta a través del habla andaluza, gastronomía, costumbres, música (flamenco) y folklore común, como por ejemplo suponen los carnavales al estilo de los de Cádiz, las ferias, o las carretas del Rocío.

 

Todo lo anteriormente expuesto hace que la cultura andaluza se proyecte más allá de sus fronteras,  que,  por otra parte, no dejan de ser artificiales. Si tomamos como ejemplo los Estados plurinacionales o pluriculturales, observaremos que en ninguno de ellos existe igualdad y convivencia armónica, ya que una de estas culturas siempre se beneficia de algún u otro modo de las demás. Existe esta tensión social entre “culturas” y “subculturas” dentro de un mismo país. Este hecho es una constante a lo largo y ancho del mundo, y España no es una excepción. En Gran Bretaña, escoceses, galeses y nor-irlandeses muestran su descontento con los ingleses, por eregirse como la nación-cultura privilegiada de las islas. En Bélgica los walones y flamencos viven enfrentados, y en Francia con lo bretones, corsos, vascos o catalano-franceses. Por citar solo tres ejemplos fuera de nuestras fronteras. Por eso cobra mucho sentido la antigua reclamación de crear “la Europa de los pueblos.” De la que Andalucía no debería pasar a formar parte. Ya que se inscribiría culturalmente en un marco mediterráneo.

 

Para finalizar este artículo, debemos puntualizar que no podemos acusar al Estado español, o a Europa, de imperialista y actuar de igual forma con los territorios hurtados por los imperios a las naciones matrices, por lo que si se diese el caso, Nafarroa, el País Valençiá, Les Illes Balears, Extremadura o Murcia, por nombrar los mas obvios, deberían tener el mismo derecho de autodeterminación que le exigimos al Estado español para con las naciones ibéricas sin Estado. Y decidir por si mismas a quien se quieren adherir. Pues este derecho a la autodeterminación de los pueblos está recogido en el derecho internacional, por La Carta de las Naciones Unidas y en Los Pactos Internacionales de Derechos Humanos.

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Bibliografía

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- García Álvarez, Jacobo (2002): Provincias, Regiones y Comunidades Autónomas. La formación del mapa político de España, Madrid, Secretaría General del Senado. (Temas del Senado, 8).

- Burgueño Rivero, Jesús (1996): Geografía política de la España constitucional. La división provincial. Centro de Estudios Constitucionales.

- Plaza Gutiérrez, Juan Ignacio: ¿Una nueva geografía regional de España?: Algunas propuestas para su estudio. Universidad de Salamanca, Departamento de Geografía.

- García España, Eduardo: Imputaciones de población en la primera mitad del siglo XIX.

- Los mapas en blanco y negro son de Jesús Burgueño Rivero, (1996): Geografía política de la España constitucional.

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