PETRARCA: “Los muchos libros a unos hicieron sabios y a otros locos”.

 

“Aunque todas esas cosas fueran ciertas, no tendrían ninguna importancia para la vida feliz. Porque de qué me aprovecharía conocer la naturaleza de los animales, pájaros, peces y serpientes e ignorar o desdeñar la naturaleza de los hombres, el fin para el cual nacemos, de dónde venimos y a dónde vamos” (Petrarca, De la ignorancia).

 

Como hicieron los eruditos del siglo XIV, pasamos página y abandonamos la escolástica y la dialéctica para aproximarnos al estudio del ser humano. Dios existe, no les cabía duda alguna, pero los hombres pasan a ser ahora el objeto de su estudio. Si hasta ahora todo giraba alrededor de dios, ahora todo cambia de sentido. La tierra dejará de ser el centro del universo para pasar a girar alrededor del sol, y dios dejará de ser aquel ente inalcanzable sólo para unos pocos privilegiados. Dios había gobernado el mundo durante toda la Edad Media y ahora unos hombres van a gobernar el mundo a su lado. El hombre renacentista pasa a estar “situado por Dios como cabeza y clave del Universo” (José Mª Valverde, Vida y muerte de las ideas, 78). Según Eugenio Garin (1909-2004), el filósofo e historiador florentino, el fin del humanismo fue “destruir la construcción de grandes catedrales de ideas”, y la filología pre-renacentista supuso el principio de “la nueva filosofía… el nuevo método de plantearse los problemas” (Reale y Antiseri, Historia del pensamiento filosófico y científico, 27-30). Aquellos literatos favorecieron también el desarrollo de las traducciones de los griegos clásicos y, el pensamiento heleno y oriental, resurgió.

Italia fue la cuna del humanismo, y Dante, Petrarca y Boccaccio, los tres grandes literatos italianos, fueron sus primeros representantes. Este artículo se centra en Francesco Petrarca (Arezzo, 1304 – Arquà, Padua, 1374), porque es considerado por muchos como <<el primer hombre moderno>>. Fue en Florencia donde estos tres hombres forjaron su papel decisivo para el futuro de la historia del pensamiento y de la cultura en general. Para ellos, la Antigüedad representaba “el ideal de la elegancia literaria” (Pedro R. Santidrían, Humanismo y Renacimiento, 17), y el modelo humanista a seguir era Cicerón, ciudadano que compaginó a la perfección su vida activa con la contemplativa. Es importante tener en cuenta que durante el Renacimiento no se concretó ningún pensamiento abstracto, y que “la mente renacentista únicamente habló en voz alta de elevados sentidos nobles… sin conflicto con el cristianismo” (Valverde, 77). Para estos tres grandes poetas “la Antigüedad clásica, latina y griega, era una especie de paradigma y de punto de referencia, en cuanto a lo que concierne a las actividades espirituales y la cultura en general” (Reale y Antiseri, 27).

Veamos pues cuál fue la obra de estos grandes artistas de las letras latinas.

 

Dante Alighieri (Florencia, 1265 – Rávena, 1321), el famoso poeta italiano que vivió a caballo entre los siglos XIII y XIV, escribió La Divina Comedia, obra considerada como el puente entre el pensamiento medieval y el renacentista. El doctor en Literatura, Charles Van Doren, escribe sobre La Divina Comedia “Su deseo (Dante) de que aceptemos la armonía y la paz del Cielo es tan profundo y ferviente que lo hacemos… mientras le estamos leyendo” (Charles Van Doren Breve historia del saber, 199). Esta comedia, considerada como una obra de arte, está dividida en tres partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Dante realiza un paseo por estos lugares de la mano del poeta Virgilio y Beatriz, una mujer de la cual estaba enamorado platónicamente y que murió joven. Beatriz es quien le acompaña hasta dios. En el Paraíso, el alma del poeta se reúne con Tomás de Aquino, Alberto Magno, Boecio y otros pensadores y teólogos que se le presentan en forma de luces parlantes. “Dante fue la culminación de todo lo que mil años de obsesión por Dios habían producido… su visión de un mundo estructurado por la razón y unificado por la fe encajaba y funcionaba” (Van Doren, 199). Desde entonces, Dante ha sido una inspiración para muchos.

 

Francesco Petracco (1304-1374), más conocido por su nombre latín, Petrarca, nació en Arezzo, una localidad vecina a Florencia, debido a que su padre había sido desterrado de Florencia a causa de su amistad con Dante. A partir de los ocho años vivió en Aviñón, ciudad de la Provenza francesa y sede de la curia papal entre 1326 y 1353. Durante su juventud marchó a Montpellier y a Bolonia para estudiar Derecho. Cuentan que su padre, a quien desagrada la pasión de su hijo por Cicerón y los otros clásicos, “arrojó esos libros al fuego” (Wikipedia, Petrarca). Volvió a Aviñón, y empezó sus estudios eclesiásticos menores. Fue en 1327 cuando conoció a su amor platónico, Laura, personaje femenino que fue su fuente de inspiración como lo había sido Beatriz para Dante. Fue entonces cuando el obispo, Giacomo Colonna, antiguo compañero de estudios, le consiguió la protección de su poderosa familia y le ayudó a entrar al servicio de su hermano, el cardenal Giovanni Colonna. A los 35 años su fama fue reconocida por el Senado de Roma, ciudad donde fue coronado con una corona de laurel que luego “colocó sobre la tumba de San Pedro” (Van Doren). En 1353, Petrarca abandonó la Provenza definitivamente para ir a vivir en Italia. En Milán trabajó como Secretario bajo la protección del arzobispo de Milán G. Visconti. Sus últimos días los pasó en Arquà, cercana a Padua. El catedrático Van Doren dice de él que fue un autodidacta a quien encontraron muerto “con la cabeza caída sobre una edición de Virgilio, sobre la que estaba escribiendo un comentario”.

Fue su pasión por los libros la que le empujó a viajar por Europa en busca de los códices de los autores clásicos. Cuando en Florencia conoció al escritor Giovanni Boccaccio (1313- 1375), nació entre ellos una gran amistad y su vocación humanista. Juntos llegaron a la conclusión de la necesidad de encontrar aquellos textos de los clásicos guardados en los antiguos monasterios. A ambos les unía la misma pasión y el mismo objetivo, “armonizar el legado grecolatino con las ideas del Cristianismo”. De sus viajes como bibliófilo rescató los libros de Cicerón Pro Archia poeta y Ad Atticum, Ad Quintum y Ad Brutum y algunas de sus cartas a su amigo Ático en Verona. También encontró las elegías de Propercio y algunas de las obras de Quintiliano. En París, fra Dionigi da Borgo le regaló las Confesiones de San Agustín. Leonzio Pilato, profesor de griego en la Universidad de Florencia, y profesor y amigo de Boccacio, tradujo la Iliada y la Odisea de Homero al latín (“la primera traducción latina”, escribe el filósofo Paul Oskar Kristeller (1905-1999)). La traducción le fue entregada a Petrarca, quien le quedó eternamente agradecido pues él no tenía tanta facilidad con la lengua griega como la tenía su amigo Boccaccio. Ambos hicieron campaña de sus ideas sobre el renacimiento de los clásicos y sin lugar a dudas su labor triunfó entre los florentinos y luego entre todos los humanistas. Fue a partir de 1361, cuando en Florencia los humanistas empezaron a estudiar la lengua y la civilización griega.

Petrarca escribía en latín pero también en italiano vulgar (el dialecto toscano) y de esta forma le fue más fácil “llegar a un público más amplio” (Van Doren). Su intención era otorgar a la lengua cotidiana “un nivel de excelencia comparable al alcanzado por el latín en su época dorada” (Van Doren). Boccaccio hizo lo mismo con su obra Decamerón. Ambos, de clara tradición aristotélica, creían que la poesía era vehículo de la verdad y fuente de conocimiento, sólo que la verdad quedaba en la poesía ligeramente escondida bajo un cierto velo que se iba descubriendo “sólo a medias y poco a poco”.

Entre sus escritos en latín destacan poemas, discursos e invectivas, algunas obras históricas y un gran conjunto de cartas, escribe Oskar Kristeller. Obras algunas dedicadas a la filosofía moral donde expone sus opiniones filosóficas: De los remedios de la buena y mala Fortuna, De la ignorancia suya, propia y de muchos, etc. Y entre sus poemas destaca el Canzoniere (Cancionero), cuyo nombre original era Rime in vita e Rime in morte de Madonna Laura. El Cancionero es una serie de poemas (sonetos y odas) cuyo hilo conductor es su amor no correspondido por Laura. El autor expuso en verso su historia amorosa, amor siempre espiritual, en donde alaba la belleza de la mujer amada y la preciosidad de la naturaleza que la rodea. Escribió de Laura:

“No era su leve andar humana cosa,
sino de forma angélica y volante;
no mortal parecía, sino diosa:

y al mirarla así sola semejante
por lo bella, modesta y pudorosa,
yo ser juraba su inmortal amante.”

En sus poemas de amor, Petrarca representó “las virtudes cristianas y la belleza de la antigüedad”. Amor y platonismo se fundieron entre los dedos de Petrarca. Fue tal su influencia que se llamó Cancionero petrarquista a todos aquellos poemas amorosos que siguieron la estructura y la temática de su fundador. El petrarquismo se expandió por toda Europa, en España son varios los poetas que utilizaron la forma del cancionero petrarquista entre ellos Garcilaso de la Vega, Lope de Vega y Francisco de Quevedo. En Inglaterra, con algunas modificaciones, William Shakespeare.

Entre sus obras históricas África, su poema épico que imitó a Virgilio y que trata sobre las conquistas de Escipión el Africano (235 a.C-183 a.C.). En Hombres ilustres una serie de biografías de personajes ilustres. En su obra Secretum, Petrarca escribió en prosa y verso textos alusivos a la unión del mundo cristiano. Nuestro autor sentía nostalgia “de la grandeza política de la República y el Imperio romano” (Kisteller, 19) y este ideal lo expuso ante políticos y prelados. Entre sus escritores latinos favoritos estaban Cicerón y Séneca, y de ellos copió su estilo literario y adaptó su pensamiento estoico. Gracias a Cicerón conoció la filosofía griega y “adoptó la forma de sus diálogos” (Kisteller, 20).

 

Platón y los neoplatónicos de Alejandría le sedujeron y quiso, como aquellos, liberar su alma de toda pasión. Para Petrarca, el filósofo ateniense fue “el más grande de todos los filósofos” y le llamó “el príncipe de la filosofía”. Aquel platonismo petrarquista “supuso para los humanistas del Renacimiento el camino a seguir” (Kristeller, 23).

En cuanto al cristianismo, la fe estuvo siempre en “el centro de su pensamiento”. Escribió: “Soy un cristiano, no un ciceroniano o un platonista”. San Agustín fue su escritor favorito entre los Padres de la Iglesia. En su obra Secreto, Petrarca entabla un diálogo entre él y el teólogo a quien presentaba como “su guía espiritual”. En la carta (Petrarca, Epistolae Rerum Familiarum Libro IV, nº1), en donde describe su subida al monte Ventoso de 1.909 metros, Petrarca describe que sacó “de su bolsillo” las Confesiones de San Agustín y “al azar dio con el siguiente pasaje: “Los hombres van a admirar las alturas de las montañas, los grandes flujos del mar, las playas del océano y las órbitas de las estrellas, pero no cuidan de sí mismos” (San Agustín, Confesiones, Libro X, cap.8). A raíz de esta escalada, algunos han considerado a Petrarca como el padre del alpinismo o “el precursor del turismo moderno”, en el caso de Kristeller, porque subió al monte “sólo por el deseo de ver la altura inusitada del lugar” (Petrarca).

El “primer gran humanista” contribuyó definitivamente a la instauración del italiano vernáculo como lengua literaria. Fue un autor medieval y moderno, un escritor que plasmó su opinión personal, que hablaba de sí mismo, de lo que había leído y de lo que había sentido. Petrarca consideró a la carta como un género literario “que le permitió tratar las cosas en primera persona” (Kristeller, 27). Él creía que “el hombre y sus problemas deberían ser el principal objeto e interés del pensamiento y de la filosofía”, dando al alma humana la mayor importancia. Para Kristeller, Petrarca fue “una persona ambigua y de transición cuando se le juzga en su papel en la historia del pensamiento filosófico” (pág. 33) y fue además, “uno de aquellos que previeron el futuro porque ayudaron a hacerlo” (pág. 34).

Durante el Renacimiento, el humanista fue el maestro de las humanidades, es decir, de la gramática, de la retórica, la poesía, la historia y la filosofía moral. El hombre renacentista a partir del modelo que representó Petrarca, debía ser “una persona con muchos logros y talentos”, poseedor de una “educación universal” que le permitiese ser crítico “en todas las áreas del conocimiento” (según la descripción de Aristóteles). Así pues, el humanista que tomó conciencia de todos sus potenciales, buscó los modelos en el pasado. La Antigüedad estaba compuesta por múltiples autores, entre ellos: Cicerón, Séneca (ver Biografías), Virgilio, Horacio, Tácito, Tito Livio, entre los latinos, y Sócrates y su discípulo Platón, Plotino, Diógenes, Arquímedes, entre los griegos. Ambrosio de Milán, San Agustín y Gregorio Magno entre los Padres de la Iglesia, ellos son los representantes del cristianismo primitivo. En conclusión, el humanista centró su estudio en el hombre “como protagonista de todo” y buscó, gracias al estudio de las humanidades, desarrollar todas las facultades humanas.

 

Humanismo significa esta tendencia general que a partir de Francesco Petrarca se presenta de una manera radicalmente nueva, “hasta el punto de señalar el comienzo de un nuevo período en la historia de la cultura y el pensamiento” (Reale y Antiseri, 27). Fue un movimiento cultural que defendió “una nueva concepción del mundo” recuperando “lo mejor de la herencia humana clásica para incorporarlo y enriquecer la Cristiandad occidental” (B. Bartolomé, 18). Aquellos humanistas del Renacimiento tuvieron una gran importancia en la historia de la filosofía, no tanto por sus aportaciones filosóficas sino por el “enriquecimiento de su biblioteca filosófica” (P.O. Kristeller, 16).

Petrarca afirmó que “el humanismo supone un programa de lucha por el retorno de la Antigüedad que entraña una rebelión cultural y una esperanza, más que un resultado”.

 

BIBLIOGRAFÍA

1) Benassar, Bartolomé (1988) La Europa del Renacimiento. Biblioteca Básica de la Historia. Serie: Historia. Grupo Anaya, S.A., Madrid, 2004.

2) Oscar Kristeller, Paul (1964) Ocho filósofos del Renacimiento italiano. Breviarios. Editorial Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1996.

3) Reale, Giovanni; Antisei, Dario (1983) Historia del pensamiento filosófico y científico Tomo II, Del Humanismo a Kant. Traducción, Juan Andrés Iglesias. Herder Editorial, S.L., 4ª edición, 2004.

4) Santidrián, Pedro Rodríguez (1986) Humanismo y Renacimiento, Área de conocimiento: Humanidades. Alianza Editorial, S.A., Madrid, 2007

5) Valverde, José Mª (1980) Vida y muerte de las ideas. Pequeña historia del pensamiento occidental. Editorial Planeta, S.A., Barcelona, 3ª edición, 1982.

6) Van Doren, Charles (1991) Breve historia del saber, la cultura al alcance de todos, Editorial Planeta, S.A., Barcelona, 4ª edición, 2006.

7) Wikipedia on-line Petrarca y otros.

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About Pilar Mur López

Nacida en Barcelona (1961). Diplomada en Magisterio y Licenciada en Humanidades por la UOC en febrero 2011. Experiencia laboral: administración, profesora de ofimática y contable. Idiomas: castellano (lengua materna), francés (Liceo Francés de Barcelona), catalán (nivel C) e inglés (First Certificate). Actualmente soy secretaria de la Associació de Diabètics de Catalunya delegació Barcelona.

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